Tal vez sea por la falta de escrúpulos del personaje (ya que al parecer no hay otros que se presten para eso) o por la trayectoria del mismo en eso de los cuentos rocambolescos, pero ambas cosas son indicativas de lo poco serias de las denuncias sobre las actuaciones de los aurinegros. Alguien que haya dicho con toda seriedad que un decodificador de televisión satelital podía captar de manera bidireccional y recoger no sólo las conversaciones, sino los actos más íntimos de las personas en un cuarto, no es de mucho fiar.
Por aquello de «recordar es vivir», fue en un debate parlamentario en el año 2000 que el citado diputado denunció que una empresa de TV satelital tenía una cámara por donde grababan a los usuarios y realizaban espionaje. «Se llama DirecTV, donde tenemos un video metido en nuestra casa, donde tenemos un grabador en nuestra casa y nos toman video y nos graban» dijo el hombre en esa oportunidad.
Pero como la memoria es frágil en nuestro país es importante recordar que fue el mismo ciudadano quien en abril del 2002 afirmó que Vladimiro Montesinos, exjefe de inteligencia del expresidente peruano Alberto Fujimori, había muerto. Y tan sólo unos días después, el propio Montesinos fue encontrado en la ciudad de Caracas.
Es ese mismo dirigente rojo, exmilitar para más señas, quien ahora está narrando una historia de presunto narcotráfico, mafias, prostitución infantil y quién sabe qué otros elementos sacados de algún capítulo «del Patrón del Mal» en el que los protagonistas son los dirigentes de Primero Justicia y si son cercanos a Henrique Capriles tanto mejor. Si bien es cierto que el régimen debe cuidarse de inventar cosas un poco más serias, también podrían escoger voceros más creíbles a objeto de que no se le vean las costuras a tan burda estrategia de querer acabar con la punta de lanza de la oposición.
Es tan chimbo el cuento que puede generar el efecto boomerang y quedar muy mal parados quienes se lanzaron por ese «barranco» de seguir a pies juntillas el guión habanero. El gobierno no ha medido si en lugar de acabar con la tolda amarilla y negra pudiera estar logrando el efecto contrario y victimizar a los opositores sobre todo a Henrique Capriles.
Sin embargo, lo que no se entiende mucho es la tardía y no muy contundente reacción de éstos dirigentes del citado partido. Lo menos que se esperaba era más fuerza y «calentera» por parte de los aludidos y sus cercanos (que lo que se está diciendo no es cosa menor). La respuesta no puede ser la típica «no seguimos trapos rojos ni pisamos peines». Hace falta mucha indignación en nuestro país, casi tanta como racionalidad. No se trata de «explosiones» sin sentido pero como dicen las abuelas tampoco pueden verse como si tuvieran «sangre de horchata».
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Por María Isabel Párraga











