Aludir a lo que implica el ocio político, difiere del tema que estudia el ocio como política. Aunque pudiera haber una analogía que solape un significado con el otro, al punto que se vean como sinónimos, la teoría política aclara la posible confusión conceptual que se establece entre ambas definiciones.
Es posible que esta disertación pueda colaborar con el modo de descifrar las diferentes formas en que el poder político impregna la experiencia social del odio. Especialmente cuando existe un contraste entre el “ser político” y la “politización irracional y hasta violenta” que perturba buena parte de la vida social.
El problema lo presenta la definición del término “ocio”. Según el Diccionario de la RAE, es: “diversión u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio realizadas regularmente por descanso de otras tareas”. Particularmente, suele entenderse como el momento dedicado al desarrollo del pensamiento crítico.
Sin embargo, en la perspectiva política, el “ocio” acusa desviaciones que afectan la cotidianidad que caracteriza el mero descanso por la cesación del trabajo. Sobre todo, cuando el ser humano afronta procesos político-electorales en medio de tiempos críticos, toda vez que su imaginario o desaforado apetito político (ansias de poder político), busca modificar, según juicio “propio”, las jerarquías políticas de la sociedad donde se desenvuelve. Por lo tanto, problematiza -sin mayor causa- la situación político-electoral en la que (seguramente) ha participado. Esto, dicho coloquialmente, es “enredarse con su propia soga”.
Complicaciones a la vista
Su intencionalidad lleva al supuesto “ocioso” a plantearse -a instancia de su conveniencia y propósitos-, razones en la que el “ocio” -entendido como recurso de poder- emplaza su disposición. Y así, logra imponer su criterio político y “reajustar” los cuadros políticos que han ganado la asignación de los escaños propuestos por el referido proceso político-electoral.
Este problema, casi siempre, sacude escenarios poselectorales lo cual genera molestias dificultades y antagonismos que, muchas veces, resultan de soluciones engorrosas. Es ahí, donde el concepto de democracia, no tiene el tamaño exacto que la presunción de una comprensión ajustada a la realidad y necesidades, le atribuye.
El concepto de democracia luce reducido
Es ahí, donde el concepto de democracia desborda los límites que le concede la teoría política. Pues el término en sí, presupone que su ejercicio encaja en un ámbito donde el Estado de Derecho hace comprenderlo como gobierno regular. “(…) Más no, como gobierno de los hombres” (Véase en el ensayo de Bobbio, “Gobierno de los hombres o gobierno de las leyes” En: Alfonzo Ruíz Miguel: Centro de Estudios Constitucionales, Madrid 1983 p.195) como en efecto suele ser.
La democracia de un Estado que se precie de ser entorno de la modernidad, debe ser pluralista y tolerante. Su praxis debe basarse en valores de libertad e igualdad política” (Ídem). O sea, que admita la importancia del individuo, habida cuenta de la libertad que determina la vida del ser humano.
Esto evidencia que la relación “liberalismo-democracia” es el fundamento sobre el cual debe erigirse una sociedad en la que el respeto y demás valores políticos, morales y sociales, cimientan la base que permite y garantiza las decisiones obtenidas de todo proceso político-electoral llevado a cabo con el máximo de consenso de la ciudadanía votante. Ciudadanía esta, apegada a los principios de libertad, justicia y legitimidad política, a partir de cuyo ejercicio son electos sus gobernantes.
Para finalizar
De manera que la democracia así regulada, al permitir la convivencia pacífica de distintas ideologías por igual, está en el derecho que le prodigan las leyes de cuestionar cualquier expresión que mal pongan los procesos que -en buena lid- determinaron el ejercicio de una democracia política que bien ha llevado las exigencias de un proceso político-electoral en cualquier espacio de afianzamiento y desarrollo institucional.
Pero que dicho cuestionamiento, sea conducido con base en los valores que la misma democracia aduce. Y con argumentos sólidos: demostrados y justificados. Pero no, a partir de meras majaderías y despropósitos que llevan sólo a inducir crisis políticas sin sentido o extravíos de cualquier naturaleza.
He ahí la razón que deja al descubierto los entuertos de quienes, presumiéndose demócratas caen en el error al cual conduce el “ocio” político. Más cuando, a estas personas, las mueven intereses estomacales relacionados con la concepción de una política asfixiante asediada por un hambre que ve en el proceso político-electoral una amenaza, chantaje o inminente y cruda coacción.
Y aunque sus suposiciones no tengan el sustento necesario y suficiente que fundamenten argumentos que lucen inoficiosos por simple antonomasia, no hay otra razón que pueda apreciarse más exacta que la del referido y peligroso “ocio” aventurado a hacer de las suyas en medio de la política de oficio ejercida por cuanta marramucia sea posible. Ello, sin medir las consecuencias.
He acá el contenido que refiere toda realidad en la que subsiste el “ocio” político.








