Tiempo de bienvenida
marzo 1, 2013 6:44 am

Si bien no es primera vez que la Iglesia Católica, Apostólica y Romana enfrenta el desafío de la renuncia de un Papa, es sí la primera vez que tal cosa ocurre para quienes estamos con vida. Así, el tema, de suyo trascendental, adquiere una relevancia inusitada en el planeta. Su Santidad Benedicto XVI ha renunciado y ello genera la necesidad de instrumentar el proceso para la designación de un nuevo sucesor de San Pedro.

 

El procedimiento de selección de un Papa lo hemos vivido ya. De hecho, algunos ya hemos pasado por esta experiencia varias veces a lo largo de nuestras vidas. Lo novedoso está en que la vacante se ha producido por renuncia y no por fallecimiento del máximo prelado. Si ello supone una reacción distinta a la habitual en el Colegio Cardenalicio, eso lo veremos. Suponemos que más allá del efecto que puede tener en las mentes de los electores (los cardenales que integran el cónclave) el que el saliente esté vivo, el procedimiento se cumplirá tal cual lo marca el Código Canónico y en breve se reunirá el cónclave en Roma, e inspirados por el Espíritu Santo, votarán. Ojalá haya necesidad de pocas rondas. Entonces, tendremos un nuevo Papa en funciones. Saldrá humo blanco y se anunciará al mundo que “Habemus Papam”.

 

Hay sí una diatriba interesante y para nada irrelevante en lo que respecta a qué clase de Papa debe suceder a Benedicto XVI. ¿Deberá ser un hombre más joven, que privilegie los asuntos terrenales de los católicos, o, la sabiduría de la experiencia debe privar y debe ser un pastor de los dogmas, principios y valores de la Iglesia? Una cosa, a nuestra humilde manera de ver, no se contrapone a la otra.

 

Esparcida por los cinco continentes y con feligreses que se cuentan por centenares de millones, la Iglesia Católica vela por la redención y salvación de las almas pero también cuida de las ovejas en su vida en cuanto a su condición de seres de carne y hueso. El Papa es el gran custodio de la fe pero también es el pastor que vela por el rebaño. El mundo requiere liderazgo eclesiástico moderno y progresista. De ello no cabe duda. Estamos en el siglo XXI y lejos han quedado, por fortuna, los tiempos en los que había ejércitos papales y emprendimientos bélicos convocados desde Roma, algunos con propósitos nobles y otros con deseos inconfesables. Ahora es momento de un liderazgo que entienda los conflictos de este siglo y que atienda las necesidades y carencias de esos millones que tienen necesidades humanas. Tan importante es la vida como lo que ocurre cuando en lo que llamamos “la vida después de la vida”.

 

No vivimos la etapa más violenta de la Humanidad. Baste pasearse por las nutridas páginas de los libros de historia universal para descubrir que ha habido largas eras en las que los pueblos estaban sumergidos en guerras y conflictos de poder que pasaban de una generación a otra sin resolverse y con costo de millones de muertos e incontables destrucciones. Pero sí distingue a este momento que nos toca vivir una confrontación no resuelta de posiciones que, basadas en conceptos y no sólo en situaciones, nos enfrentan. De hecho, algunos sociólogos argumentan que el gran reto de los liderazgos del siglo XXI es hallar una manera de poner concierto entre las diferencias, con miras al destierro de las imposiciones.

 

Por otra parte está el igualmente importante tema de la función de la Iglesia en cuanto a la corrección de sus deficiencias internas, revisar la casa y detener aquellos abusos y transgresiones legales y morales que puedan estar ocurriendo en su seno y que su importante crisis de fe cobra en los fieles. No nos limitamos a referirnos a aquellos casos que han generado escándalos cuyos pormenores han tomado cuerpo en los medios, sino a un espectro más amplio que incluye los expedientes que se abren pero que no encuentran culminación y dejan sin respuesta válidos reclamos. Es una tarea pendiente a la cual no se le debe dar largas.

 

El mundo entero está a la expectativa. Espera con ansiedad y, en algunas esferas con altas dosis de angustia, al nuevo Papa. Es al fin y al cabo uno de los líderes teológicos, religiosos, sociales y políticos de mayor repercusión y ascendiente sobre la faz de la tierra. Su Santidad no es tan sólo el pastor de las ovejas que conformamos la Iglesia Católica y compartimos creencias, visiones y misiones. Su área de actuación no se circunscribe a los bautizados en la fe católica. El Papa es, tanto cuando habla dentro de los dogmas de fe como cuando lo hace fuera de ese ámbito, una voz que marca caminos. Es una voz necesaria.

 

Es tiempo de despedida. Y es también tiempo de bienvenida. Esperemos con regocijo para saber por quién doblarán las campanas.

 

gblyde@gmail.com @gerardoblyde

// RJSB

Por Gerardo Blyde

Fuente: EU