Casi 96 horas después del doble terremoto que fracturó a Venezuela, los rescatistas internacionales libran una batalla desesperada contra el tiempo en el estado La Guaira. En Macuto, el equipo de bomberos italianos persigue un milagro.
“Hay una mujer de 30 años viva en un edificio colapsado. Responde a nuestras llamadas golpeando un tubo y logró intercambiar mensajes por WhatsApp con su hermano. Está consciente y atrapada junto a dos de sus tres hijos”, explicó a los medios Luca Cari, portavoz del contingente italiano.
El último balance oficial registra 1.450 muertos, 3.150 heridos, 189 edificios derrumbados y 774 dañados; sin embargo, sobre el terreno se asume que las cifras están dramáticamente subestimadas. En La Guaira, una entidad de 120.000 habitantes, miles de personas siguen sin responder a los censos, amenazando con convertir al litoral central en un cementerio al aire libre.
Escudos humanos y vidas reencontradas
Del balance diario de la muerte emergen destellos de esperanza. Las brigadas de salvamento han logrado extraer con vida a varios niños de entre las ruinas. En Caraballeda, un hombre y su hijo adolescente fueron rescatados tras pasar casi cuatro días sepultados.
La historia más conmovedora es la de Santiago González, un bebé de pocos días de nacido, rescatado por el equipo USAR de Estados Unidos en Catia La Mar. El recién nacido y su madre, Diliana Torrealba, sobrevivieron gracias al gesto heroico del padre, Yefferson, quien falleció tras usar su propio cuerpo como escudo para protegerlos del impacto de las losas de concreto.
Voluntarios contra el hedor
En la avenida Atlántidas de Catia La Mar, Eduardo Hernández, de 28 años, golpea con un martillo de forma frenética los bloques de piedra que aprisionan un inmueble de tres pisos. Viste una camiseta sucia y sudada con la frase «Futuro y esperanza».
“Está saliendo un olor muy fuerte. Debemos darnos prisa. Con la ayuda de Dios los encontraremos”, dice limpiándose las manos.
Sabe, en el fondo, que es demasiado tarde para la familia de comerciantes de origen asiático que vivía y trabajaba allí, en una estructura que se arrugó como una caja vacía. El olor a muerte sobre las ruinas es denso, pero Eduardo no detiene el golpe de su martillo.
La indignación en la «zona cero»
A lo largo de la costa, la rabia crece con la misma fuerza que el descontento social. Los vecinos denuncian la inacción de los numerosos efectivos militares que custodian los perímetros de seguridad, señalando que no frenan los saqueos y, fundamentalmente, se niegan a tomar las palas para remover los escombros.
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La clase media desplazada: En el complejo residencial Los Delfines, las torres de hasta 20 pisos muestran sus entrañas al mar Caribe. Keyra, de 15 años, mira hacia el sexto piso de la verja del condominio La Riviera, donde un armario y una cama cuelgan al vacío. “Espero a mi madre, que subió a recuperar nuestros documentos. No se salvó nada de mis quince años”, lamenta.
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El colapso de la promesa estatal: Al cruzar la avenida, el drama golpea a las familias más humildes. No tienen a dónde ir y se niegan a dejar lo poco que les queda. Duermen sobre colchones viejos al aire libre, respirando el polvo de la carretera. Allí, los vecinos lloran a una niña de 9 años aplastada por el derrumbe de un edificio de la misión de vivienda construida bajo la administración de Hugo Chávez, cuyo nombre lleva el asentamiento y a quien ya nadie allí considera un héroe.
“Estamos solos. Sabemos que la situación es crítica en toda La Guaira, pero por aquí solo han pasado algunos bomberos. Necesitamos respuestas y la única ayuda concreta nos ha llegado de los voluntarios”, denuncia Luisa Ermes, una maestra de educación inicial de 44 años.
Mientras muestra las ruinas de lo que fue su hogar, donde un televisor destrozado reposa sobre una alfombra de vidrios rotos, sus vecinos susurran con timidez ante la llegada de los rescatistas extranjeros: “Quizá las cosas vayan mejor ahora. Hablen de nosotros, háganle saber al mundo que existimos”.









