La nueva Estrategia de Seguridad Nacional del presidente estadounidense, Donald Trump, advierte que Europa enfrenta una “aniquilación civilizatoria”. Si bien el lenguaje es deliberadamente contundente, la preocupación subyacente no es infundada. De hecho, Europa corre el riesgo de convertirse en un continente moldeado por las decisiones de otros, en lugar de ser un actor que controla su propio destino. El problema no radica en el diagnóstico, sino en el remedio prescripto.
En la visión de Trump del mundo, la solución es más nacionalismo: debilitar a la Unión Europea y restaurar la primacía de cada uno de los estados miembro. En realidad, el problema de Europa no es un exceso de integración, sino más bien lo contrario. Para perdurar como potencia económica, política y militar en un mundo cada vez más dominado por potencias continentales, Europa debe completar sus instituciones comunes. Ese proyecto requiere una forma de nacionalismo claramente europea.
A pesar de todos sus defectos, la crítica de Trump apunta a una verdad fundamental: un estado viable exige una comunidad política. Sin un “nosotros” colectivo, los impuestos parecen una extorsión, las leyes se perciben como una imposición externa y el servicio militar se vuelve difícil de justificar. ¿Para qué contribuir, cumplir o sacrificarse si los beneficiarios no somos “nosotros”?
Como argumentó célebremente Benedict Anderson, los estados-nación son “comunidades imaginadas” construidas socialmente: lo suficientemente grandes como para que la mayoría de sus miembros nunca se conozcan, pero lo suficientemente reales como para mantener obligaciones mutuas. Este sentido del “nosotros” no es una floritura retórica, sino el andamiaje social intangible que sustenta la acción colectiva. Cualquier proyecto político -liberal o antiliberal, democrático o autoritario- depende de él.
Durante gran parte de la historia, los estados no requerían un sentido profundo de identidad compartida, ya que sus funciones básicas se limitaban a mantener la paz interna y disuadir las amenazas externas. Uno se doblegaba ante el poder más fuerte de la zona, pagaba tributo a cambio de protección y, por lo demás, conservaba una considerable autonomía local. Los imperios multiétnicos, desde la antigüedad hasta los Habsburgo y los otomanos, sobrevivieron porque exigían poco de sus súbditos más allá de obediencia y tributo.
La Revolución Industrial rompió este equilibrio. En la medida en que se fueron expandiendo la producción, el transporte, las finanzas y los mercados, también se amplió el alcance de lo que se esperaba de los estados. Los gobiernos ahora tenían que construir infraestructura, estandarizar el lenguaje y las medidas, educar a la población, regular las industrias, brindar seguridad social y dirigir el desarrollo económico. En consecuencia, el arte de gobernar pasó a ser una continua toma de decisiones colectiva.
Esta transformación introdujo una tensión estructural. Los mercados más grandes y la disuasión militar favorecen la escala, pero el tamaño también trae consigo una mayor diversidad interna de idioma, cultura, historia y condiciones económicas. Un sentido compartido del “nosotros” es más fácil de sostener en sociedades más pequeñas y más homogéneas; las entidades políticas más grandes y más diversas deben desarrollarlo deliberadamente.
El nacionalismo moderno surgió en respuesta a esa tensión. En el siglo XIX, los nacionalistas alemanes e italianos buscaron unir a poblaciones que vivían bajo diferentes estados, con leyes, instituciones, historias e idiomas distintos, en una única entidad política.
Al hacerlo, el nacionalismo reprodujo esa tensión que pretendía resolver, ya que la unificación amplió tanto la escala como la heterogeneidad. El nacionalismo alemán temprano, especialmente en los años 1840, era esencialmente liberal y tenía como objetivo unificar Baviera, Wurtemberg, Baden, Hesse, Sajonia, Prusia y otros estados bajo un marco constitucional. Pero la integración política demandaba algo más que una consolidación jurídica. Exigía la construcción de una nueva identidad alemana -una comprensión más amplia del “nosotros” capaz de sustentar instituciones comunes.
Italia siguió un camino similar. Como señaló el estadista Massimo d’Azeglio tras el Risorgimento: “Hemos hecho Italia; ahora debemos hacer italianos”. El estado existía, pero la identidad nacional estaba rezagada.
Hoy Europa enfrenta el mismo problema. La UE ya ha creado un vasto mercado interno y un sistema regulatorio elaborado -posiblemente demasiado engorroso-. Pero no ha logrado desarrollar una identidad política acorde. El resultado es un sistema político económicamente integrado, pero políticamente débil: lo suficientemente fuerte como para regular, pero demasiado débil para exigir lealtad cuando se requieren sacrificios reales.
La receta de Trump -abandonar el proyecto europeo en favor de la soberanía nacional- empujaría a Europa en la dirección equivocada. Reduciría los mercados, frenaría la innovación y la inversión, y disminuiría el poder de negociación de la UE en un mundo en el que el tamaño cada vez más determina los resultados. También implicaría ejércitos más pequeños y débiles, paralizados por adquisiciones fragmentadas, sistemas incompatibles y problemas crónicos de coordinación.
Estas vulnerabilidades no son teóricas. El presidente ruso, Vladimir Putin, no ha ocultado su deseo de atraer a gran parte de Europa a la esfera de influencia de Rusia, y la administración Trump ha mostrado su voluntad de monetizar la dependencia de Europa del paraguas de seguridad de Estados Unidos. El reciente acuerdo comercial entre Estados Unidos y la UE, en virtud del cual el bloque aceptó un arancel del 15% sobre sus exportaciones a Estados Unidos sin imponer aranceles a los productos estadounidenses, puso de relieve las asimetrías de poder que están en juego.
Ese resultado debería ser aleccionador, especialmente para la extrema derecha europea. Muchos partidos nacionalistas asumen que la alineación retórica implica intereses comunes, pero la agenda “America First” de Trump -diseñada explícitamente para subordinar los intereses de los demás a los de Estados Unidos- difícilmente constituye una base viable para una alianza duradera. Como ya ha descubierto la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, la afinidad ideológica no se traduce en un trato favorable cuando los intereses estratégicos divergen.
La lección para la UE es clara: Europa no puede lograr autonomía estratégica sin una autoridad central capaz de actuar en su nombre, y dicha autoridad no puede sobrevivir sin una identidad política bien definida. Para que la disuasión sea efectiva hacen falta un mando integrado, adquisiciones conjuntas, una base industrial unificada y la capacidad de recaudar impuestos y gastar. A su vez, un ejército financiado con impuestos a nivel de la UE presupone un gobierno con poder real y responsabilidad democrática, ambos arraigados en un sentido europeo del “nosotros”.
Sin duda, construir el nacionalismo europeo no será tarea fácil. Históricamente, esto se ha visto facilitado por la necesidad de enfrentarse a un “ellos” agresivo, como el que Europa tiene ahora. Requerirá imaginación, liderazgo, voluntad política y reforma institucional. La alternativa se parece cada vez más a lo que el propio Trump llama “aniquilación”: marginación económica, dependencia militar e irrelevancia política en un mundo moldeado por otros.
Europa existe. Las generaciones anteriores de líderes políticos la crearon estableciendo mercados comunes, tratados e instituciones. La tarea ahora consiste en crear europeos. Sin un sentido compartido del “nosotros”, la acción colectiva que Europa hoy necesita con urgencia será imposible de lograr. El continente seguirá estando formalmente integrado, pero será funcionalmente impotente.
Ricardo Hausmann, exministro de Planificación de Venezuela y execonomista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es profesor de la Harvard Kennedy School y director del Harvard Growth Lab.
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