En los cuentos de Borges, se nota cómo el poeta que hay en él eleva su prosa. Su sensibilidad, su oído, su precisión, su alergia al lugar común, su amor por el lenguaje y por sus posibilidades; todas esas cualidades que uno relaciona con sus versos también definen su ficción. Y quizá explican, al menos en parte, por qué un estilo tan limpio y eficiente provoca tanto placer.
En El Sur, cuando el protagonista Juan Dahlmann escapa —física o mentalmente— del hospital al que fue recluido por una septicemia, el narrador nos dice:
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A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos. Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes; las plazas como patios…
En esa bella asociación entre el aire del amanecer y una casa vieja, emerge Borges el poeta como si no pudiera evitar incorporar un toque de magia al oficio gris del prosista.
Igual cuando en El inmortal el narrador describe sus alucinaciones durante un viaje por el desierto:
Varios días erré sin encontrar agua, o [tal vez fue] un solo enorme día multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed.
O el instante en el que Yu Tsun se acerca a la casa de Stephen Albert en El jardín de senderos que se bifurcan:
…del fondo de la íntima casa un farol se acercaba: un farol que rayaban y a ratos anulaban los troncos, un farol de papel, que tenía la forma de los tambores y el color de la luna.
Jamás se me habría ocurrido comparar la luz plegable de un farol entre los árboles con papel, pero ¿no es esa la metáfora perfecta para describirla?
¿Y no hay algo hermoso en la manera en que la frase aterriza en esas cuatro palabras: el color de la luna? Esa oración me recuerda al propio Borges cuando dijo «el deber de todas las cosas es ser una felicidad; si no son una felicidad son inútiles o perjudiciales».
Belleza y eficiencia
En un ensayo sobre Borges, Octavio Paz escribió que su estilo logra un fino equilibrio, «a igual distancia de la frase serpentina de Proust y de la telegráfica de Hemingway […] ni demasiado lacónica ni prolija, ni lánguida ni entrecortada».
Yo lo expresaría de otra manera. La prosa de Borges es económica: rara vez sobra una palabra y todo parece estar allí con intención. Como él mismo dice de la viuda Ching en Historia Universal de la Infamia, su estilo prescinde de «desfallecidas flores retóricas».
El riesgo de una prosa tan eficiente es que se vuelva demasiado impersonal, parezca producida por una máquina y pierda la capacidad de transmitir placer. Es lo que algunos le critican a J.M. Coetzee, otro escritor de primer orden con un estilo austero.
Borges, sin embargo, logra ese fino equilibrio al que se refirió Paz: su prosa es sobria y, al mismo tiempo, regocija al lector a cada paso; parece seguir siempre la máxima borgeana de que todas las cosas deben ser una felicidad.
A veces uno no sabe si es deleitosa y eficiente, o deleitosa porque es eficiente. Por ejemplo, en Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto, Unwin cuenta —o especula— que el visir Zaid se inclina “sobre el sueño de su rey” mientras piensa en matarlo.
Borges podría haber escrito que Zaid se inclinó «sobre el rey dormido», pero la frase que eligió, igualmente breve, funde el sueño con la realidad física y, además, le permite incorporar un bonito matiz de intimidad: el posesivo «su».
Algo similar ocurre en El muerto. Noten el adjetivo que describe el potencial efecto de la bebida en un grupo:
Esa noche, los hombres del Suspiro comen cordero recién carneado y beben un alcohol pendenciero.
En ese mismo cuento, el personaje Otálora viaja en barco a Uruguay y “la travesía es tormentosa y crujiente”. ¡Crujiente! Con el uso exótico de esa palabra común, Borges evoca con una sola pincelada la estructura entera de la embarcación gimiendo bajo la tormenta.
Economía sin dogmas
En El Sur aparece esta frase admirable, sencilla solo en apariencia: «El tren laboriosamente se detuvo».
En teoría, ese adverbio tan largo —difícil de leer y de pronunciar— podría considerarse innecesario. Pero no está allí por descuido. Nada en la prosa de Borges está allí por descuido.
La palabra la-bo-rio-sa-men-te alarga el proceso descrito en la oración; encarna el sonido de la lenta y trabajosa desaceleración de las ruedas del tren. En otro contexto—Juan cocina laboriosamente— no produciría el mismo efecto.
Fíjense, además, en su posición: colocarla antes del verbo acentúa su carácter onomatopéyico.
O miren este pasaje de El atroz redentor Lazarus Morell:
El prófugo esperaba la libertad. Entonces los mulatos nebulosos de Lazarus Morell se transmitían una orden que podía no pasar de una seña y lo libraban de la vista, del oído, del tacto, del día, de la infamia, del tiempo, de los bienhechores, de la misericordia, del aire, de los perros, del universo, de la esperanza, del sudor y de él mismo. Un balazo, una puñalada baja o un golpe, y las tortugas y los barbos del Mississippi recibían la última información.
A Borges le bastaba escribir «se transmitían una orden que podía no pasar de una seña y lo mataban». Pero elige un camino más largo y también más emotivo, culminando la oración con una imagen espléndida («las tortugas y los barbos del Mississippi») y otro uso original de un adjetivo común. La expresión «la última información» no solo convierte el exterminio de los prófugos en información que reciben los animales; también condensa el carácter definitivo de la muerte.
O lean esta reflexión en El Sur:
Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos, de otros hombres, pero no de un país: no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua, ponientes.
Sí, Borges podría haber expresado lo mismo con menos palabras, pero ¿se ha escrito alguna vez una crítica más hermosa del lado oscuro del nacionalismo?
El deber de todas las cosas no es ser una felicidad y es falso que sean inútiles o perjudiciales cuando no lo son. Pero esa mentira de Borges ayuda a entender no solo su estilo, sino también otros elementos de su ficción que abordaré luego.
Un puñado de páginas un día, otro a la mañana siguiente: durante los últimos meses me he dedicado a releer las obras completas de este gran escritor con la intención de escribir un largo ensayo sobre él. Y confieso que en muchos amaneceres, con algo de ese aire de casa vieja que les infunde la noche, he recordado que la felicidad existe, aunque solo sea por breves instantes y en medio de tantas tristezas.
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