El comienzo del año escolar nos vuelve sobre el tema de la educación. Sería más acertado decir que es un tema que no puede dejar de estar en la primera línea de las preocupaciones de la sociedad. Lo es siempre, pero mucho más cuando quien se interroga sobre él es un país sumido en condiciones de profunda crisis, urgido de un proceso de recuperación en todos los órdenes: de los valores, las instituciones, las prioridades, la dignificación de su gente, la economía, la recuperación de su autonomía y de su capacidad de hacer, de insertarse en la historia con una imagen construida por la voluntad de cimentar un país de libertades, de dignidad y de bienestar. Ocuparse de la educación es ocuparse del destino de este país.
Un foro congregado por Analítica bajo el título de Reconstruir la educación para reconstruir el país se ha sumado a las muchas voces que han insistido en poner de relieve el valor de la educación para el país, voces que reclaman la atención prioritaria que la sociedad debería prestar al tema, pero sobre todo que proponen visiones renovadas, actualizadas, comprometidas con la educación como objetivo nacional prioritario.
Tulio Ramírez, uno de los participantes en el diálogo de Analítica sintetiza de manera muy concreta lo que considera las cuatro columnas sobre las que debería levantarse una política educativa y un plan de acción orientados al esfuerzo de reconstrucción nacional. La primera columna, la atención a los docentes, comienza por enaltecer la función del profesor, del maestro, reconocer su alto valor, estimular su formación, su actualización y su desarrollo profesional. El abandono de la función docente y la dramática reducción del número de aspirantes a la docencia —afirma Ramírez— ponen a Venezuela en incapacidad para cumplir con los objetivos de desarrollo establecidos en la Agenda 2030.
La segunda condición que expone no es otra que recuperar la escuela como espacio de formación pedagógica y de formación ciudadana, lo que en nuestro momento significa liberarla de la tentación ideologizante y orientarla a la educación en valores, en ciudadanía, en pensamiento crítico.
La tercera columna apunta a la dotación de las escuelas, a la disponibilidad de aulas y espacios dignos, de laboratorios y talleres de aprendizaje bien dotados, de facilidades para el acceso a la tecnología y a los nuevos instrumentos de conocimiento.
Finalmente, la cuarta, una política de Estado en materia de educación, lo que significa objetivos y valores, un curriculum no sujeto a propósitos de adoctrinamiento partidista, sino a la recuperación de la pluralidad y la libertad, a la valoración del pensamiento crítico y de la convivencia democrática, a la capacitación para competir en un mundo tecnologizados y en cambio permanente.
La pregunta que sigue en pie es quién decide la educación que queremos. Se trata, sin duda, de la apelación más presente y más futurista que podemos plantearnos. La búsqueda de respuesta debería convocar a las mentes más brillantes, a lo mejor de nuestro cuadro de maestros, académicos, pensadores, líderes en los sectores de la investigación y la producción. Se trata de mirar la educación como un objetivo nacional, de formular en torno a ella una política de Estado, de asumirla como el valor que defina nuestra verdadera riqueza como nación.
Una visión más realista, moderna, probada por la experiencia nos mostraría que la verdadera riqueza de un país no reside en lo recibido de la naturaleza, sino de la calidad de su gente. La historia contemporánea trae pruebas, todos los días, de que la base de una riqueza sólida, permanentemente renovable, es la educación. Percibirla así nos haría mirar con otros ojos el valor y la promesa del esfuerzo que necesitamos desplegar para tener una educación a la altura de las necesidades y de las oportunidades, orientada al desarrollo del hombre, de su capacidad de conocer, de manejarse con sentido crítico, de dominar la tecnología, de producirla, de dotarla de sentido humano, de ponerla al servicio del crecimiento.
Optar por la educación es acercarnos a la imagen del país trabajador, organizado, promotor, productivo, con talento, con formación, en posición de avanzada, no solo consumidor, sino productor de tecnología, no dependiente exclusivamente de una riqueza que está en la naturaleza. Al final, tenemos que encontrarnos con nosotros mismos. Con nuestra capacidad para diseñar objetivos y metas, medios y recursos, estímulos al talento y formación.
Gustavo Roosen
nesoor10@gmail.co







