La vida de Ramón J. Velásquez es la de un periodista al servicio de la historia de la democracia
Se hace harto difícil dividir en porciones separables la razón de ser de un hombre que no se habría dedicado a la política sin antes ser periodista y nunca habría llegado a tan altas cotas de excelencia, en el ejercicio de nuestra profesión, si hubiera carecido de la herramienta del conocimiento de la historia republicana, que le dio hondura y sustancia a su pensamiento y su acción como político.
Es el caso de Ramón J. Velásquez, quien al final de su breve interregno presidencial y luego de cumplir su compromiso de mantener el país en democracia, se hizo uno de los héroes civiles del siglo XX. Rara avis, su vocación periodística no le viene como complemento de su otra profesión, la de abogado, sino a la inversa porque fue un reportero de raza y desde pequeño alimentó la inquietud de saber, motor básico de cualquier aspirante a ejercer este ingrato y adictivo oficio que sólo nos deja con la muerte.
Corrector de pruebas en el Diario Católico de San Cristóbal, a los 10 años se inició en la lectura de los periódicos colombianos, así como en la escucha, por la radio colombiana, de los debates que daban en el Congreso unos tribunos que manejaban el idioma con puntillosa elegancia y mortífera precisión. Comprende entonces los riesgos de ser periodista y convertido en víctima potencial del gomecismo se acrecienta su voluntad de luchar contra la opresión.
Mientras tanto ya se asoma en él su fascinación por el poder y por quienes lo detentan. Cómo lo conquistan y ejercen, con qué fines, bajo qué circunstancias, a qué costo. ¿Dónde nace y dónde muere, si es que muere, el ansia primitiva del sometimiento del otro? ¿Y dónde nace y dónde muere la convicción de anteponer intereses generales a los particulares y de promover un estado superior de convivencia entre iguales pero distintos?
Contra Pérez Jiménez el periodismo es su arma y antepone, a su integridad física, unos ideales, olvidados por muchos, cuando la tortura asoma el hocico. Luego emerge en él un impulso y se lanza a las turbulentas aguas del poder en democracia. Ese país, sumido ahora en una oscuridad que hunde sus raíces en el siglo XIX, está sometido a nuevas formas de dominación.
En el caso de los medios primero fue agresión, persecución y carcelazos. Ahora son el chantaje, el uso bastardo de la pauta publicitaria, el cerco financiero, amenazas a los anunciantes, compra de medios críticos y autocensura. Pero esta no es la Venezuela analfabeta del siglo XIX, la aterrada del gomecismo o la temerosa de Pérez Jiménez, hasta el 23 de enero.
Sinuoso el trecho que nos separa de la democracia, los periodistas seguiremos tras la huella de hombres como J. Velásquez, quien participó en la caída de dos dictaduras del siglo XX y alcanzó a vislumbrar, con su fascinación por el poder y sus desgracias, el ocaso de esta tercera del siglo XXI.
Roberto Giusti
@rgiustia











