Lo que nos deja Benedicto XVI
marzo 22, 2013 6:55 am

Todo proceso cobra relevancia en la medida en que la historia se va aposentando de sus espacios, y es entonces cuando podemos sacar en limpio el Debe y el Haber de todo aquello que hemos conquistado o que hemos dejado a la mitad del camino. Los casi ocho años del pontificado del Papa Benedicto XVI fueron complejos, duros, salpicados por una descarga mediática que tuvo como punto focal a un prelado que no cesó ni un instante en dejar en claro sus lúcidos postulados frente a una sociedad secularizada, olvidada de lo divino y trascendente, que busca en el hedonismo una suerte de morral que nos permita a los hombres y a las mujeres de hoy tomar lo que necesitamos y dejar en su lugar lo que no nos interesa.

 

Es precisamente allí, en eso que Benedicto XVI denominó con acierto como el relativismo moral de nuestro tiempo, en donde requerimos ahondar en la reflexión, que nos permita calibrar en su justa dimensión filosófica (y teológica) el lugar que le otorgamos a los valores, y el puesto de la noción de Dios en nuestras vidas. La ambivalencia de nuestro actuar en un mundo incierto nos impele a tomar partido por aquello que nos hace menos humanos, al tiempo que gritamos aquí y allá acerca de la necesidad urgente de hacer de la hominización un punto clave del devenir civilizatorio. Esa dualidad representada por un claroscuro de posibilidades, es a la que le debemos que a veces caigamos presas del materialismo ciego, a ultranza, cuando en el fondo de nuestras conciencias sepamos que mucho de lo que buscamos con afán en nuestro devenir no lo requerimos y lo que realmente es prioritario en el vivir le pasamos de lado con la mayor indiferencia posible.

 

Por otra parte, nos alerta Benedicto XVI frente al absolutismo de la ciencia, a la cual hemos supeditado todo, incluso la dignidad humana, convirtiéndonos en piezas de un mecanismo cruel que termina por devorarnos. No se cansa en repetir el ahora Papa Emérito, que la ciencia sin conciencia es una arma terrible que podría llevarnos a la “cosificación” y al exterminio como raza humana. La manipulación genética (alimentos transgénicos y su hondo impacto en nuestras vidas, por ejemplo), la utilización de los embriones humanos con fines inconfesables, la energía atómica y la clonación, entre otras cuestiones de gran importancia en nuestro tiempo, nos obligan a un debate ético en el que el ser humano sea el centro de atención.

 

La bioética, como eje transdisciplinar en el denso entramado académico (a todos los niveles educativos), podría ser un buen comienzo para avanzar en la conquista de nuevos espacios y derroteros, en los que la humanidad recupere lo que de humano ha perdido, y haga del desarrollo un verdadero proceso nacido de la vocación de trascendencia “del ahora”. Un desarrollo sin la visión de lo divino por parte del hombre y de la mujer, es en definitiva un desarrollo deshumanizado, que distorsiona en su esencia un proceso llamado a sublimar nuestro devenir histórico y a incorporarnos como elementos clave dentro de la complejidad del existir.

 

Estupendo el legado de Joseph Ratzinger, insigne hombre de la Iglesia universal, que hoy se retira a un merecido descanso, pero su presencia y su obra quedan entre nosotros con profunda y sentida huella.

 

rigilo99@hotmail.com

 

@GilOtaiza

 

Fuente: EU

Por Ricardo Gil Otaiza