La reciente jornada de protestas conocida como “la rodada” que recorrió las principales ciudades y pueblos de Venezuela, no es un hecho aislado. Es la expresión visible de una crisis política que se ha convertido en una herida abierta: la ausencia forzada de María Corina Machado. Su figura, lejos de desdibujarse en el exilio, hoy es el epicentro simbólico de un país que exige el derecho a decidir su futuro.
El regreso de María Corina no sería un simple acto administrativo. En el plano político, su presencia en las calles reconfiguraría por completo la oposición. Unificaría a una dirigencia activa en dos grandes bloques: La Plataforma Unitaria y la recién creada Alianza por Venezuela (AVE). Su retorno obligaría al gobierno interino a enfrentar una agenda de transición real, donde las elecciones presidenciales, una vez designado el CNE y el nuevo TSJ serán realizadas en primer orden.
Con María Corina en el país, la gente saldrá a las calles a pedir la libertad definitiva de todos los presos políticos, aumentos de salarios, fin a la crisis eléctrica y el retorno de la esperanza, de la posibilidad de un país donde el exilio no sea la única salida para la disidencia.
Su regreso activaría inmediatamente la maquinaria de una sociedad civil que ha sido desmovilizada por el miedo y la represión selectiva. Hoy las fuerzas democráticas han demostrado que existe una capacidad de movilización, pero necesitan un catalizador. Ese catalizador es María Corina.
La historia de América Latina es un cementerio de líderes democráticos a los que se les prohibió volver. Las dictaduras del Cono Sur en el siglo XX convirtieron el exilio en una herramienta de aniquilación política, condicionando el retorno a la renuncia de toda actividad pública. El régimen de Delcy Rodríguez, aunque se presenta con una retórica de cambio, reproduce la misma lógica represiva de aquellas desaparecidas dictaduras del cono sur.
El regreso de María Corina no resolvería mágicamente todos los problemas de Venezuela, pero su ausencia forzada es la prueba más palpable de que en la transición actual no anda por buen camino. Su retorno sería el primer paso, el más simbólico y el más necesario, para que los más de nueve millones de venezolanos, entre ellos mis hijos, nietos y bisnietos también lo hagan.
Douglas Zabala







