Ricardo Combellas: Releyendo a Maquiavelo

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Ricardo Combellas: Releyendo a Maquiavelo

Corrían los años cuarenta del siglo XIX y Victor Hugo, joven y ya famoso, se aprestaba a manifestar personalmente a todos y cada uno de los miembros de la muy prestigiosa  Academia Francesa su deseo de formar parte de la institución. Cuando le tocó el turno de visitar en su casa al  académico Royer-Collard, se encontró con una actitud displicente por parte  del gran teórico del liberalismo doctrinario, para ese entonces cargado de años e inmenso prestigio. De algún modo molesto y reprimiendo su orgullo, Víctor Hugo le preguntó si no había leído algo de su obra, para ese entonces suficientemente conocida y alabada, a lo cual el imperturbable intelectual respondió: “Señor, es que a mi edad ya no se lee, se relee”.

Confieso que a mi edad, cerca de cumplir 80 años, yo también releo más que leo. Mi magra jubilación universitaria me impide comprar libros, a lo que se agrega los pocos libros que llegan del extranjero. Algo leo en el ordenador, pero dada mi vista cansada y el placer de tantos años de lectura de la palabra impresa con tinta, me hacen añorar las bibliotecas de mi juventud. Disfruto pues del placer de leer, pero en mi caso me siento orgulloso de releer.

Trato de indagar basado en mi propia experiencia la decisión de releer determinado libro y aseguro que habrá diversas motivaciones. Una amiga, buena lectora, me comentó que algunas relecturas ya no le suscitaban ni la pasión ni el interés que en su primera lectura le habían producido, como era el caso particular de las novelas. Es sugerente preguntarse entonces sobre las emociones ligadas a la lectura de un libro  en una determinada etapa de la vida y el propósito con el paso de los años de releerla.

En mi caso particular, consecuencia de mi formación académica,  releo obras vinculadas a lo que Savater llama la aventura del pensamiento, y más específicamente a las relacionadas con el pensamiento político. La mayoría son obras consideradas clásicas, que en el caso de las personas que releen son sus auténticos clásicos, pues sienten la necesidad imperiosa de volver a ellos, leer una frase, un capítulo, una sentencia, el libro completo.

En efecto, motivado a tratar de entender los profundos cambios que a partir del 3 de enero han impactado con fuerza nuestra mente y capacidad de comprensión, recurrí a uno de mis clásicos preferidos, Nicolás Maquiavelo, para entender el complejo y duro arte de conquistar y mantenerse en el poder por parte del gobernante, en ejercicio de la cualidad que llamó virtú,  como saber cuándo ser bueno y cuándo ser malo, reconocer la fuerza de las circunstancias, adaptarse a las necesidades del momento y ser capaz de  orientarse  a los nuevos tiempos, por más borrascosos que sean, procurar ser amado pero también ser temido, saber hacer confundir a los hombres y engañarlos con inteligencia en función de  la prosecución de sus objetivos, en suma “tener siempre su espíritu dispuesto a volverse en cualquier dirección al compás del soplo de la Fortuna y según lo requiera la variabilidad de los asuntos”.

Tal vez sin presentirlo nuestros gobernantes de hoy  han sabido entender la  guía insospechada del florentino, un guía insuperable para entender la naturaleza humana y su manifestación en el poder, como garantía de la  capacidad de superación de un momento tan difícil, bajo la  sonrisa de la veleidosa Fortuna, lo que parece ser  el arribo a buen puerto donde continuar bajo un nuevo ropaje, su andadura.

Ricardo Combellas

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