Mucho se ha dicho sobre “autonomía universitaria”. Por ejemplo, se habla de “defender la “verdadera” autonomía universitaria”. sin siquiera comprender su acepción más equitativa. Tan manida palabra, ha sido objeto de gruesas manipulaciones. Sobre todo, en tiempos electorales, momentos estos en que se destila un calor y agitación que sólo son propios de la estridencia que dichos procesos provocan.
Más, por cuanto incitan razones que buscan poner en juego enredos y confusiones necesarias cuya dinámica sienta las bases del contexto perfecto para colmar los correspondientes ambientes de insinuaciones, injurias y quimeras. Esas situaciones coadyuvan a establecer el guión básico de todo mecanismo proselitista. Justamente, con la intención de encandilar u oscurecer el clima político que hace del escenario comicial su ámbito de escarceo. O de devaneo de posturas y compromisos.
Ya lo decía el profesor universitario Carlos Matus, quien fuera Experto principal de planificación del ILPES, que “(…) cada vez es más común escuchar en la voz ce la calle (algarabía) que los partidos políticos son capaces de ganar elecciones, pero incapaces de gobernar con eficacia (…)” En Planificación y Gobierno: Revista de la CEPAL No 31, p.162).
Meras presunciones
Los conceptos que presumen haber dado en el centro de la “diana” semántica de la frase “autonomía universitaria”, tienden a equivocar su esencia etimológica y lexicológica. Generalmente, por causa de la tentación que implica jugar con el sonido que su pronunciación motiva. Es precisamente, el problema que su uso incita como recurso político (proselitismo) empleado en discursos, declaraciones mediáticas u objetivos trazados a través de compromisos políticos expuestos bajo la formalidad que exige la organización de eventos electorales.
Los problemas que generan las tensiones que ocasionalmente caracterizan el discurrir universitario, afectan en grado superlativo la idea que busca exaltar el trillado término “autonomía universitaria”. Peor aún, sin dar cuenta lo que resguarda su significación.
Sin duda que, a pesar de la diversidad de intenciones que valientemente han pretendido establecer la lógica que articularía la semántica de tan exigente término, bastante ajado por la multiplicidad de esfuerzos que han intentado argumentar su pragmática (uso en el contexto real), la “autonomía universitaria”, se insiste en considerarse como una “barrera, muralla o trinchera jurídica” que supone un sentido de “libertad” o capacidad de la universidad de elegir su propio gobierno. De establecer sus pautas de funcionamiento en el plano de la enseñanza, extensión e investigación. Así como de organizar u ordenar su propia administración, gerencia, finanzas y economía.
Esfuerzos teóricos dispersos
De alguna manera, la Ley de Universidad sancionada en diciembre de 1958, su reforma aprobada en septiembre de 1970, la Constitución de la República de 1999, tanto como la derogada Ley Orgánica de Educación decretada en agosto de 2009, han sido elementos de exigencia de “todo” cuanto demanda la funcionalidad académica, educacional, económica, organizacional y administrativa.
Aun cuando estas áreas de aplicación del derecho que, en teoría se arrogan las universidades para “(…) armonizar sus planes docentes, culturales y científicos y de planificar su desarrollo de acuerdo con las necesidades del país (…)” (Del artículo 18 de la Ley de Universidades, 1970) o como refiere el artículo constitucional 112, para “(…) beneficio espiritual y material de la Nación (…)”, resulta inconsistente una idea de “autonomía universitaria” que procure afianzarse al margen de la razón sociopolítica que refiere el concepto de pluralidad humana. (Véase en Hannah Arendt)
Acá pudiera asentirse la resolución del aludido problema. Fundamentalmente, por cuanto la universidad es asiento de una comunidad de intereses de toda índole, la cual está asentada en la naturaleza humana del denominado universo humano. Universo (colectivo) humano éste que se distingue con base en la virtud de estar compuesto por seres diferentes en su esencia, proyecto de vida y composición individual en todo sentido.
No obstante, muchas de las hipótesis expuestas que han intentado conceptuar el significado de “autonomía universitaria”, se han basado en interpretaciones espasmódicas que destacan el carácter etimológico o lexicológico del término “autonomía”. Algunas pretensiones persisten en destacar su atractivo lingüístico que estimula en la cultura universitaria. Suele creerse que la autonomía universitaria “(…) es sólo una frase bonita que se grita en marchas o se escribe en pancartas” (Del Instagram de Daniela Villarreal, 20 de junio, 2026)
Inferencias finales
He ahí el problema que complica el hecho de descifrar complejidades o realidades ocultas que tienden a amenazar los alcances de la autonomía a ser afianzada en las universidades. Habría que buscar explicaciones en el ínterin de eventos complejos. De lo contrario, concebir el exacto sentido de “autonomía universitaria”, se convertiría en una prisión para la razón y la libertad de pensamiento que lejos de hallar su verdadera significación, terminaría cercenando la funcionalidad y viabilidad que le es propia a toda la estructuración y articulación que necesita la universidad para realizar su “(…) misión rectora en la educación, la cultura y la ciencia”. (De la Ley de Universidades en su segundo artículo).
Quizás, esta situación animó al profesor Cesar Villarroel, a referir que, en el contexto de tan convulsionadas realidades, “(…) la autonomía universitaria no existe. Sólo se mantienen fachadas autonómicas, que a poco que se traspasen (debiliten) descubren su rostro eufemístico” En: La Universidad y su productividad académica, Critica y Perspectivas. Ediciones Dolvia. Caracas, 1999, p.43).
De seguir dando tumbos frente a tan imprescindible propósito, habrá que auscultar con lupa lo que inhibe tal requerimiento. Y que sería algo elocuente y tangible para conducir a ver ¿cómo entender la “autonomía universitaria”? O seguiría presumiéndose como un mero escudo ante la violencia. O en consecuencia “autonomía universitaria”: ¿un ideario en crisis?
Antonio José Monagas










