Guy Norman: La izquierda contra el progreso

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Guy Norman: La izquierda contra el progreso

¿Por qué Francia y otros países de Europa occidental rechazan el aire acondicionado por razones más culturales que económicas?

Me voy de Nueva York, donde la temperatura es de 40 grados. Los estadounidenses se adaptan, no lo convierten en un drama nacional. ¿Acaso no estamos en verano y no hace calor en verano? Quizás este año haga un poco más que en años anteriores, pero la diferencia no es espectacular. Por lo tanto, en Estados Unidos se aceptan los caprichos de la naturaleza y, sobre todo, se contrarrestan sus efectos más desagradables recurriendo al aire acondicionado. Este es omnipresente, sin que sea necesario refugiarse en cines o centros comerciales. De hecho, gracias al aire acondicionado, el sur de Estados Unidos, que languidecía en la pobreza hasta la década de 1960, ha alcanzado el nivel del resto del país.

Ya he llegado a París, donde la temperatura también ronda los 40 grados. Pero aquí las actitudes y los discursos son diferentes: se habla de una auténtica tragedia nacional provocada por el calentamiento global. La izquierda culpa al Gobierno de no haber garantizado la transición ecológica hacia actividades no contaminantes y que no generen gases de efecto invernadero. Josué sí que detuvo la carrera del Sol para ganar una batalla; ¿cómo es que Macron no ha detenido la ola de calor?

¿El aire acondicionado? En Francia es prácticamente desconocido, ya que se considera implícitamente un lujo propio de Estados Unidos: esos pobres estadounidenses incapaces de resistir los caprichos de la naturaleza. La prueba me la dieron nada más llegar al aeropuerto. Al subirme a un taxi, le pedí al conductor que, por favor, encendiera el aire acondicionado. Él prefirió, me dijo, abrir las ventanillas para disfrutar del aire fresco. Y añadió con orgullo patriótico: «¡Nosotros no somos estadounidenses!».

¿Por qué Francia y otros países de Europa occidental rechazan el aire acondicionado por razones más culturales que económicas? Porque sufrir en verano es ser europeo y no estadounidense. A este rechazo cultural se suma ahora, sobre todo en la izquierda, la ideología ecologista-climatista. Si hace calor, se oye decir por ese lado, no es porque estemos en verano, sino porque el clima está desequilibrado. ¿Por qué está desequilibrado? A causa de los gases de efecto invernadero, generados por nuestros malos hábitos capitalistas, como conducir en coche y hacer un uso excesivo de la electricidad.

Este discurso izquierdista, tanto político como mediático, es unánime y sin ambigüedades: querer un aire acondicionado, instalarlo en el piso o en la oficina, equivale claramente a situarse a la derecha del espectro político. En la izquierda se prefiere sufrir por una buena causa antes que recurrir a soluciones técnicas: la causa de la ola de calor, os digo, es necesariamente la incapacidad de los gobiernos para controlar los gases de efecto invernadero. Este gran debate sobre el cambio climático se suma, como colofón, al que enfrenta a la derecha escéptica con la izquierda climática. En la derecha (salvo entre los ideólogos trumpistas) no se niega el calentamiento global, pero se duda de que esté provocado exclusivamente por nuestras actividades industriales y nuestros hábitos de consumo. ¿Comer carne de vacuno calentaría el planeta porque las vacas producen metano? Las vacas y las fábricas contribuyen sin duda al calentamiento, pero probablemente no sean las únicas; seguramente existen otras causas más naturales que escapan a nuestro control y que aún no comprendemos. Pero esta izquierda radical prefiere ceñirse a una interpretación estrictamente ideológica, aunque supuestamente científica, tanto del calentamiento global como de las olas de calor: instalar aire acondicionado, desde el punto de vista de la izquierda, equivaldría a rendirse.

Rechazar las soluciones técnicas ante fenómenos naturales es un comportamiento que también se ha observado, desde hace unos veinte años, en el acalorado debate sobre la agricultura científica. Es bien sabido hasta qué punto el uso de ciertos pesticidas y, sobre todo, de organismos modificados genéticamente ha transformado la producción agrícola, permitiendo que nuestra población mundial, en constante crecimiento, pueda alimentarse adecuadamente. A la izquierda le da igual que se defienda una agricultura ecológica sin aditivos químicos con el pretexto de que estos son producidos por empresas capitalistas y, lo que es peor, multinacionales. Ya se trate del calor insoportable o de la hambruna masiva, en la izquierda se prefiere denunciar en lugar de adoptar soluciones cuya eficacia ha quedado demostrada.

¿Cómo es posible que la izquierda, que hasta hace poco se definía a sí misma como progresista, se haya vuelto hoy en día en contra de todas esas innovaciones? La primera explicación que se me ocurre es que la izquierda no puede aceptar que todas las experiencias socialistas hayan fracasado y que solo la economía liberal haya permitido mejorar la suerte común de la humanidad, sobre todo en los países más pobres. Aceptar que la economía de mercado y las innovaciones que la acompañan cambian la condición humana equivaldría a abandonar todas las convicciones por las que la izquierda ha luchado desde sus raíces marxistas.

Por el contrario, la derecha, que durante mucho tiempo se ha definido como conservadora, es hoy la primera en sumarse a la innovación científica y técnica, ya sea en materia de clima, agricultura o medicina. A veces, este reciente entusiasmo de la derecha por el progreso va demasiado lejos, hasta el punto de negar, por ejemplo, el calentamiento global; sin embargo, este es innegable, aunque, como decía antes, sus causas no estén del todo claras. Por lo tanto, a la izquierda, desilusionada por la innovación y por la economía liberal, privada de revolución, no le queda más remedio que redefinirse en torno a una nueva utopía. Pero ¿cuál? Aún no lo sabemos: nada entusiasmante ni unificador ha venido a sustituir a la utopía marxista. Los más extremistas siempre están buscando un modelo exitoso de la China maoísta, de una Cuba castrista o de una Palestina redentora que encarne a un proletariado portador de un futuro radiante y de justicia social. En la izquierda se cree; en la derecha se constata.

Las sociedades humanas están hechas de tal manera que todas se dividen por la mitad, y la izquierda y la derecha son fracturas universales. En el centro se cuela como puede una minoría calificada de liberal por ser modesta y tolerante. Nadie de su bando convencerá jamás al otro para que se una a él, lo cual no debería impedir el respeto mutuo y la alternancia en el poder. Este respeto mutuo no debe excluir la crítica; esta es, por el contrario, nuestro deber y nuestro honor. Y la crítica incluye la autocrítica, o debería incluirla: una ascesis a regañadientes, demasiado poco extendida.

Artículo publicado en el diario ABC de España

 

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