Ovidio Pérez Morales: Comunidad política creyente

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Ovidio Pérez Morales: Comunidad política creyente

 

Una lección de origen aristotélico y usada para justificar el pensar filosófico es la siguiente: “¿Que no hay que hacer filosofía? Eso es ya filosofar”. Se legitima simplemente porque el pensar filosófico se refiere a preguntas y respuestas últimas sobre las cosas.

Esto me recuerda lo que -el ahora canonizado santo- José Gregorio Hernández escribió en el Prólogo de sus Elementos de Filosofía: “Ningún hombre puede vivir sin tener una filosofía (…) En el niño observamos que tan luego como empieza a dar indicios del desarrollo intelectual, empieza a ser filósofo: le ocupa la causalidad, la modalidad, la finalidad de todo cuanto ve”.

Algo semejante puede decirse sobre el quehacer político del ser humano en el mundo. El negarlo como realidad es ya afirmarlo. Porque nace, se desarrolla y muere en sociedad. Así cuando alguien dice que “no se mete” en política, la verdad es que está ya metido, aunque sea mal metido o pretendiendo una inconsistente “neutralidad”. El término política equivale a ciudadanía (vocablos que vienen de civitas y polis, latino y griego, que se traducen por ciudad).

Uno nace, pues, político y filósofo. Porque Dios nos creó a los seres humanos sociales y pensantes. Seres relacionales y preguntones.

Ahora bien, la confusión en lo político viene de no aclararse debidamente los modos de darse y actuarse la ineludible politicidad. Se pueden señalar, en efecto, tres niveles o maneras de entenderse la palabra política: a) como actuación ciudadana simplemente tal, b) como alineamiento partidista, es decir, en grupos dirigidos a tomar, ejercer, recuperar el poder o autoridad en la comunidad civil, política, c) como ejercicio de este poder.

Cuando se habla de la relación Iglesia-política hay que tener bien presente el sentido en que se asume Iglesia, pues este término ofrece tres acepciones: a) comunidad de creyentes, b) sector de los laicos o creyentes caracterizados por su presencia en el mundo para transformarlo en la línea del Evangelio, c) jerarquía o conjunto de ministros al servicio autorizado de la comunidad eclesial.

Cuando se combinan la tríada de niveles con la de acepciones resulta, por ejemplo, que la jerarquía no puede evadirse de su corresponsabilidad ciudadana, pero su tarea no es- ni puede ser partidista ni de ejercicio de poder; y que el laico está en la política, en todas sus acepciones, como pez en el agua y su compromiso depende entonces de capacidades, circunstancias, inclinaciones, oportunidades.

La historia, por otra parte, ha registrado participaciones de la jerarquía en política, que hoy se consideran ya inaceptables (pensemos en los estados pontificios antes de la unificación italiana). Y hoy subsisten expresiones peculiares de la relación Iglesia-política normalmente aceptadas (Estado de la Ciudad del Vaticano, diplomacia pontificia, concordatos). La Iglesia es una entidad histórica y no puramente espiritual. De modo que la relación Iglesia-política no se la puede despachar con formulaciones simplistas. Lo que sí es cierto que la misión evangelizadora del llamado Pueblo de Dios le impone una dinámica fundamentalmente ético-espiritual en su etapa de peregrinaje terreno, temporal. Y lo cierto también es algo que el Concilio Plenario de Venezuela destacó en su documento 13, que es una especie de manual de Doctrina Social:

“Una de las grandes tareas de la Iglesia en nuestro país consiste en la construcción de una sociedad más justa, más digna, más humana, más cristiana y más solidaria. Esta tarea exige la efectividad del amor. Los cristianos no pueden decir que aman, si ese amor no pasa por lo cotidiano de la vida y atraviesa toda la compleja organización social, política, económica y cultural”. Aquí Iglesia se entiende en su sentido global (CIGNS, 90).

El presente artículo busca facilitar la comprensión del tema explicitando los sentidos de las palabras clave, que si no, se vuelve todo un revoltillo con la inevitable confusión resultante. Todos, creyentes y no creyentes, en nuestra cédula de identidad tenemos necesariamente esta inscripción: “político de nacimiento”.

 Ovidio Pérez Morales

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