Orlando Ochoa-Terán: Donald Trump y la “rendición incondicional” de Irán

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Orlando Ochoa-Terán: Donald Trump y la “rendición incondicional” de Irán

La expresión bélica tiene un significado muy preciso. Fue popularizada por Franklin D. Roosevelt en la conferencia de Casablanca de 1943. La idea entonces era clara: los Aliados no aceptarían negociaciones parciales con las potencias del Eje. Alemania y Japón debían capitular completamente. Incluso en esas circunstancias fue controversial. Los diplomáticos saben que en política exterior las palabras tienen consecuencias. Como señalaba el teórico de la estrategia Thomas Schelling, “la diplomacia es también un proceso de comunicación estratégica”.

Desde entonces, el concepto de la “rendición incondicional” es raro en la diplomacia moderna. Por eso la frase generó confusión y estupor. ¿Retórica o política real? La “rendición incondicional” implica un estado de guerra total. En el derecho internacional y en estrategia significa que un Estado acepta: su derrota completa; la pérdida de capacidad militar; la imposición de condiciones por el vencedor y un cambio de gobierno. No obstante, la exigencia de rendición total no define una estrategia concreta, sino que amplía el objetivo de la guerra de manera potencialmente ilimitada.

Otro problema es que Estados Unidos no está formalmente en guerra con Irán.

¿Por qué Estados Unidos no está formalmente en guerra con Irán?

En el sistema constitucional de Estados Unidos, declarar una guerra es una facultad única del Congreso. La última declaración formal ocurrió en 1942, durante la Segunda Guerra. Desde entonces, los presidentes han librado “conflictos militares”, desde Vietnam hasta Irak o Afganistán, basándose en autorizaciones legislativas o en operaciones militares limitadas, pero sin una declaración formal de guerra. En el caso de Irán, ni siquiera existe ese marco semi formal.

Desde la Revolución Iraní de 1979 ambos países han mantenido enfrentamientos indirectos, sanciones económicas, ciberataques, operaciones encubiertas y choques limitados en la región, pero nunca una guerra declarada. En términos estratégicos, esta relación se podría describir como de una confrontación prolongada.

Por eso es que la frase “rendición incondicional”, que probablemente resultó muy llamativa para el presidente Trump no pertenece al lenguaje de las guerras abiertas entre Estados, sino a rivalidades estratégicas que se desarrollan en la zona gris entre la paz y el conflicto.

Entonces, si no hay guerra declarada ¿qué significa la rendición? La respuesta está en la rápida aclaratoria de la Casa Blanca donde explican que el presidente se refería más bien a que Irán debería ceder completamente en cuestiones estratégicas, en materia nuclear y de seguridad regional.

Más que una política concreta, la frase parece ilustrar algo más amplio: la creciente militarización del lenguaje político de la Casa Blanca en las relaciones internacionales.

Es el resultado es una retórica política que oscila entre la hipérbole estratégica y la ambigüedad.

La lógica doméstica y la retórica internacional

Las declaraciones sobre política exterior rara vez están dirigidas solo a audiencias extranjeras. Con frecuencia están diseñadas para el público doméstico. La frase sobre la rendición de Irán puede interpretarse en contexto político doméstico.

En la política republicana, el discurso duro frente a Irán cumple varias funciones: refuerza credenciales de seguridad nacional; moviliza a bases políticas sensibles al tema militar; contrasta con enfoques diplomáticos de administraciones demócratas.

La paradoja es que el lenguaje pensado para consumo político interno puede tener consecuencias externas reales, especialmente cuando se interpreta como una señal estratégica. En diplomacia, las palabras como los silencios tienen consecuencias. En ese sentido, la diplomacia no es solo el arte de lo que se dice, es también el arte de lo que se deja de decir.

Una idea atribuida al diplomático y teórico Harold Nicolson, uno de los grandes analistas de la diplomacia del siglo XX, sostiene que: “La diplomacia consiste en elegir cuidadosamente no solo las palabras que se dicen, sino también las que se evitan.”

Pero para Trump la grandilocuencia es también parte de su personalidad. ¿Emular a Roosevelt en medio de la Segunda Guerra Mundial? Invocar ese lenguaje en el contexto actual produce un efecto de desfase histórico. Roosevelt hablaba en medio de una guerra global con millones de soldados movilizados de todas partes del mundo.

¿La política como espectáculo? 

El episodio sigue un patrón conocido en Washington. Una declaración explosiva del presidente seguida de asesores y portavoces que la matizan: explican que el mensaje no debe interpretarse literalmente o que se refiere a objetivos políticos más amplios.

Ese proceso, que en diplomacia se conoce como “traducción estratégica”, refleja la tensión permanente entre dos lógicas dentro de la Administración Trump: la lógica de la política presidencial y la lógica de los expertos en seguridad nacional.

La paradoja de la retórica extrema

Este estilo no es exclusivo del presidente. Algunos miembros de su administración, como el secretario de Defensa Pete Hegseth, han adoptado también un tono que enfatiza la confrontación estratégica y la demostración de fuerza frente a adversarios internacionales.

Al mismo tiempo, Trump ha introducido mensajes que contradicen lo anterior, sugiriendo que la guerra podría terminar “bastante rápido” mientras insiste en que Estados Unidos todavía no ha “ganado lo suficiente”. Esa oscilación entre la victoria total y la insinuación de un final próximo ilustra la tensión entre la retórica política y la lógica estratégica.

El verdadero campo de batalla: el petróleo

Estas ambigüedades de Trump, puede tener consecuencias estratégicas. Si Teherán interpreta el cambio de tono como señal de presión política interna en Washington o debilidad, podría optar por prolongar la crisis en lugar de buscar un alto el fuego inmediato.

En ese escenario, el instrumento más eficaz de Irán no sería su fuerza militar directa, sino su capacidad para desestabilizar el mercado energético mundial a través del Estrecho de Hormuz, una de las rutas petroleras más importantes del planeta.

Un aumento sostenido del precio del crudo tendría repercusiones económicas globales y generaría presión política dentro de Estados Unidos en vísperas de las elecciones de mitad de mandato.

La lógica de la guerra asimétrica

La estrategia militar de Iran, desde hace décadas, consiste en evitar confrontaciones directas con adversarios militarmente superiores y recurrir en cambio a instrumentos de presión indirectos. En ese marco, el estrecho de Hormuz ocupa un lugar central. Irán no necesita cerrarlo completamente para provocar efectos significativos; basta con generar incertidumbre sobre la seguridad de la ruta marítima para alterar el mercado energético mundial.

De esta manera Irán podría trasladar el conflicto del campo militar al económico, donde incluso perturbaciones relativamente pequeñas pueden tener consecuencias globales.

 

Orlando Ochoa Teran

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