Una historia real que parece irreal y hay que leer hasta el final

Una historia real que parece irreal y hay que leer hasta el final

 

 

Lo que hoy escribo es una historia real que parece ficción. Ojalá mis amigos lectores puedan y quieran leerla hasta el final. Es una historia inédita que me fue contada por su protagonista, el Sr. Jean-Claude André Adam, francés nacido en plena guerra mundial en un pequeño pueblo de Normandía llamado Lillebonne.

 

 

Jean-Claude nació bajo el estallido de bombas alemanas e incluso, fue un bebé testigo del famoso Día D (6 de junio de 1944), ya que eso ocurrió cerca del pueblo en donde vivía junto a su madre de dieciocho años y su padre de veintiuno.

 

 

Debido a la guerra, Jean-Claude nunca conoció a su padre. Los alemanes lo capturaron y al igual que a muchos otros franceses de la época, se lo llevaron como rehén al STO (Servicio de Trabajo Obligatorio).

 

 

Termina la II Guerra Mundial y el padre de Jean-Claude nunca apareció. Lo dan por muerto. Al tiempo, la madre se casa con un hombre divorciado llamado Michel, quien tenía una hija de la edad de Jean-Claude. De esa unión nació Daniel, su hermano menor.

 

 

Michel fue un padre ejemplar, cuidó y llevó a Jean Claude hasta la universidad en donde se graduó de ingeniero petrolero. Esta profesión le permitió recorrer el mundo. Fue así como llegó a Venezuela, en donde el azar o quizás Dios lo hizo compartir un puesto en un avión al lado de una bella venezolana y… ¡Plum!, se enamoró y se casó. Su esposa se llama Mariela Franco y vive en París en compañía de Rodrigo, el hijo de ambos.

 

 

Conozco a esta pareja desde hace tiempo y en el año 2020, cuando me quedé varado en Europa por nueve meses debido a la pandemia, el matrimonio Adam Franco me acogió en su hogar durante una temporada. Un día, Jean-Claude me llevó a su estudio. Dijo que quería contarme algo.

 

 

-Mi madre –dijo Jean-Claude- inexplicablemente nunca quiso decirme quién era mi verdadero padre. Siempre rehuyó la conversación, al punto que ni siquiera me dijo su nombre. De tanto insistir, en el año 2000, me contó que mi padre se llamaba André Gravé, por eso mi segundo nombre es André.

 

 

Nunca más la madre de Jean-Claude le dio otra información acerca de su padre. La señora murió en el año 2016 y es aquí cuando realmente comienza esta maravillosa historia.

 

 

Jean-Claude, junto a su hijo Rodrigo, visitó la casa de su madre, ya fallecida, para recoger algunas cosas y, como en todos los cuentos de misterio, al abrir una gaveta descubrió un sobre con papeles y unas fotografías. Había allí un retrato de su madre dibujado a lápiz y unas cartas de amor que André Gravé le escribió a su novia amada, a su madre. Las fotos eran de su padre a quien, ese día, vio por primera vez.

 

 

Emocionado, Jean–Claude enmarcó la foto de su papá y el dibujo que él había hecho de su mamá el 8-7-1943, fecha que aparecía con la firma. Es decir, André, su padre, en alguna parte, para esa fecha, estaba vivo y era prisionero de los alemanes. Difícil es imaginar cómo ese joven hombre logró hacer llegar ese dibujo a la madre de Jean-Claude. Eso, quizás, nunca se sabrá.

 

 

Pasaron más de cinco años desde entonces. A diario, Jean–Claude veía el hermoso retrato que su padre dibujó y en octubre del año 2021, se dio cuenta de un detalle que había pasado por alto. Ese detalle estaba junto a la firma de su padre; al principio, Jean Claude pensó que era un mensaje de amor, pero no, resultó ser algo realmente dramático y revelador. El padre de Jean-Claude había escrito, a manera de código, el lugar en dónde él se encontraba y nadie se percató de ello.

 

 

Resulta que los alemanes habían enviado a André Gravé, junto a otros jóvenes franceses, a un campo de concentración de trabajos forzados. El campo se llamaba Blechhammer. Eso era lo que decía escondido junto a la firma del retrato. André se encontraba al sur de Polonia, cerca de la frontera de la actual República Checa. Este campo estaba estrechamente relacionado y administrado por el tristemente célebre campo de exterminio de Auschwitz, y estaba muy cerca de un enorme complejo industrial que utilizaba mano esclava para el ejército Nazi.

 

 

Difícil imaginar cómo hizo ese hombre para enviar aquel dibujo con un mensaje secreto para su mujer. Asombrosa la destreza al disfrazar en la firma el lugar en donde se encontraba secuestrado. Increíble que hayan tenido que pasar 80 años para que su hijo descifrara el mensaje. Yo, viendo esta tragedia desde el romance literario, afirmo que André no perdió su esfuerzo al enviar aquel mensaje.

 

 

Los franceses tienen un servicio del Ministerio de la Defensa, llamado “División de Archivos de Víctimas de Conflictos Contemporáneos”, creado justo después de la II Guerra Mundial. Su misión, establecer campo por campo la lista de todas las personas que habían sido enviadas a Alemania durante la guerra. El servicio calcula que ha podido rastrear más del 95% de casos relacionados con las personas que figuran en las listas.

 

 

El 21 de noviembre, Rodrigo y Jean-Claude, entre sus manos, tenían la carpeta en donde aparecía la información sobre lo ocurrido con André Gravé. Se exigía que dichos documentos fueran tratados con mucha precaución y sólo les permitieron tomar fotos a su contenido.

 

 

En esa carpeta, entre otras cosas, encontraron su certificado de defunción. El padre de Jean-Claude murió el 2 de mayo de 1945 y fue enterrado el 5 de mayo en la República Checa. Qué ironía, pocos días después, el 8 de mayo, Francia celebra el Día de la Victoria ya que ese día se firmó el armisticio que puso fin a la II Guerra Mundial.

 

 

Se supone que André Gravé murió en manos de los alemanes, quienes ya habían perdido la guerra, pero antes obligaron a los prisioneros a que los acompañaran en su huida hacia Alemania. Quizás, André Gravé, agotado o tratando de escapar, fue asesinado.

 

 

Qué triste, bella y dramática es a la vez esta historia de amor. Una mujer cuidando de los bombardeos alemanes a un bebé que nunca conocería a su padre, quien, desesperado, se las ingenió para avisar en dónde se encontraba prisionero.

 

 

André murió a los 25 años de edad, le sobrevive su hijo, su nieto y un mensaje que descifró ochenta años más tarde.

 

 

Por eso, ahora, André Gravé, este joven francés, gracias a su estrategia y a la acuciosidad de su hijo Jean-Claude, por fin podrá descansar en paz.

 

 

 Claudio Nazoa

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