Tres momentos, tres lugares, tres épocas distintas. Y una misma constante: el enemigo más peligroso no siempre es quien está enfrente, sino quien conoce desde dentro nuestras fortalezas, nuestras debilidades y nuestros caminos.
“Las murallas de una ciudad pueden resistir durante siglos. Lo que rara vez resiste es una puerta que se ha abierto desde adentro”. Arnold J. Toynbee
Siempre que tengo dudas o inquietudes acerca de algún evento en desarrollo, usualmente busco las respuestas en la Historia. Ustedes se preguntarán por qué, y les digo que tengo meridianamente claro que la Historia se repite. Como dicen, “no hay nada nuevo bajo el sol”. En ella encontramos las respuestas que buscamos, como lecciones incómodas que, por lo incómodas, muchas veces preferimos ignorar.
Estuve releyendo sobre las traiciones y la respuesta reiterada es que las grandes caídas rara vez vienen únicamente de la fuerza del enemigo. Más bien, todo lo contrario: con frecuencia nacen en el lugar donde menos se esperan: en el círculo de confianza.
Julio César no cayó ante un ejército extranjero. Cayó en el corazón mismo de Roma, rodeado de hombres que compartían con él el poder, entre ellos Marco Junio Bruto, a quien César consideraba uno de sus colaboradores más cercanos y en quien había depositado su confianza. Incluso, hay sospechas entre varios autores de que pudo haber sido hijo natural suyo, aunque no hay pruebas. Pues bien, cuando llegó el momento de la conspiración, la herida más profunda que recibió César no fue la del puñal: fue descubrir que Bruto sostenía uno. Algunos historiadores insisten que sus últimas palabras antes de morir fueron en griego: “Kai su, teknon?” (“¿También tú, hijo mío?”. Y lo cierto es que con el devenir del tiempo se han convertido en el paradigma universal de la traición.
Jesús no fue entregado por quienes lo perseguían, sino por uno de los doce que caminaban con Él, que escucharon sus palabras y compartieron su mesa. Judas Iscariote pasó a la Historia como el símbolo de una traición que no llegó con una espada, sino con un gesto de afecto: un beso. Detrás de ese beso, treinta monedas de plata.
Y en las Termópilas, los espartanos de Leónidas no fueron vencidos únicamente por la superioridad persa. Fue Efialtes, un pastor griego de las montañas cercanas a las Termópilas, quien -por una recompensa que jamás le fue pagada- reveló a Jerjes, el rey persa, el paso oculto que permitió al enemigo rodearlos. El camino hacia la derrota fue mostrado por alguien que conocía la tierra y sus secretos. Y si uno se pone a buscar los casos de traición, en su abrumadora mayoría fueron protagonizados por personas muy cercanas, no por desconocidos.
Tres momentos, tres lugares, tres épocas distintas. Y una misma constante: el enemigo más peligroso no siempre es quien está enfrente, sino quien conoce desde dentro nuestras fortalezas, nuestras debilidades y nuestros caminos.
Quizás por eso, cuando las naciones atraviesan momentos decisivos, es conveniente recurrir a la Historia, porque esta invita a mirar más allá de las fronteras y de los adversarios visibles. Los grandes giros de los pueblos suelen gestarse en silencio, dentro de los propios espacios de poder, allí donde se toman las decisiones y donde la lealtad adquiere su verdadero significado.
Venezuela también vive un tiempo en el que muchos esperan respuestas y cambios. La Historia no permite anticipar quiénes escribirán las próximas páginas, pero sí deja una advertencia que atraviesa los siglos: los desenlaces inesperados rara vez llegan solo desde afuera. La mayoría de las veces, la llave de una puerta decisiva está en manos de quienes ya se encuentran dentro.
Carolina Jaimes Brange
@cjaimesb







