Los ataques de Estados Unidos e Israel del pasado 28 de febrero y las repuestas de Irán hacia las bases de los Estados Unidos en las monarquías del Golfo Pérsico presagian una reconfiguración geopolítica en un permanente convulsionado Medio Oriente y a nivel mundial.
Irán es una potencia teocrática, petrolera y militar, enemigo de occidente, con una ubicación geográfica estratégica entre el Mar Caspio y el Golfo Pérsico que controla un estrecho por donde circula la quinta parte del petróleo mundial. Se ha posicionado en la guerra asimétrica usando su Guardia Revolucionaria y una red de aliados (proxy) para proyectar su influencia a través del terrorismo manteniendo además alianzas estratégicas con Rusia y China que buscan garantizar su estabilidad económica y política ante las sanciones occidentales.
Recordemos que en el último enfrentamiento EE. UU. bombardeó tres instalaciones nucleares en suelo iraní y Teherán respondió al día siguiente con ataques de misiles contra la base aérea estadounidense en Catar, interceptados con éxito por las defensas aéreas cataríes. Inmediatamente, Trump anunció la entrada en vigor de un alto el fuego entre Israel e Irán. Sin embargo, expertos del Organismo Internacional de Energía Atómica pusieron en duda que se hubieran aniquilado totalmente las capacidades nucleares de Irán, tema crítico de las negociaciones posteriores.
Por consiguiente, el tema se reanuda con la misma controversia y en un contexto de fuertes protestas populares en Irán, reprimidas con miles de víctimas, una intensa presión externa, una economía al borde del colapso y una estructura de alianzas regionales en transformación.
Por supuesto que no podemos aventurarnos en predecir los resultados del conflicto, que hasta el momento de escribir esta nota es favorable a EE. UU. e Israel. Sin embargo, podemos considerar algunos elementos importantes que inciden en el ámbito geopolítico regional y mundial de esta situación:
Aunque el llamado eje de la resistencia se ha debilitado por la caída del dictador sirio, la presión militar sobre los proxi, Hezbollah, Hamas y Huties, además de la extracción de Maduro en Venezuela, no hay que menospreciar la eventual reacción a través de ataques terroristas en occidente.
La inestabilidad socioeconómica y la incertidumbre sobre la sucesión de Ali Jameini pudiera generar, desde escenarios como el colapso total, un golpe de Estado de la Guardia Revolucionaria hasta una eventual imposición del hijo del Sha de Irán. El fin del régimen teocrático y una apertura hacia la democracia sería bienvenida por gran parte de la comunidad internacional y un gran logro para paz y seguridad mundial.
En cuanto a las alianzas globales de ese país, aún es incierto el papel que pudieran jugar actores como Rusia y China que ya vienen de ser anulados como “socios comprometidos a toda prueba”, en los casos de Siria y Nicolás Maduro.
Por último, no menos importante, la posibilidad de la reafirmación de la política de Trump de la seguridad energética expresada a través de una producción masiva de combustibles fósiles, la desregulación ambiental y el uso geopolítico de la energía. Aquí, en el marco de la rivalidad sistémica con China y Rusia, con el dominio del petróleo iraní y el aseguramiento del estrecho de Ormuz, EE. UU. aseguraría la supremacía del control petrolero mundial.
Venezuela
Nuestro país e Irán han mantenido hasta hace poco tiempo una alianza estratégica centrada en la cooperación tecnológica, militar y energética. Esta relación perniciosa, calificada como una alianza de resistencia, buscaba evadir sanciones internacionales y desafiar la influencia de Estados Unidos en la región, con el agravante de ser señalado nuestro territorio como santuario para los proxis iraníes, con el evidente riesgo para el resto de la región y los Estados Unidos.
Afortunadamente, los nexos entre ambos regímenes se están extinguiendo irreversiblemente, producto de los sucesos del 3 enero y las instrucciones que debe seguir el interinato, ahora con más razón que nunca en relación al desacoplamiento total con el régimen iraní. La declaración del canciller lo demuestra, saludando a la bandera simplemente en una declaración que no acusa al “imperio” ni Israel como en otras oportunidades
El desmantelamiento de los rezagos que pudieran quedar de esa relación es tarea urgente en las actuales circunstancias y será motivo de atención prioritaria en un próximo proceso de transición, que conduzca al restablecimiento de la democracia, en donde se tomen acciones de política exterior cónsonas con nuestra cultura, valores e interese nacionales.
William Santana







