Antonio José Monagas: Entre rejas por pensar diferente

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Antonio José Monagas: Entre rejas por pensar diferente

Visibilizar historias de presos políticos o “de conciencia” (tal como los refiere la organización Amnistía Internacional) no es sencillo. Tampoco, estructurar la forma dialéctica o el contenido que mejor refiera la explicación respectiva. Más aún, hacerlo con la fuerza y profundidad que merece cada historia, no es fácil.

Cada una de ellas, responde a un contexto político, social y jurídico que, en poco o nada, coinciden con otros cuyas historias comprenden contenidos totalmente diferentes. Pero todas, de significativo valor.

Preso político o de conciencia

En principio, vale dejar claro lo que contrae la definición de “preso político o de conciencia”. Para Amnistía Internacional, son “(…) individuos injustamente detenidos por ejercer derechos tan fundamentales como la libertad de expresión, de asociación, reunión o religión”. Ejemplos históricos, sobran.

Aunque no habrá que ir muy lejos para conocer o recordar casos que dan absoluta cuenta de lo que implica la coerción del Estado cuando la ejerce. Indistintamente de la razón que sostenga. Bien porque arguye “justicia”. O porque, simplemente, argumente alguna ficticia causa que se corresponda con una aparente violación a forjadas o manipuladas garantías legales.

En todo caso el uso político de la justicia suele estar entre las causales mayormente empleadas para silenciar críticas contra una simulada gestión gubernamental.

Esta disertación cuyo tratamiento discursivo exige el mayor cuidado semántico, es realizada a fin de recordar a quienes han sido condenados sin límite de tiempo (en ausencia del “debido proceso” y carente de lo que representa el “Estado de Derecho”). Sólo por defender la igualdad, tras criticar al gobierno, o por actuar apostado en derechos capitales por repudiar, protestar o clamar justicia frente a actuaciones deliberadas de un poder político abusivo, ilegítimo o ilegal.

Realidades coincidentes

Hombres del calibre intelectual de Alberto Carnevali, Leonardo Ruiz Pineda o José Miguel Monagas (mi padre), en épocas de crasa represión y violencia política propias del siglo XX, padecieron en carne viva los azotes del látigo político. Además, de quienes en pleno siglo XXI, cuando muchos pensaron vivir un mundo mejor comprendido y de reconocimiento de sus clamores. Sin embargo, y contradictoriamente, las realidades se distanciaron de las elocuentes y prometedoras ofertas de bienestar anunciadas con el escándalo distintivo de todo politiquero populachero.

No solamente pagaron con cárcel el derecho de actuar conforme a pronunciar su pensamiento y resguardar sus proyectos de vida. Sino que también, dejaron su vida a la vera de cada mazmorra que les negó la luz de los días que vivieron a la intemperie de las frías catatumbas -propiedad- de la indolencia de la soberbia característica del poder político encumbrado y engreído.

Tras tan patéticas situaciones, pareciera que cualquier instancia internacional, nacional, regional o local de derechos humanos habría sido algo menos que un discurso pronunciado en el ínterin de algún momento de esparcimiento organizado por alguna cofradía de eximio verbo y suculentos objetivos.

Implicaciones de fondo

A pesar de las distintas y numerosas organizaciones dedicadas a la defensa de los derechos humanos, los resultados han quedado (en buena parte) a la deriva del tortuoso recorrido que acusa su crudo tránsito. El respeto a las libertades fundamentales yace en el fondo de las crisis políticas y sociales. Sus realidades ponen de bulto el problema. Tan revelador es, que se confunde con burdas declaraciones políticas asomadas por el poder político (de turno). No obstante, cualquier retaliación de la naturaleza que sea, intenta resonar entre el bullicio que caracteriza el desorden que habita en la interioridad de las susodichas realidades.

La llamada “amnistía” empleada como pretencioso recurso de obrada demagogia, es sencillamente el mecanismo perfecto para lavar las culpas políticas que mantienen amordazados a gobernantes de buen vestir. Pero con camisas de cuello sucio.

Lo que algunos conciben como decadencia, podría verse como una evolución de nueva estirpe, hacia un novedoso sistema de obscenos antivalores que han trazado una peculiar rasante que califica o cataloga a todos por abajo.

Epílogo

Es por ahí, cómo se llega a una explicación que pueda aterrizar en medio de la oscura realidad para la cual, los presos políticos o “de conciencia” se revelan pues se resisten a servir de andamiaje de esa sociedad que intenta modelar una grosera política de nuevo cuño. Política esta que el poder político -con su cruda o solapada represión- pretende usarla para mantenerse asido al poder. Siempre al margen de toda posibilidad que engañosamente exalta la vida.

Ese mismo poder político empecinado en mantenerse afincado en las alturas de la estructura gubernamental, actúa a conveniencia de la retorcida necesidad de ordenar que la conciencia sea la cárcel del siglo XXI. Es decir, que quienes se atrevan a desmerecer de todo cuanto manifieste o realice el alto gobierno, sean apresados. Y, por tanto, castigados al margen de toda consecuencia. O sea, que haya gente entre rejas por pensar distinto.

 

Antonio José Monagas

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