Un país autogestionado por su pueblo: la otra cara de la tragedia que dejó los terremotos en La Guaira

Un país autogestionado por su pueblo: la otra cara de la tragedia que dejó los terremotos en La Guaira

La Guaira, ese territorio de contraposiciones que para los venezolanos era paz, risas y alegría, pero al mismo tiempo un territorio golpeado en reiteradas oportunidades por la naturaleza, pero también por el devenir de la política; un territorio que se ha levantado entre el agua, el barro y ahora entre los escombros.

La crítica situación de Venezuela, sin capacidad instalada por parte del Estado, ha llevado a su ciudadanía a tener que crear ecosistemas autogestionados, una realidad que no ha cambiado después del doble terremoto del 24 de julio de 2026.

Entre los escombros se ve un topo que sigue escarbando para conseguir una vida; la vida de un hijo, un hermano, una esposa, una madre o inclusive la de un desconocido cuyo familiar pide a gritos encontrar.

Entre aquellas viviendas de interés social que fueron parte del control social de un Estado, se encuentran los más afectados. Funcionarios públicos que aseguran ser parte de ese mismo Estado expresan su dolor porque nadie estuvo allí en las primeras horas de esperanza, una esperanza que se fue desvaneciendo con el paso del tiempo.

Ves venezolanos, jóvenes, adultos, organizaciones, universidades o simplemente una madre que también lo perdió todo, ayudando y dando fuerza solo con sus palabras o con alguna caja hecha con amor desde algún rincón del mundo que llega hasta una carpa o una vivienda repleta de personas, porque allí una familia que perdió todo encontró un lugar de acopio.

Y aunque el mundo volteó hacia Venezuela, una realidad sigue invisibilizada en medio de los reportajes que con tanto compromiso realizan nuestros periodistas en las calles: la indignidad y el riesgo continúan presentes en la respuesta.

Terrenos llenos de polvo y escombros se hacen presentes; moscas por doquier que se aprovechan de la tragedia; cuerpos de seguridad que graban, pero no escarban en cada rincón; comida sin espacios adecuados para cocinar; condiciones sanitarias deficientes; enfermos enfrentando el calor y la falta de ventilación.

Entre el dolor surgen conversaciones obligadas por la situación para permitir que camiones y aviones puedan llegar sin restricciones, mientras, por otro lado, un pueblo lleno de dolor reclama condiciones dignas de ayuda ante un fantasma que intenta resistir la crisis provocada por el doble evento sísmico.

Una reubicación sin garantías que exige abandonar lo poco que se logró rescatar entre los escombros. Y cuando hablamos de poco, hablamos de su gente y de sus bienes materiales, donde además aparece el miedo ante lo inimaginable: la maldad en medio de la tragedia, una amenaza más que obliga a proteger a los seres queridos de nuevos peligros.

Peligros a los que se enfrentan niños que recorren las zonas afectadas intentando crecer y ayudar entre los escombros; nacionales y extranjeros. Un pequeño topo que decidió asumir la misión de salvar vidas, pero ¿quién protege la suya en medio de la tragedia? Solo una cámara que lo proyecta parece ser la protección que tiene.

Mientras tanto, el silencio de la incertidumbre de no saber dónde encontrar un abrazo representa la desolación de quienes no encuentran a los suyos más allá del rumor de que podrían seguir con vida.

En medio de esa realidad, ese país autogestionado continúa lleno de miedo, pero cada día comienza a salir del impacto inicial del 24 de julio y empieza a despertar de un trauma que nunca olvidará y que, sin duda, cambió para siempre su vida.

Fundación Juntos Se Puede

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