Tras el sismo, la incertidumbre, el duelo y el trauma colectivo marcan los días de los sobrevivientes. En diálogo con DEF, la psicóloga Cecilia Salas, consejera de estrés en la ONU, explica cómo reacciona el cerebro ante una amenaza mortal y por qué la reconstrucción comunitaria es el factor clave para sanar las heridas invisibles.
A medida que la tierra recupera su calma en Venezuela, comienza a manifestarse el otro impacto de la catástrofe: el psicológico. Las réplicas físicas dan paso a las réplicas emocionales, un escenario donde el miedo y la desolación amenazan con cronificarse. Para entender este proceso y los desafíos de la salud mental comunitaria, DEF consultó a Cecilia Salas, psicóloga, especialista en intervención en crisis y consejera de estrés en Naciones Unidas.
El mapa del trauma: cuando la cordura asimila la locura
Salas advierte que, ante una emergencia de esta magnitud, los equipos de respuesta deben trazar una línea matemática entre tres conceptos que suelen confundirse: reacciones, experiencias y trauma.
— ¿Qué ocurre exactamente en la mente de una persona en las primeras horas tras el desastre? — En el momento inicial domina el shock, la incredulidad y la desorientación. El cerebro activa de inmediato respuestas automáticas de supervivencia: lucha, huida o congelamiento. En los días posteriores, cuando el peligro inmediato disminuye, irrumpen la ansiedad extrema, la hipervigilancia, el llanto y el insomnio. Es una montaña rusa emocional perfectamente normal ante un evento completamente anormal. No es una enfermedad; es la cordura intentando asimilar la locura del entorno.
Recuadro conceptual: ¿Cuándo el estrés agudo se convierte en trauma (TEPT)? Para que el impacto de la catástrofe se consolide formalmente como un Trastorno por Estrés Postraumático, las manifestaciones deben persistir por más de un mes y cumplir cuatro criterios estrictos:
Exposición: Haber sentido de cerca la inminencia de la muerte o una lesión grave.
Intrusión: El cerebro pierde la capacidad de archivar el sismo en el pasado; el evento se «reproduce» en el presente mediante pesadillas recurrentes y flashbacks.
Evitación: Alteración drástica de la rutina (negarse a entrar a edificios, aislarse) para esquivar estímulos del desastre.
Hiperalerta: Un sistema nervioso atrapado en modo de supervivencia, manifestado en hipervigilancia extrema ante cualquier ruido o culpa distorsionada («¿debí correr más rápido?»).
El fenómeno de la retraumatización y el impacto en la niñez
— Incluso cuando el movimiento cesa, el miedo persiste de forma generalizada… — Absolutamente. El miedo no se apaga con un interruptor. El cerebro registró una amenaza mortal y permanece en alerta máxima. Cualquier sonido fuerte o la vibración de un camión activa una falsa alarma. Además, en escenarios donde continúan las réplicas, se genera un fenómeno llamado retraumatización. Cada réplica reinicia el ciclo de estrés, destruye la predictibilidad y provoca una profunda sensación de indefensión. La persona siente que el peligro nunca termina.
— ¿De qué manera procesan los niños este escenario de devastación? — Ellos lo manifiestan principalmente a través del cuerpo y la conducta, y sus termómetros emocionales son los adultos que los rodean. Es común ver regresiones —como volver a orinarse en la cama o pedir biberón—, un apegamiento excesivo por miedo a separarse de sus cuidadores, o el juego repetitivo, donde recrean el terremoto una y otra vez. Esa es su forma natural de intentar procesar y dominar lo que pasó.
Salud mental de trinchera: Primero el techo, luego el diván
— ¿Cómo opera un equipo de salud mental sobre el terreno en una Venezuela devastada? — En emergencias no se hace psicoterapia tradicional de diván; se realiza un «triaje psicosocial». Identificamos crisis extremas, estabilizamos ataques de pánico y facilitamos la reagrupación familiar en plena coordinación con la logística médica. Hay una máxima inquebrantable: no hay salud mental posible sin techo, agua y comida asegurados.
Guía práctica: Cómo aplicar Primeros Auxilios Psicológicos (PAP) sin ser profesional Cualquier ciudadano en el terreno o conteniendo a la distancia puede aplicar tres pilares operativos eficaces:
Observar: Identificar quién necesita ayuda urgente, quién está en shock y verificar si la zona es segura.
Escuchar: Acercarse y permitir que el afectado hable si lo desea, sin presionar. Eliminar por completo frases vacías como «todo va a estar bien» o «tienes que ser fuerte».
Conectar: Ayudar a la persona a comunicarse con sus seres queridos y dirigirla hacia los puntos oficiales de asistencia (refugios, agua, atención médica).
La distancia y la resiliencia colectiva
— Muchos familiares de venezolanos viven la angustia desde el exterior. ¿Cómo gestionar esa impotencia? — La distancia geográfica amplifica la ansiedad. Técnicamente se recomienda pactar canales y horarios específicos para reportarse —mensajes cortos como «estamos bien, sin novedad»— para evitar saturar las redes. También ayuda canalizar la energía en acciones proactivas, como la recolección de fondos o difusión de información verificada. Cuidar la propia estabilidad en el exterior es crucial: estar paralizado por la angustia lejos de casa no ayuda a quienes están en el terreno.
— A largo plazo, ¿cuál es la mayor lección que dejan estas tragedias sobre el tejido social? — Que la resiliencia no es una virtud puramente individual; es un proceso colectivo. El tejido social salva vidas y mentes. Cuando los vecinos se organizan, cocinan juntos y comparten el dolor, se destruye el aislamiento destructivo que el trauma intenta imponer. La salud mental no es un lujo de segunda fase, es una necesidad de primera línea. Si no se integra la respuesta psicosocial desde el primer día, las heridas invisibles se cronifican, comprometiendo gravemente el futuro y la reconstrucción de todo un país.











