Las catástrofes pueden impactar a pesar de no haberlas vivido en primera persona. La incertidumbre, la tristeza y la culpa también afloran cuando estás lejos. Para tratar de reducir ese malestar, Cruz Roja en Toledo puso en marcha hace unos días varios espacios de apoyo emocional y desahogo dirigidos a personas afectadas indirectamente por los terremotos en Venezuela.
A Andrea Zambrano la noticia de los terremotos en su país de origen se la dio su pareja, también venezolano, al poco de levantarse. “Al principio pensé que habría sido un terremoto pequeño, pero enseguida empecé a mirar las redes sociales y el grupo de la familia. Lo único que quería era que alguien contestara”, recuerda. Para Andrea, las primeras horas estuvieron marcadas por el miedo y la incertidumbre. “Fue un shock terrible. No podíamos comunicarnos con nadie y entramos en pánico. Había personas cercanas a la zona afectada con daños en sus viviendas y familiares que habían perdido todo”. Aunque su familia vive lejos del epicentro, hubo amigos y conocidos de los que tardaron horas en tener noticias. La familia de su pareja perdió la casa. Afortunadamente no han tenido que lamentar pérdidas humanas, pero la preocupación por las consecuencias de los terremotos siguen ahí. “Perder una casa, una escuela o los recuerdos de toda una vida también es un duelo”, afirma.
Como Andrea, muchas personas venezolanas residentes en España –alrededor de 400.000– han vivido las últimas semanas pendientes del teléfono, de las noticias y de cualquier mensaje que confirmara que sus seres queridos estaban a salvo. Conscientes de ese sufrimiento, un equipo de cuatro psicólogas de Cruz Roja en Toledo, procedentes de los ámbitos de emergencias, infancia y protección internacional, organizó un espacio grupal de apoyo emocional para ofrecer escucha, orientación psicológica y acompañamiento.

Ayudar a sobrellevar la culpa del superviviente
La iniciativa surgió tras detectar que muchas personas participantes en los programas de Protección Internacional y de infancia estaban atravesando un importante malestar emocional. “Veíamos que lo estaban pasando realmente mal”, explica Clara Gómez, psicóloga del ERIE Psicosocial de Cruz Roja. “Había una enorme preocupación por sus familias, amistades y comunidades. Aunque estuvieran aquí, el hecho de saber que las personas de su entorno estaban sufriendo les generaba un gran impacto emocional”, señala. Alicia Reguillo es también psicóloga del programa de Protección Internacional de Cruz Roja en Toledo, ella realiza acompañamiento individualizados con las personas venezolanas que están en el programa. En cuanto se enteró de la noticia contactó con todas las personas participantes para asegurarse que sus familiares se encontraban bien. Afortunadamente ninguna de ellas ha tenido que lamentar ninguna pérdida humana.
Entre las emociones más frecuentes aparecieron la incertidumbre, la tristeza, la frustración, el agotamiento físico y mental y, sobre todo, la culpa. “Muchas personas sentían que no estaban haciendo lo suficiente, que deberían estar allí ayudando. Es lo que conocemos como culpa del superviviente”, expone Clara. “Lo que hemos visto es que muchas personas que están aquí hacen de receptoras de la angustia que hay en Venezuela. Sobre todo lo que se plantean es en qué medida pueden ayudar”, añade Alicia.
Durante la sesión, las profesionales abordaron cuestiones como el impacto psicológico de las emergencias, los procesos de duelo, los primeros auxilios psicológicos, el autocuidado y la gestión de la información. “Les animamos a que recuperen sus hábitos de sueño. Son 5 o 6 horas de diferencia y les recomendamos que, sin dejar de tener contacto con los suyos, vayan retomando su vida y su día a día”, explica Alicia.
También trabajaron para ayudar a las personas participantes a comprender que muchas de sus reacciones eran normales. “Intentamos desculpabilizar. No podemos eliminar el malestar, pero sí ayudarles a entender que hay cosas que no están en su mano y ajustar las expectativas sobre lo que realmente pueden hacer desde aquí”, señala Clara. “Normalizar sus emociones y ofrecerles herramientas puede convertirse en una guía para afrontar mejor la situación”, añade.
No podemos eliminar el malestar, pero sí ayudarles a entender que hay cosas que no están en su mano
Compartir el dolor para no vivirlo en soledad
Para Andrea, participar en ese espacio supuso poder poner palabras a todo lo que llevaba días acumulando. “Tenía muchas cosas en mi cabeza y no podía hablarlas. Fue un desahogo. Allí pudimos expresar todo lo que sentíamos con personas que estaban pasando exactamente por lo mismo”. La sesión también le permitió descubrir que la culpa que sentía no era individual. “Sentimos que estábamos en el mismo barco. Yo pensaba que ese sentimiento era solo mío, pero todos nos sentíamos igual. Fue reconfortante y, al mismo tiempo, muy triste, porque compartíamos el mismo dolor”.
Ese sentimiento de pertenencia fue uno de los aspectos más valiosos de la iniciativa. Al finalizar el encuentro, muchas personas continuaron conversando, e incluso intercambiaron teléfonos. “Se dieron cuenta de que no estaban solas”, recuerda Clara. “Muchas nos dijeron que les había ayudado saber que otras personas estaban viviendo la misma situación. Verse reflejadas en los demás hace que el sufrimiento sea más llevadero”, cuenta la psicóloga.
La experiencia ha vuelto a poner de manifiesto que una emergencia no termina en el lugar donde ocurre. Cuando existen vínculos familiares, afectivos o culturales, el impacto también alcanza a quienes la viven desde miles de kilómetros de distancia. Reconocer ese sufrimiento y ofrecer espacios seguros de escucha y apoyo psicológico es una forma de acompañar a las personas para que no tengan que afrontar el dolor en soledad.









