Los fantasmas de aquel presidente
enero 12, 2023 10:30 am

 

Hoy, entrado 2023, los escenarios nacionales tanto como los espacios regionales del país se atiborran de hombres y mujeres -de todas las edades y rangos socioculturales y económicos- buscando elevar su protesta ante el crujido de un régimen tambaleante por moribundo. Pero peor aún, consumido por los más bochornosos delitos que hayan podido verse en lo que registra la historia política contemporánea venezolana.

 

 

La teoría política pareciera tener que rediseñarse en aras de formular nuevos postulados que descifren la génesis y el ocaso de lo que en los predios del gobierno venezolano se ha desatado. No hay forma de explicar tanta incongruencia toda vez que en medio de la bonanza petrolera que ha disfrutado el alto gobierno, lejos de construir lo que repetidas veces vociferaron sus principales representantes, los indicadores de desarrollo han revelado una contracción económica de grave contundencia. Han evidenciado un retroceso social sin parangón. Han dejado ver un estancamiento administrativo y un embrollo político-partidista que a ningún lado ha conducido. Sobre todo, luego de recordar las expresiones grandilocuentes que puso a sonar la retórica gubernamental desde el primer momento de pretendida gestión. Aunque nunca terminada.

 

 

Hoy, ya comenzada la tercera década del siglo XXI, las realidades dieron un vuelco no más sorprendente que inédito. Aunque voces proféticas, lo habían vaticinado. Tan cruda crisis, se veía venir al lado de la ristra de exclusiones e improvisaciones, imposiciones y disociaciones, desarticulaciones y desviaciones, todas cometidas y asumidas por el alto gobierno. Aún, sin que tales yerros pudieran haber evitado de irrespetar principios de cooperación y solidaridad, concurrencia y responsabilidad que, supuestamente, sigue todo gobierno que se precie de ser un “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia”.

 

 

Pero no fue así. Ni tampoco en su inicio. Por lo contrario, comenzó malogrando lo que a su paso encontraba. Y así ha sucedido a lo largo de lo que va de siglo XXI. El gobierno central no entendió que todo esfuerzo compromete un alto costo no sólo en recursos. También en tiempo, conocimientos, dedicación y disposición. Fue renuente para comprender que los métodos para conseguir fácilmente lo trazado, no suelen funcionar.

 

 

Sin duda, que no hay situación política exenta de tropiezos capaces de atraer mayores complicaciones. Y esa fue la ruta que marcó la gestión del presente régimen. Más aún, cuando no supo cómo enfrentar la lucha de conciencia que planteó la entonces “oposición democrática” al advertir los atolladeros. O dificultades que luego fueron retrasando al país en términos de su necesario y comprometido desarrollo económico, político y social.

 

 

Todo se complicó más de lo que las pretensiones gubernamentales previeron o permitieron. Políticas distorsionadas llevaron a sentir a Venezuela como un país que, sin ser objeto de alguna guerra militar, se viera devastado. Pudiera decirse que desapareció, pues pasó a ser contexto de cuantos problemas pudiera provocar cualquier crisis política, económica y social carente del más exiguo control.

 

 

Todo pareció ser consecuencia del miedo, del hambre, la tristeza y de la desconfianza que logró sembrarse en el curso de estas tres décadas de gobierno cuya gestión se ha ocupado de extender la agonía que significaron promesas muertas y desgracias consumadas.

 

 

Compromisos rotos u olvidados en la más miserable revolución bolivariana disfrazada de socialista. El país se hundió en el marasmo que la inmoralidad le concede a las tentaciones mórbidas de la corrupción. Eso llevó a que Venezuela transitara de la opulencia a la indigencia en el alba y ya adelantado siglo XXI, fecundo de expectativas y esperanzas. Pero bastó que un alarde de “patriotas”, viciados de perversiones (uniformados y sin uniforme), incitados por una política contaminada de deshonestidad, se enroscaran al gobierno para que Venezuela se viera atestada de marrulleros, socarrones y chapuceros de la política. O es que quizás han sido ¿los fantasmas de aquel presidente?

 

 

Antonio José Monagas