La arquitecta venezolana Susana Carrillo González analiza las causas técnicas detrás del colapso de edificaciones en Caracas y La Guaira tras el doble terremoto del pasado 24 de junio. A su juicio, aunque el país cuenta con un marco legal robusto, la falta de supervisión y fiscalización por parte del Estado agravó el impacto del desastre.
Pregunta. ¿El desplome de varios edificios evidencia que no se aplicó la normativa antisísmica?
Respuesta. Hay múltiples factores. La normativa antisísmica existe en Venezuela; se trata de la norma COVENIN 1756, que contempla zonificaciones y microzonificaciones sísmicas detalladas y que fue fuertemente reforzada tras el terremoto de Caracas de 1967. Su última actualización es de 2019. El problema neurálgico en Caracas y La Guaira es la composición del suelo. Son zonas de sedimentos, no suelos rígidos ni macizos; son depósitos formados durante años por aluviones sobre los que se construyó directamente.
En La Guaira, estas zonas simplemente no eran aptas para el tipo de proyectos que se ejecutaron. Incluso después del deslave de 1999, se levantaron estructuras de gran altura con el esquema de «planta baja blanda». Esto ocurre cuando la planta baja queda libre —diseñada generalmente para estacionamientos o áreas comunes— y solo se ven las columnas, sin paredes de mampostería que aporten rigidez. Al no tener esa resistencia lateral, durante un sismo todo el peso de la edificación impacta directamente sobre las columnas, convirtiéndose en el punto más vulnerable. Esto desencadena el denominado «efecto pancake» (o sándwich), donde el edificio colapsa verticalmente sobre sí mismo, como un acordeón.
P. ¿Hubo falta de supervisión en los complejos habitacionales construidos en La Guaira tras el deslave?
R. Sí, cien por ciento. Hubo una ausencia severa de supervisión por parte del Estado. El «efecto pancake» ocurre porque las columnas de la planta baja no están bien calculadas o fallan en su conexión con la losa. Además, existe una realidad comercial: algunas constructoras buscan abaratar costos reduciendo el acero o distanciando los estribos de las columnas.
En Venezuela, casi toda la construcción es de concreto armado con vigas y columnas. El concreto resiste la compresión (el peso), pero el acero es lo que aporta la ductilidad, esa flexibilidad necesaria para que el edificio se mueva con la onda sísmica sin fracturarse. Si el acero está mal calculado o los estribos de confinamiento están muy separados para ahorrar presupuesto, la estructura colapsa. El problema real no es la falta de leyes, sino la falta de fiscalización gubernamental para su correcta aplicación.
En La Guaira, muchas construcciones nuevas de la Gran Misión Vivienda Venezuela se cimentaron sobre los sedimentos inestables del deslave de 1999 y con alturas desproporcionadas para ese suelo. Venezuela tiene normativas excelentes, pero se quedan en el papel porque nadie inspecciona que lo edificado corresponda estrictamente a los planos aprobados. En el gremio se sabía históricamente que algunas constructoras eludían estos controles mediante la corrupción. Falta un control técnico exhaustivo, similar al de otros países, donde inspectores municipales paralizan las obras si no se cumple la norma.
El factor geológico en la capital
P. ¿A qué atribuye el derrumbe de varios edificios en Caracas?
R. Es una conjunción de factores. Primero, la geología local: en sectores como Los Palos Grandes, por ejemplo, hay hasta 380 metros de sedimentos antes de tocar roca firme. En esos escenarios son obligatorios los estudios de suelo profundos para determinar la altura máxima permitida y la tipología de cimentación adecuada, como el uso de pilotes profundos.
Segundo, influyó la naturaleza del evento: fueron sismos muy superficiales, con profundidades de apenas 10 y 20 kilómetros. Al ocurrir tan cerca de la superficie, las ondas sísmicas no alcanzaron a ser amortiguadas por la roca maciza profunda y sacudieron el suelo blando del valle de Caracas como si fuera una gelatina, amplificando el daño en las estructuras vulnerables.
Por El Mundo








