El multilateralismo y el derecho es la respuesta ante la destrucción del orden y las instituciones internacionales
El edificio de la misión de EE UU ante Naciones Unidas frente a la sede de la organización, en Nueva York. STEFAN JEREMIAH (AP/LAPRESSE)
La Asamblea General de la ONU, que arranca hoy en Nueva York, será un termómetro de las extraordinarias tensiones globales que vivimos y también del estado de la propia institución, que ha sufrido en los últimos años una persistente tarea de demolición hasta el punto de asomarse a la irrelevancia. Los jefes de Estado y de Gobierno se reúnen esta semana en un foro que, en tiempos normales, debería situarse en el centro de las discusiones sobre las guerras y el hambre, sobre un cambio climático que se abate con virulencia sobre nuestras sociedades, y sobre la aceleración desbocada de la inteligencia artificial. Pero estos no son tiempos normales. Y la ONU se encuentra hoy maniatada, con un Consejo de Seguridad inoperante y sin credibilidad y al mismo tiempo sometida a brutales recortes de fondos y a un desprecio hacia sus valores fundacionales que parte precisamente de Estados Unidos, el mismo país que contribuyó a la construcción de este orden internacional hoy en ruinas.
La Asamblea General de la ONU es un acontecimiento diplomático pautado por rituales casi siempre invariables: los discursos de los más de cien jefes de Estado y de Gobierno, los encuentros al margen de la agenda institucional que son ocasión de contactos y negociaciones privadas entre los líderes, o la reunión del Consejo de Seguridad, dedicada este año a la inteligencia artificial. El cónclave también permitirá medir la correlación de fuerzas diplomáticas ante la sucesión de António Guterres como secretario general. Es una coincidencia positiva que la tradicional rotación apunte a un relevo latinoamericano, y sería deseable que los Estados miembros se decidan por fin a elegir a una mujer. Pero todos estos rituales no podrán ocultar que el multilateralismo —la idea de un mundo con instituciones y reglas compartidas— se halla malherido y bajo el asedio de potencias depredadoras que niegan su misma razón de ser.
Que el edificio del multilateralismo requiere reformas profundas para no derrumbarse definitivamente no es ningún secreto. No solo no es eficaz: tampoco es representativo. La composición de los miembros con asiento permanente y derecho de veto en el Consejo de Seguridad es un ejemplo flagrante. No tiene sentido que, de los cinco miembros de este organismo, dos sean países de Europa Occidental, ni se entiende la ausencia de India o de algún país de África o América Latina. El problema es que todos los cambios necesarios pueden quedar en un catálogo de buenas intenciones sin la participación de las principales potencias mundiales. Estados Unidos con Donald Trump y la Rusia de Vladímir Putin son obstáculos gigantescos, y el Tribunal Penal Internacional está bajo asedio de EE UU e Israel, indistinguibles en este asunto de Rusia. La China de Xi Jinping, aunque se proclame a sí misma sostenedora de un orden estable, no duda en despreciar las normas cuando le conviene y usar su influencia como potencia autoritaria.
Es el momento del realismo y no de la resignación. Son los países democráticos que creen en el multilateralismo y los derechos los que están llamados a defender unas instituciones que, aunque claramente defectuosas e insuficientes, contribuyeron a reconstruir el mundo tras los horrores de las dos guerras mundiales. Todo esto está en juego esta semana en Nueva York. Porque la defensa de estos principios implica un compromiso que no debe inhibirse por temor a irritar a quienes aspiran a un mundo en el que impere la ley del más fuerte. Aunque sea la democracia más poderosa del planeta.
Editorial de El Pais











