La verdad sobre Oil Story

La verdad sobre Oil Story

 

 

Lo he contado ya muchas veces, así que esta vez apenas rozaré la anécdota: un amigo, Juan Forn, un gran autor y editor argentino ya fallecido, me ayudó a superar una sequía creativa que ya duraba diez años.

 

 

En cierto sentido, sus consejos de orden estrictamente escritural no interesan a nadie que no sea escritor de oficio, a nadie que no viva de esto.

 

 

Lo decisivo, el proverbial consejo  de oro  de Juan, fue poner en acción un método que no puedo describir sino como esotérico; esto es, referido a lo oculto. No; no estoy haciéndome el interesante, hablo de genuino ocultismo, de abracadabrantes maniobras consumadas en la alta noche, a la luz de velas, luego de pronunciar nigromantes conjuros y someterme durante meses a un régimen de privaciones en la alimentación que no deseo para nadie. Seguí al pie de la letra las admoniciones de Juan y así, luego de tres años, pude finalizar la novela Oil Story que fue presentada hace poco más de una semana en la Feria del Libro del Oeste que patrocina la Universidad Católica Andrés Bello.

 

 

Acaso una de las primeras personas que leyó Oil Story fue Nelson Rivera quien me envió a Bogotá un cuestionario  que respondí en octubre pasado para el semanario Papel Literario. Me apresuro a decir que no ando en plan de pulpero que alaba su propio queso, sucede tan solo que releí esas respuestas y las encuentro todas tan verdaderamente mías que sin pudor ni  falsa modestia las entrego aquí al lector dominical. Siguiendo la convención, la negritas son las preguntas de Papel Literario.

 

 

ꟷOil Story me ha hecho pensar en las numerosas crónicas y artículos sobre el tema petrolero venezolano que Usted ha publicado a lo largo de los años. ¿Podría contarnos la historia de su interés por el petróleo?

 

 

ꟷNo podría “poner el dedo” en el punto preciso del calendario en que comencé a pensar en el petróleo como asunto que me atañía personalmente, pero hubo una fecha, es decir, hubo un año que desde muy temprano ha significado muchas cosas para mí. Cuando, ya adulto, veinteañero, quise por mi cuenta ordenar una cronología familiar, todo me llevaba a 1956.

 

 

Piénsese por un instante que nací en 1951, luego para 1956 yo solo tenía 5 años y es poco lo que podría recordar. Diré solo que en la tradición oral de mis padres, el 56 fue el año crucial: mis padres, un empleado bilingüe de oficina en el área comercial, doméstica (parafina, gas doméstico) de la Phillips Petroleum Co. y mi madre, una maestra normalista, adscrita a la dirección educativa del Municipio Libertador. Tenían ya familia y nada auguraba cambios para nosotros. Nuestro hogar era un típico germen familiar de la naciente clase media de posguerra.

 

 

Habían construido, haciendo muchas economías, una casita liliputiense en Prado de María, mi padre conducía un sedán Chrysler (negro) desde 1948, el dictador Pérez Jiménez y su corrupta camarilla comenzaban a tener problemas serios de flujo de caja. Entonces, justo en julio de aquel año, llegó a nuestras vidas un hombre llamado Gamal Abdel Nasser.

 

 

Nasser era egipcio y el líder indiscutido del nacionalismo panárabe que nacionalizó el Canal de Suez creando la primera gran crisis geopolítica de la Guerra Fría y serios problemas en el suministro de crudo dulce del Golfo Pérsico a las refinerías estadounidenses.

 

 

Pasaron muchas otras cosas en aquel 1956: una operación aerotransportada anglofrancesa pretendió sin éxito ocupar de nuevo las instalaciones del Canal de Suez, los tanques soviéticos aplastaron la insurrección en Budapest, Grace Kelly se casó con el príncipe Rainiero III de Mónaco, Fidel Castro y ochenta y pico de sus seguidores desembarcaron en Cuba, Don Larsen lanzó un juego perfecto en la Serie Mundial que una vez más ganaron los Yankees a los Dodgers, un pistolero solitario asesinó al dictador nicaragüense “Tacho” Somoza en el curso de un baile en la ciudad de León y Dwight Eisenhower derrotó a Adlai Stevenson en las elecciones estadounidenses. Fue el año de Gigante, El rey y yo y de Carroll Baker en Baby Doll. El año de Elvis Presley y su Love Me Tender.

 

 

El dictador Pérez Jiménez ofreció entonces a las compañías petroleras vastas concesiones de exploración en el oriente de Venezuela, donde se esperaba hallar grandes yacimientos. Y esto trajo a Venezuela a un joven geólogo gringo, egresado de Stanford,  cuya memoria venero.Se llamaba Brendan Hatch.

 

 

Hay piezas sueltas, pero así es el cuento: Nasser nacionaliza el Canal de Suez  y entonces mi viejo tiene que  ir a buscar a Brendan al aeropuerto de Maiquetía. Brendan se puso al frente de una famosa campaña de exploración petrolera en el otoño de 1956. Vivió en nuestro país hasta fines de 1969.

 

 

Brendan y mi viejo hicieron migas inmediatamente. Brendan lo adoptó como asistente, intérprete, chofer, “componelotodo”, cocinero de campaña, etc., algo muy parecido a lo que en la jerga de los corresponsales de prensa de hoy día se llama fixer: un nativo conocedor del terreno y lleno de contactos y recursos.  Juntos salieron a recorrer muchas veces las sabanas anegadizas de Monagas en un semioruga M5, un vehículo militar, excedente de la Segunda Guerra, con los emblemas de “Phillips 66” en las puertas.

 

 

Brendan permaneció en Venezuela y prosperó como consultor geofísico, hasta bien entrada la década de los sesenta. Fue en aquel tiempo, durante mi adolescencia, que llegué a tratarlo familiarmente. Era melómano, se interesaba por los estudios musicales de mi hermano mayor.

 

 

Solía decirme que lo único que sabemos de cierto es que el crudo se halla bajo tierra y que por eso los geólogos son, en realidad, ocultistas pues siempre están hablando de algo que no pueden ver.

 

 

Un día, después de una “venta de garaje”, Brendan le dio a guardar a mi padre una caja-archivero con documentos y libros que juzgaba de valor. También discos de larga duración de música de cámara. Ocurrió cuando debió regresar a su país en 1969 para ver a Alanna, su hija mayor, entrar a la universidad. Planeaba regresar pronto a Venezuela pero jamás lo hizo, la industria petrolera lo llevó a otros rincones del mundo.

 

 

Brendan murió trágicamente en marzo de 1977, en un  infernal accidente aéreo todavía hoy tenido como el más mortífero de todos los tiempos. Ocurrió en un aeropuerto de Tenerife cuando un jet Jumbo de KLM embistió a otro de la Pan Am. Murieron 583 personas; Brendan viajaba con su esposa y otra hija, adolescente.

 

 

Regresaban a Houston desde Amsterdam, donde habían ido a la boda de Alanna. Durante muchos días la conversación familiar se llenó de Brendan y la campaña de exploración del 56. Una noche me acerqué a la caja –“misteriosa” hasta ese momento, pues mi padre había prohibido acercársele— y me apropié desahogadamente de ella, llevándola a mi habitación.

 

 

Por aquel tiempo remoto yo había dejado mis estudios; ya tenía tientas con la escritura para la televisión pero ambicionaba ser dramaturgo o novelista. En la caja de Hatch —“la colección  Hatch”, así la bautizó mi hermano Luis— hallé muchos discos de música de cámara y un libro que cambió mi vida para siempre: The first big oil Hunt: Venezuela, 1911-1916.[i]

 

 

Su autor fue Ralph Arnold, geólogo de Stanford, el más ilustre antecesor de Brendan. Fue una revelación para mí constatar que los comienzos de nuestra vida como nación petrolera no tienen nada que ver con la imaginería fisiócrata y patriotera vertida en tantas novelitas costumbristas de “asunto petrolero” que pretextaron las pamplinas marxistas de Gustavo Luis Carrera, Rodolfo Quintero y sus epígonos. Mis lecturas sobre petróleo tomaron otros rumbos. Pero fue en aquel tiempo que supe, oscuramente, que algún día escribiría algo como Oil Story.

 

 

ꟷSu novela incluye episodios fundamentales de la historia petrolera venezolana, desconocidos o casi desconocidos. ¿Qué decir de una sociedad que lleva un siglo viviendo de un recurso por el que ha mostrado tan poco interés?

 

 

ꟷMe lo he preguntado muchas veces y solo tengo una muy débil hipótesis y es esta: en realidad, los venezolanos no han tenido tanto contacto con el petróleo como puede creerse. Ferdinand Braudel, creo, tiene mucho que decirnos sobre esto.

 

 

La “civilización material” de millones de venezolanos, y durante más de nueve décadas, el carácter intensivo en consumo de capital de esta industria, empleadora de solo una fracción muy pequeña de la población económicamente activa, el hombre común —¡y los intelectuales!— pudo estar lejos de sus practicidades.

 

 

Es lo que explica que el país haya producido tantos “sentidos”, “significados”—esto es, discursos; odio la palabra narrativa— en torno al petróleo (novelescos, ensayísticos, políticos, etc.) sin haber visto una gota de crudo, ni tan siquiera en un tubo de ensayo.

 

 

Por comparación, y es solo un ejemplo, nadie, absolutamente nadie en Colombia, ignora los ciclos del café, aunque su oficio sea el de odontólogo. La naturaleza profunda del petroestado, por otro lado, el modo maniaco-depresivo que adopta la toma de decisiones  gubernamentales durante los sucesivos booms, vino a estudiarse muy tarde, ya en los años setenta: el texto seminal es de una politólogo estadounidense que tres casi veinticinco años continúa sin traducirse al castellano. [ii]

 

 

Terry Lynn Karl,  así se llama la autora, deja ver muy claramente por qué los petroestados no crían ciudadanos sino cazadores de renta petrolera. Todos lo somos en nuestro país, desde 1943, por hablar de una fecha temprana: ¡todos!

 

 

Puede decirse sin errar que se puede vivir en Venezuela, esto es, se puede prosperar como cazador de renta petrolera sin saber nada de petróleo. El único saber petrolero imprescindible es el nombre del jefe de compras de la estatal.

 

 

 

ꟷUsted es cronista, articulista, dramaturgo, guionista de televisión y novelista. ¿En qué consiste la particularidad de escribir una novela, por ejemplo, comparada con una telenovela?

 

 

ꟷUna novela —el concepto es de Saul Bellow— es el “equilibrio entre unas cuantas impresiones verdaderas y la multitud de falsedades que componen lo que comúnmente llamamos vida”.

 

 

Ciertamente, la telenovela me dio de comer durante largo tiempo. Me aparté de todo ello hace muchísimos años. En algún aprieto económico pude reincidir, pero nunca fui realmente un libretista de éxito en la telenovela. Me faltó tesón, algo que observó en mí José Ignacio Cabrujas. Agradezco a la Providencia haberme negado ese don.

 

 

ꟷEn Oil Story conviven, sin crearse molestias mutuas, una corriente de lenguaje cotidiano, con otra de claro talante literario. ¿Es esa confluencia un signo de su estética como novelista?

 

 

ꟷSí, me interesa en grado sumo ese aspecto del oficio, lo aprecio y disfruto —aunque yo mismo no crea dominar sus secretos— en novelistas tan dispares entre sí como Hemingway, Bellow, Ibargüengoitia.

 

 

La gran escritura dramática estadounidense —Miller, O’Neill, Mamet— enseña a atender el diálogo, a no perder de vista que situación y argumento no son la misma cosa y que, a menudo, lo que mueve la acción hacia adelante, contra lo que pueda creerse, es el diálogo: la voz humana.

 

 

Chandler, Cain, Le Carré, mucho Le Carré, ¡ah!, y mucho Cabrera Infante: esa ha sido la mejor parte de mi dieta. No sé si hayan infundido algo a mi escritura.

 

 

—Me pareció que las apariencias —la brecha entre realidades y el modo en que nos presentamos ante los demás— son un elemento constante en la novela. ¿Está de acuerdo con esta percepción? ¿Le interesa explorar esa inconsistencia?

 

 

—Creo haber respondido en parte esa pregunta cuando me referí a Bellow, más  arriba.  Sin embargo, algo sobre lo que nunca he discurrido en una entrevista –no me hacen muchas, en verdad— es mi gusto por los grandes maestros ¡y maestras! de la literatura de fantasmas, en especial la gótica.

 

 

De esa familia de géneros me interesa el vaivén entre las realidades, la tensión entre lo aparente y lo que damos por real.  Hace tiempo me hice adepto de Lafcadio Hearn. ¿Ha leído usted sus relatos de terror japoneses? Edith Wharton hace prodigios con la dualidad a que usted alude, ¡y lo hacía como pasatiempo!

 

 

Trabajo actualmente en otra novela de asunto petrolero. Gran parte de ella transcurre en único lugar, hacia 1908: el gran hotel Klindt de Caracas, un lugar cuyos fastos de ayer siempre me han fascinado. Se decía que estaba lleno de fantasmas, de espectros.  Espectro: he allí una bonita palabra.

 

 

—En Oil Story hay una poderosa inteligencia social: narración que metaforiza elementos decisivos de la realidad venezolana. Aunque usted no se propone hacer un diagnóstico sino contar una historia, le pregunto, dado su interés en el tema: ¿ha cambiado el mundo petrolero venezolano en los últimos años? La cultura corporativa que usted dibuja en su novela, ¿existe todavía o ha sido desplazada?

 

 

—Creo que ya no, en absoluto. Los “escándalos” recientes nos hablan de una compagnie nationale propiedad de la camarilla gobernante, una empresa corrupta y mínimamente funcional.

 

 

 

El mundo que describo en Oil Story  es otra cosa: la Pdvsa de mi novela es la fachada de un estamento que solo pudo sostenerse en Venezuela entre 1976 y 2003: altos funcionarios públicos, superejecutivos petroleros del siglo XXI con la cabeza llena de ideas zombies sobre la política, fracasando en el intento de derrocar a un caudillo militar del siglo XIX con la cabeza llena de ideas zombies sobre la economía y el mundo. Entre todos nos legaron la Venezuela pospetrolera actual: un apocalipsis de baja intensidad.

 

 

—Hay un tono, a lo largo del recorrido, como de sonriente distancia con respecto a lo que se cuenta. Como si hubiese permanecido sonriendo mientras escribía. Una sonrisa que vigila el tono, lo tensa y lo hace fluido, grato. ¿Disfrutó escribiendo Oil Story?

 

 

—Al escribirla, pude vencer, no sin esfuerzo, una sequía de diez años. No publicaba desde Simpatía por King Kong.

 

 

Derrotar la adicción al alcohol y una depresión muy heavy, muy bien diagnosticada, hacer carne la noción de que pasé hace ya un tiempo los 70 y que no resta mucho tiempo para escribir las novelas que entretuve por años tan solo en mi imaginación, la conciencia de todo ello me ha dotado, paradójicamente, de una calma —una ausencia de prisas— que me dispongo a aprovechar.

 

 

“El exilio es un gran labriego”, escribió Victor Hugo y tenía razón: vivo austeramente en una gran ciudad latinoamericana que dispone de una de las mejores bibliotecas públicas de Suramérica. Tengo algunos amigos. No pido más. Lo pasé muy bien en esos años dedicado a Oil Story y, sí, sonreí muchas veces pensando en quienes —en muchos casos por muy buenas razones—, me desprecian y dan por acabado.

 

 

 

Ibsen Martínez

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