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Una universidad para el futuro (parte III)

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Una universidad para el futuro (parte III)

 

“La noción de individuos que deciden, actúan y ‘existen’ en absoluta independencia entre sí, es un producto artificial de los hombres característico de una etapa particular del desarrollo de su autopercepción. Se basa en parte en una confusión de ideales y hechos, y en parte en una reificación de mecanismos individuales de autocontrol». Norbert Elias, The civilizing process, citado por Zygmunt Bauman en Libertad, Buenos Aires Losada 2007.

 

 

La transmisión del conocimiento, los modos y medios para eso y la concepción e implementación de un marco propositivo y dialógico del que surja un paradigma, viene acompañado de un elenco de políticas públicas y opciones que sintonicen y sincronicen con aquellas, de parte de lo que llamaríamos la comunidad educativa.

 

 

Mucho queda por librar en este calamitoso, ideologizado y deficiente sistema educativo y, no poco, debemos admitir, nos exigirá la reforma, la renovación y la adecuación en la universidad de otro modelo curricular inficionado del reto tecnológico y la exigencia para la producción de profesionales capaces de insertarse en la sociedad del saber y la economía emergente.

 

 

Proactivo es solo aquel que está persuadido y comprometido con una idea y acciona desde la libertad con ella, en el espacio público que le sirve de teatro existencial. La universidad debe ser eso, pero, primeramente, tiene que definirse, disponerse e instrumentarse ella misma.

 

 

Reaparecen, entonces, las baterías principistas para servirnos de ella y hay que analizar los contenidos curriculares holísticamente. Veámoslo así; cambiándolo todo desde la raíz, pero sin cambiar nuestras raíces, como una vez dijera un político mexicano en un acto de inicio de una propuesta constitucional.

 

 

No exageraríamos si dijéramos que nos hemos quedado en la cuneta de la autopista de la información y de la formación y nos hemos obsoletizado. Son varias décadas, aislados del saber científico preponderante, en constante deterioro y menosprecio del esfuerzo académico y la jerarquía del conocimiento. Dolosa y culposamente nos han afligido y medianizado.

 

 

Por si fuera poco, lo estampado; a la diáspora fueron a dar generaciones enteras, promociones integras, decenas de miles y a veces los mejores de nuestros profesionales jóvenes y de aquellos otros que ya habían acumulado alguna experiencia. La pobreza que nos ha legado la estulticia de los que han gobernado nos ha descerebrado y contra todo eso hay que insurgir.

 

 

Todas las facultades y escuelas de la universidad, los institutos y direcciones saben que urge revisar, alinear con el mundo y, sobre todo, mejorar ostensiblemente, para aparecer en la fotografía de la calidad y el más reclamado desempeño.

 

 

Nuestro lado científico tiene que dotarse, dedicarse y atreverse. Medicina, Ciencias, Odontología, Ingeniería, Agronomía, Veterinaria, Arquitectura, Farmacia. Deben examinarse los estudios y las asignaturas que se imparten, las líneas de investigación y el modelo curricular para actualizar y despegar.

 

 

Como puede inferirse de lo anotado, no se trata de correr sino de saltar para no quedarnos definitivamente en la cola de todos los demás países. Vivimos como afirmó el Santo Padre Francisco, no una época de cambios sino un cambio de época y hay que reiterárnoslo hasta internalizarlo verdaderamente.

 

 

El conocimiento del siglo XXI ha derivado en otras direcciones, actitudes, herramientas, con otros objetivos y captaciones, de los que no podemos prescindir. El futuro viaja en uno de esos trenes de gran velocidad que pasa por nuestra estación y debemos, a como dé lugar, abordarlo.

 

 

Toda una reingeniería y no solo en lo orgánico y funcional sino en lo sustantivo debe crearse. Venezuela debe ser pensada de nuevo y la universidad pensándose a sí misma contribuirá a esa realización.

 

 

Misma campanada para Humanidades, Ciencias Económicas y Sociales y Ciencias Jurídicas y Políticas, las cuales coadyuvarán a las respuestas que reclama una dinámica social y política que ha puesto en este siglo XXI todo de revés y nos ha llenado, con la pandemia como detonante, de interrogantes sobre la normación, la institucionalidad y el ser, acordes con el orden procedente. Hablemos del cambio de la educación, del país de la universidad. Abramos ese cauce de ideas, soliviantemos esa dormida ciudadanía para movernos del lugar en que nos ubicó la mediocridad que nos ha gobernado.

 

 

Nos permitimos evocar a Gadamer, hoy más pertinente que nunca: “Todo comprender es interpretar, y toda interpretación se desarrolla en el medio de un lenguaje que pretende dejar hablar al objeto y es al mismo tiempo el lenguaje propio de su intérprete. (Gadamer, 1999: 467)

 

 

La revisión y eventual reducción del tiempo de estudios estará en el radar sistémico de la universidad que viene. El mejor uso de este nos llevará a entender la pertinencia de la pronta incorporación al trabajo mediando una adecuación curricular.

 

 

La educación para trabajar, capacitarse y mantenerse al día es la fase adicional que advertimos ha de considerar la universidad del futuro. Paralelamente, asumamos otra irrefragable condicionante. Todo cambia hemos dicho, velozmente y, es indispensable actualizarse, cada bienio al menos. La pandemia no nos enseñó a sustituir el contacto presencial sino a asir el intercambio virtual como instrumental complementario. La educación a distancia es otra opción para no soslayar.

 

 Nelson Chitty La Roche 

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