Antonio de la Cruz: Cuando un comunicado deja de hablar de la crisis

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Antonio de la Cruz: Cuando un comunicado deja de hablar de la crisis

Hay textos oficiales que anuncian decisiones. Hay otros que anuncian una forma distinta de entender el poder. El reciente comunicado de la Asamblea Nacional de 2015 pertenece a esta segunda categoría. Representa un cambio de narrativa desde la gestión de la emergencia hacia la construcción de gobernabilidad. Busca generar legitimidad, reducir la incertidumbre y proyectar una hoja de ruta de reconstrucción basada en instituciones, cooperación internacional y estabilidad democrática. Más que un documento operativo, funciona como una pieza de comunicación estratégica destinada a coordinar expectativas entre la ciudadanía, los actores políticos y la comunidad internacional. Su eficacia, sin embargo, dependerá de que esa narrativa se traduzca posteriormente en medidas concretas y verificables.

En Venezuela, las palabras siempre han tenido una importancia desproporcionada. Durante un cuarto de siglo, el país vivió bajo una retórica que convirtió el conflicto permanente en una forma de gobierno. La confrontación fue presentada como una virtud política y la excepcionalidad terminó sustituyendo a la normalidad institucional. El Estado dejó de administrarse como un conjunto de reglas para convertirse en un escenario de movilización continua.

Por eso resulta significativo que el nuevo comunicado no esté construido alrededor del enfrentamiento. No hay llamados a derrotar enemigos internos, ni apelaciones épicas, ni la grandilocuencia que caracterizó al discurso oficial venezolano durante décadas. Las palabras dominantes son otras: estabilidad, reconstrucción, democracia, instituciones, garantías y trabajo técnico.

 
El cambio puede parecer semántico. En realidad, es político.

Toda transición comienza mucho antes de las elecciones o de las reformas legales. Empieza cuando cambia el lenguaje con el que una sociedad imagina su futuro. Ningún país reconstruye sus instituciones mientras sigue hablando el idioma de la guerra.

El comunicado incorpora otro elemento que merece atención. Vincula la ayuda humanitaria, la reconstrucción económica y la recuperación institucional como partes de un mismo proceso. No aparecen como capítulos independientes, sino como dimensiones inseparables de una única estrategia nacional.

Esta idea rompe con una vieja ilusión latinoamericana: la de creer que basta con reconstruir carreteras, hospitales o redes eléctricas para reconstruir un Estado. La experiencia internacional demuestra exactamente lo contrario. Las obras pueden levantarse con rapidez; la confianza pública necesita mucho más tiempo. Las instituciones son más difíciles de reparar que los edificios.

También resulta revelador el reconocimiento explícito al papel de Estados Unidos. En otros momentos de la historia venezolana, semejante referencia habría sido utilizada como argumento para alimentar la polarización ideológica. En esta ocasión aparece formulada desde otro registro: la cooperación internacional deja de presentarse como una amenaza a la soberanía y pasa a describirse como un componente de la recuperación nacional.

No es una diferencia menor.

Las grandes reconstrucciones contemporáneas rara vez han sido procesos exclusivamente nacionales. Desde Europa después de la Segunda Guerra Mundial hasta los Balcanes o Europa Central, tras la caída del bloque soviético, la consolidación democrática combinó liderazgo interno con respaldo internacional. El desafío nunca consistió únicamente en recibir ayuda, sino en transformarla en instituciones capaces de sobrevivir cuando la ayuda desapareciera.

Sin embargo, el verdadero examen del comunicado no reside en lo que afirma, sino en lo que todavía no puede demostrar.

Los textos políticos crean expectativas. Los gobiernos producen resultados. Entre ambos existe un territorio peligroso donde muchas transiciones han fracasado. Allí se instala la desconfianza cuando las promesas no encuentran una traducción visible en la vida cotidiana de los ciudadanos.

La reconstrucción institucional exige mucho más que una buena narrativa. Requiere reglas previsibles, administración profesional, independencia judicial, garantías electorales y capacidad para ofrecer seguridad jurídica a ciudadanos e inversionistas. Ninguna de estas condiciones puede ser sustituida por declaraciones, por bien redactadas que estén.

Precisamente por ello, el valor principal del comunicado quizá no resida en las respuestas que ofrece, sino en las preguntas que obliga a formular: ¿Cómo se fortalecerán las instituciones democráticas? ¿Cuál será la hoja de ruta para restablecer plenamente las garantías políticas? ¿Qué mecanismos asegurarán que la cooperación internacional fortalezca al Estado en lugar de reemplazarlo? ¿Cómo se traducirá el lenguaje de la estabilidad en políticas públicas concretas?

Son interrogantes inevitables, porque la historia venezolana está poblada de documentos que prometieron refundaciones nacionales y terminaron convertidos en piezas de archivo.

La diferencia entre una transición auténtica y una simple alternancia discursiva no depende de la belleza de sus comunicados, sino de la capacidad de transformar las palabras en instituciones permanentes.

Quizá esa sea la principal lección que deja este texto. No anuncia la llegada de una democracia consolidada ni garantiza el éxito de una reconstrucción nacional. Lo que hace es algo más modesto, pero también más importante: intenta desplazar el centro del debate. Después de años en los que toda la conversación política giró alrededor de la confrontación y la supervivencia, propone volver a hablar de gobernabilidad, legalidad y futuro.

Las naciones no cambian únicamente cuando cambian sus gobernantes, cambian cuando modifican el lenguaje con el que describen su destino colectivo.

Si Venezuela ha comenzado realmente ese tránsito, no será porque un comunicado lo proclame. Será porque las instituciones, los ciudadanos y quienes ejercen el poder consigan demostrar, con hechos, que el país ha decidido abandonar definitivamente la política de la emergencia para regresar a la política de la República.

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