De la justicia y la flauta de Hamelin
abril 13, 2018 5:47 am

 

 

“Somos semejantes a esos soldados que caen en el curso del ataque del que saldrá la paz. Dios no es vencido una primera vez por nuestra derrota, porque si bien parece que sucumbimos individualmente, el mundo, en el que revivimos, triunfa a través de nuestros muertos”. Pierre Teilhard De Chardin.

 

 

 

Llama la atención el seguimiento y la expectativa que parece brindarle al tema del Tribunal Supremo de Justicia en el exilio la masa de tuiteros y otros conciudadanos que atosigan los espacios públicos para hacerse sentir y, como diría Arendt, accionar su libertad. Yo agrego: ejercer su ilusión y en la militancia alzarse, entre la amargura y la resignación.

 

 

 

Una esperanza viva se muestra entonces en el retuit de las informaciones, análisis, comentarios que se reiteran, como si se tratara de edificar un proceso a distancia, en el mensaje, en la expresión del pueblo hábil electrónicamente, que se lanza febril a reclamar apoyo o a ofrecerlo. Una utopía sobrevenida signa el interés de la red, cuya sustancia no es otra que el ademán espiritual que se desprende tras la ecuanimidad de la que carecemos y en la falencia nos compromete perniciosamente. Hemos agonizado tanto que ya no creemos en el final de esta agonía.

 

 

 

El alma ciudadana conoce en Venezuela la misma suerte que Hamelin. Una peste populista, militarista, castrista nos alcanzó. Un sinfín de calamidades nos aflige y amenaza, como muy pocas veces antes pasó; la nación y su cotidianidad es también la de una tragedia que se repite corroyendo, cual Prometeo, al pueblo que de Titán conservaría su inmortalidad acaso.

 

 

 

No hay escenario institucional que no padezca el roído de creaturas sórdidas que devoran insaciables. Ratifico que no hay hospital, colegio, oficina, servicio público de agua, luz eléctrica o expendio de comida, cuerpo de seguridad o contingente armado que no sepamos carcomido por la bestialidad ideologizada, el criminal impune o la incompetencia arrogante.

 

 

 

El roedor chavista implacable atacó y diezma las universidades, las organizaciones sociales y cuerpos intermedios de cualquier género. Especies variadas de depredadores roen, créanme que no exagero, las finanzas públicas, la administración, Pdvsa y, paralelamente, la economía privada hasta reducirla a menos de la mitad de lo que fue. Y puedo seguir enumerando, enunciando apenas sin acabar nunca, el efecto destructivo de esta pavorosa experiencia chavista. El que me lee sabe que no miento ni hay hipérbole, ni metáfora incluso. Son eso que sabemos son, y sus personeros y engreídos dignatarios han desnudado el lado oscuro de nuestra condición humana.

 

 

 

Extrañada, alejada, ahuyentada la patria herida y avergonzada, ensaya una tonalidad con la flauta del Tribunal Supremo de Justicia designado por la Asamblea Nacional, misma que elegimos los venezolanos y que desconoció, persigue, acosa la dictadura. Notas agudas permean la comunidad internacional para hacer saber que se acerca la hora de la rendición de cuentas, que el deber incumplido supone punición, que la maldad y la impunidad provocan el rechazo, el reclamo, el castigo de los que otrora sonreían, seducidos por las loas, alabanzas y lisonjas del compulsivo botarate que nos arruinó.

 

 

 

 

El mundo sabe ya que el difunto demagogo no fue un sincero samaritano; por el contrario, un simulador, un fariseo. Sabe también que Maduro no es un líder, sino un abusador que sigue el ejemplo del déspota adulón, incapaz de asumir las resultas de la peor gestión económico-financiera de la historia reciente.

 

 

 

Conoce igualmente el mundo la verdad del cataclismo provocado por el cinismo y la ignorancia de una política económica fracasada, que empobrece, apaga, borra a mujeres, niños, ancianos, desnutridos, hambrientos, menesterosos, vulnerables, enfermos sin que se permita por vanidad y soberbia, al menos, un canal humanitario.

 

 

 

La fábula de Hamelin nos presenta una secuencia en la que las ratas son sacadas, en fila, en cola de la ciudad y luego la inconsecuencia de sus pobladores les hizo sufrir aún más, viendo a sus hijos marcharse. La moraleja abrocha, patentiza la necesaria responsabilidad con la que hay que manejar no solo el proceso de liberación del cepo, sino los costos que la reconquista implica. Enseña que la ciudadanía debe pensar antes de vivir, racionalizar su conducta y cuidar su expresión soberana.

 

 

 

No es ese Tribunal Supremo de Justicia que sesiona allende las fronteras una instancia judicial normal, sino extraordinaria, y el procedimiento y el producto de su deliberación e imposición de sanciones no tiene el impacto que tuviera en otro plano, pero apunta al restablecimiento de una legítima aspiración de justicia que se nos ha hecho tan esquiva que perdemos la fe en su verosimilitud, sumándose al esfuerzo que afuera y dentro de Venezuela se está realizando para denunciar ante el mundo a un régimen criminal y convencernos en lo interno de que debemos superarlo para readquirir el respeto por nosotros mismos.

 

 

 

 

Resistir es el lema, denunciar al régimen es deber, oponérsele con el convencimiento de que su permanencia solo nos hace daño es una convicción, y escucharnos antes que segregarnos, unirnos, es el camino para resplandecer. ¡Dios nos ayude!

 

 

 

Nelson Chitty La Roche

nchittylaroche@hotmail.com