En enero, hace 25 años, mirábamos el naciente siglo con franco optimismo. Dejábamos atrás las más trágicas conflagraciones de la historia y una perturbadora guerra fría que afortunadamente también había llegado a su fin. Se esbozaba un horizonte de distensión y convivencia, el idealizado “Fin de la historia” de Francis Fukuyama, que presagiaba un nuevo siglo esencialmente civilizatorio.
Desafortunadamente, no fue así, apenas iniciada la nueva centuria, el ataque del 11/9/2001 inauguró una nueva era de violencia, seguido por la inicua invasión estadounidense a Irak, la aparición del sanguinario Estado Islámico, la invasión rusa a Ucrania, los sangrientos asaltos entre Hamas e Israel, horrendas masacres internas como la de Sudán o amenazas como una potencial contienda China-Taiwán.
Todo en un mundo ahora multipolar, crecientemente agresivo, algunos de cuyos protagonistas, EE.UU., China, Rusia, parecen resucitar el fantasma de la Guerra Fría. Conflictos de nueva generación que se libran en el terreno del ciberespacio, la desinformación, la inteligencia artificial.
En ese inicio de siglo también privaba optimismo porque la democracia liberal, supuestamente había ganado la batalla ideológica de modo categórico. Lamentablemente, en estas dos décadas y media, es el autoritarismo quien ha cobrado terreno.
La profundización de la desigualdad, el deterioro del estado de bienestar, la desgastada credibilidad en los partidos tradicionales, el desaliento de las expectativas, han erosionado las democracias y le han servido de libreto al populismo autoritario, contrario a los contrapesos, justicia y libertad propios de la institucionalidad democrática.
Será en consecuencia necesario actualizar el modelo democrático tradicional, con nuevos propósitos que privilegien una economía inclusiva, reduzcan la brecha de desigualdad, superen el lenguaje de la polarización, garanticen acceso real a educación y salud de calidad. Luce duro el reto, pero la oferta de las democracias tendrá que ser más convincente que la promesa demagógica del nuevo autoritarismo, presuntamente eficiente y redentor.









