La pandemia de coronavirus solo ha beneficiado a los regímenes que, como el venezolano, son adictos al control. Dictadura que se precie debe limitar la movilidad de los ciudadanos, decidir a qué bienes tiene acceso y, por supuesto, imponer.
Desde hace un año se nos ordena confinarnos, pero no todos los días sino cuando la cúpula decide. Esta semana sí, porque hay protestas: en Carnaval no, porque si no hay pan hay que dar circo; en Semana Santa, dependerá de cómo esté la cosa (no el coronavirus, sino la otra). Es cierto que en casi todos los países del mundo se han decretado cuarentenas, pero dudamos de que alguna obedezca a criterios igualmente irresponsables.
Otra orden que se nos ha dado es la de teletrabajar. La tendencia es muy moderna, práctica y extendida… siempre y cuando no se quiera implementar en nuestro vapuleado territorio. Hay una diferencia abismal entre las naciones. No hablemos ya de las que pueden considerarse desarrolladas, sino de los países simplemente normales en comparación con este caos tropical donde quedarse en casa para intentar hacer uso de las tecnologías es una emulación del chiste aquel del infierno en el que hasta el diablo faltaba.
Eso sí, todos nos mantenemos en forma: corre que llegó la luz; apúrate que pusieron el agua; vete temprano a hacer la cola para la gasolina. Pero lo de las telecomunicaciones va más allá de todo diagnóstico. Vivimos tiempos en los que sin ellas no se puede acceder a ningún servicio, ni a un banco, ni resolver una emergencia. Y el punto aquí es que lo que falta en Venezuela es precisamente conectividad.
Obviamente no hay comunicaciones sin energía eléctrica. Pero no es solo eso. Un cielo que anuncie chaparrón nos pone a hiperventilar y a iniciar un ciclo de respiraciones antiestrés.
Es un hecho que la mayoría de los hogares venezolanos dependen de los servicios que el gobierno estatizó cuando más o menos funcionaban, léase Cantv o su filial Movilnet, tanto para telefonía como para Internet. Una simple lluviecita o un bajón de luz implica inexorablemente que quedemos desconectados del mundo. El auricular del teléfono solo emite ruiditos y las lucecitas del router de Aba comienzan a titilar hasta que se apaga “la importante”. Y si queremos utilizar los datos del celular tendremos que recorrer pasillos y habitaciones a ver si ocurre el milagro de que en algún rincón se consiga una señal, generalmente tan débil que de poco servirá.
Con el transcurrir de los días continúan las pruebas a la paciencia. Hay que reportar la avería que te ha dejado sin teléfono y por la que, como eres afortunado, curiosamente tienes internet en horario de oficina: llega religiosamente a las 9:00 de la mañana y se va a las 4:00 de la tarde, como si un operario lo encendiera y apagara manualmente.
La única forma de comunicarte con “las autoridades” de la telefónica es un asistente virtual que te ofrecen en la página web de la estatal telefónica. No tienes Internet para hacerlo por lo que recurres a un familiar o a un amigo o pruebas suerte en tu horario secretarial de 9:00 a 4:00
Logras ingresar, un robot te pide tus datos e inmediatamente te dicen que serás atendido, pero que hay 656 personas esperando turno por delante de ti. Por supuesto requerirás varias jornadas hasta encontrar una cola menor que en varias horas te contacte con un asesor que amablemente tomará nota de tu reclamo pero que no está capacitado para explicarte nada más. Por ejemplo develar el misterio del funcionamiento horario de tu conexión a internet o informarte cuántos días pasarán para que resuelvan o por lo menos atiendan tu caso. ¿Te escuchan? Sí. ¿Te dan soluciones? Ninguna.
¿Teletrabajar en Venezuela, señor Maduro? ¿En serio?
Foto: Pixabay
Por Alba Sánchez
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