Las más recientes actividades internacionales de María Corina Machado pueden leerse como una secuencia precisa de movimientos frente a un nudo gordiano que durante años ha asfixiado la causa democrática venezolana. No ha intentado desatarlo con gestos retóricos ni con concesiones estériles; ha optado por comprender su complejidad, medir sus tensiones y, llegado el momento, cortar con decisión los amarres que pretendían inmovilizarla.
Sus reuniones con la realeza y demás autoridades gubernamentales de Noruega, su encuentro con el papa León XIV en el Vaticano, posteriormente, sus intercambios con el presidente Donald Trump, el Secretario de Estado Marco Rubio, con los líderes parlamentarios de los Estados Unidos, y entre día y día, sostener reuniones bilaterales con diplomáticos de países clave para la lucha para hacer valer la libertad de Venezuela; no han sido episodios aislados ni protocolarios. Se preocupa por sostener un ritmo de deliberaciones con las fuerzas políticas y civiles de Venezuela. Estira las horas para atender múltiples solicitudes de entrevistas y desde luego, como corresponde a una persona que tiene la responsabilidad de conducir esta lucha de resistencia, sacar tiempo para pensar, pues se trata de una encomienda histórica que no debe asumirse con improvisaciones.
Toda esa agenda ha formado parte de una estrategia coherente, orientada a internacionalizar con rigor moral y político la verdad venezolana. En cada uno de esos escenarios salió airosa, con las manos apretando “rabo y orejas”, como premios simbólicos a faenas bien ejecutadas: sólidas en el fondo, sobrias en la forma y contundentes en sus efectos.
No era un recorrido exento de riesgos. Las flechas envenenadas no dejaron de lanzarse: la descalificación, la caricatura interesada, la sospecha sembrada desde dentro y desde fuera. Sin embargo, María Corina supo esquivarlas con inteligencia estratégica, articulando un compendio de argumentos certeros y un relato impecable, difícil de erosionar, incluso, para sus reducidos adversarios más persistentes. Su discurso no apeló al dramatismo fácil, sino a la razón política, al derecho internacional, sin menoscabo de los derechos nacionales de nuestra gente, y a la legitimidad democrática.
A ello se sumó una valentía poco común para navegar en un mar embravecido, donde cada ola ponía a prueba su temple. No hubo titubeos ni ambigüedades. Y, quizá lo más relevante, una grandeza de alma que se expresó de manera reiterada en todas sus comparecencias: la afirmación clara y constante de su alianza sólida con Edmundo González, y el reconocimiento de que la causa que encarna no es personal ni facciosa, sino la genuina representación del pueblo venezolano. En la memoria de María Corina está, a buen resguardo de sus sentimientos, la exigencia de la libertad plena de los presos políticos civiles y militares. Lo lleva en su corazón, sus nombres cabalgan en sus palabras, aboga por todos, por los policías metropolitanos, por los oficiales de la verdadera fuerza castrense, por los estudiantes, por los periodistas, empresarios, y por los activistas de todos los partidos que han sido crucificados por esa feroz tiranía.
En ese gesto reside la clave del nudo gordiano: no se corta desde la vanidad ni desde la imposición, sino desde la convicción de que los intereses que se defienden son colectivos y que el destino que se persigue es uno solo. María Corina Machado ha demostrado que está dispuesta a defenderlo a capa y espada, con inteligencia, coraje y una ética política que hoy resulta tan escasa como necesaria.
Antonioledezma.net







