E l triunfo de la unidad democrática en San Cristóbal y San Diego fue tan abrumador, tan oportuno y tan clarificador que ha generado reacciones en los derrotados tan absurdas como la de Maduro, que no sólo no tuvo la gallardía, poco esperable, de saludar o al menos reconocer como suele hacerse en democracia al vencedor, sino de amenazar con cárcel a otros alcaldes que se «vuelvan locos». El PPT, el pobre, que sacó decenas de votos, lo atribuye muy hilarantemente al síndrome de Estocolmo (la relación amorosa y perversa del agredido, los pueblos de ambos municipios, hacia el agresor, los terribles guarimberos). A Maduro hay que decirle que no sólo los alcaldes se vuelven locos en casos similares sino, por lo visto, también el soberanísimo, el amado pueblo. Y al PPT sugerirle que también es posible pensar, por ejemplo, en la hipótesis de una hipnosis colectiva propiciada por el Imperio. En cualquier caso esas sinrazones indican la cuantía del golpe asestado al régimen policial.
Quienes deben estar escondidos debajo de la mesa, y si tuviesen un poco de guáramo deberían renunciar, son los miembros de la Sala Constitucional del TSJ, que perpetró una de las más arbitrarias decisiones judiciales de los últimos tiempos, usurpando funciones y violando las reglas mínimas del debido proceso, al destituir y encarcelar a los alcaldes.
Y lo de la renuncia no es un castigo traído por los cabellos, es que el poder que ejercen viene, aunque sea indirectamente, del soberano que acaba de pronunciarse en su contra con la mayor contundencia. Y, por supuesto, también habría que pensar, a estos efectos, en quien les dio el garrote.
Pero lo más importante es que todo el cuento del golpe lento (novísima categoría politológica), auspiciado por las consuetudinarias fuerzas exteriores, sobre todo el consabido Imperio, queda muy mal parado, salvo que se suponga que hay, al menos, decenas de miles de promotores golpistas. No en vano se han multiplicado en las últimas horas las amenazas de revelar las maquinaciones de la conspiración, hasta ahora guardadas inexplicablemente, en lo sustancial, en la intimidad del gobierno y sus servicios de inteligencia.
Pero no es menos importante de este huracán electoral, localizado pero de alta intensidad cualitativa, la lectura que debe hacer la oposición de éste. Por supuesto que se puede decir que es un triunfo de la unidad opositora y que demuestra la posibilidad de vencer por los votos al despotismo cuando se tiene una mayoría incuestionable. Pero también se podría leer como un aval para la línea más dura de la oposición y algunas agresivas tácticas suyas. Damos por descontado que debe haber consenso sobre el repudio inequívoco a la brutal represión gubernamental y, en general, a su política que ha devastado la economía nacional y la institucionalidad política y cuyos efectos ya son tangibles y terribles en la salud social, cotidiana, del país.
Sin duda que cada una de esas opciones, sobre todo si es excluyente, sería errada e inmadura.
Sólo una equilibrada, y muy unitaria, versión de esos relucientes numeritos sería la correcta, ya lo decíamos ayer. Las calles han hecho lo suyo, al margen de sus desviaciones violentistas y su constatable fatiga, en este nuevo escenario político. Pero también el paso estratégicamente bien direccionado y realista de la mayoría de la MUD. De manera que una síntesis se impone, que rechace por igual el inmediatismo violento y voluntarista y cierta pasividad electoralista y lentitud en sus reacciones políticas, de las cuales parece haber padecido en algún momento, no olvidemos nunca sus enormes logros, la unidad democrática. Sea.
Fernando Rodríguez
EDITORIAL TAL CUAL








