“La Hojilla” de Mario Silva terminó degollando a Diosdado
mayo 25, 2013 1:57 pm

No es que me conste, ni haya recibido información “veraz” de las profundidades del poder para afirmarlo a pie juntillas, pero apostaría que “La Hojilla” de Mario Silva tenía entre sus seguidores más consecuentes al mismísimo exvicepresidente, exministro, exgobernador y presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello.

 

Aún más: nadie me quita de la cabeza que pudo ser su “datero” habitual, el funcionario que, recibiendo de los cuerpos de seguridad del Estado información de la que se clasifica como “confidencial”, le sirvió todas las intrigas y chismes para que calumniara opositores, insultara empresarios, le mentara la madre a editores, y en conjunto, hiciera de su experiencia mediática una de las más escatológicas y pestilentes que se recuerde en la historia de la televisión de este o cualquier país.

 

Mario Silva…el terror de las noches… la pesadilla de todo ciudadano que por encontrarse descolocado en las preferencias de los capitostes del régimen, podía ser arrastrado a la fuerza a esta guillotina donde la ley, la ética, la decencia, la verdad eran transfiguradas en un producto que hoy ha desaparecido de los mercados y hogares venezolanos: el papel toalet.

 

“!Cuidado!” gritaba en off una voz aterradora, y empezaban a rodar videos, fotografías, tomas, simples imágenes y el cinismo de Silva trucando mensajes, interfiriendo frases, interviniendo declaraciones, en un set donde no pocos invitados asombrados, o tan dañados como él, se rodeaban de íconos de las revoluciones como Lenin, Mao, el Che, Raúl y Fidel.

 

Una versión de la realidad venezolana en contravía de los hechos, y donde la primera estafa era pretender que lo que hacía se decía y hacía e aquellas 2 horas y media, tuviera algo que ver con la tradición de equilibrio, mesura y condescendencia con las que los venezolanos nos tratamos unos a otros.

 

El comunicador preferido de Chávez, de Maduro, de Rangel, de Ramírez, Jorge Rodríguez, Freddy Bernal, la Fosforito, Roy Chaderton, los militares del Ejército partidarios de la ocupación cubana, de los cubanos y de cuanto “revolucionario” que, incapaz de responder con argumentos a la acusación de que, simplemente, están destruyendo y entregando a Venezuela a un gobierno extranjero, se limitan a lanzar oleadas de improperios sin justificar un ápice la traición a que se prestan sin remordimientos.

 

Un alma gemela, en fin, de Cabello, por lo que tenían de diferentes y complementarios, ya que, si al primero le faltaban palabras e ideas para expresar todo lo que bullía en su mente turbia y sombría, a Mario Silva le sobraba denuestos e imaginación para que cualquiera que se le cruzara por las cuerdas vocales saliera rasguñado, salpicado, embarrado. enlodado.

 

Un atropellador del insulto, en absoluto preocupado porque sus infamias no traspasaran los límites de lo vomitivo y lo nauseabundo, sino que extremaran todos los retorcijones que en cualquier estómago desatan las frases mal pensadas y peor dichas.

 

El símbolo de una época oscura de la vida venezolana, donde el equilibrio y la razón se fracturaron por largo tiempo y solo se oían estos vozarrones, como los de Cabello y Mario Silva, para establecer que todo estaba perdido.

 

Las preguntas son: ¿Cómo es que existiendo tal hermandad, complementariedad, admiración mutua, dependencia mellizal, apoyos que de una parte serían en metálico y de la otra en elogios, cómo es que el lunes de la semana pasada se conoce la grabación de una conversación entre Mario Silva y un agente de la seguridad cubana, un tal Aramís Palacios, cuya finalidad es denunciar a Cabello como un conspirador de oficio, un hampón de altísima peligrosidad, un corrupto profesional, y ladrón y jefe de todas las mafias que en este momento se mueven en la dirección de desalojar a Maduro de la presidencia de la República?

 

¿Por qué esta embestida implacable, y que no solo alcanza a Cabello, sino a los generales del Ejército que lo secundan (al “Grupo de los 8”) y sobre todo, a los que ocupan cargos de importancia en el gobierno, como Rodríguez Torres, “El Pollo” Carvajal, Reverol, Barrientos, sin olvidarse del vicepresidente, Arreaza y la camada de agentes que tiene en los programas del horario “prime-time” del canal 8?

 

En definitiva: ¿Por qué está declaración de guerra de “tierra arrasada” contra Cabello, y, después de la cual, o sale Mario Silva del gobierno y del canal 8, o Diosdado Cabello del gobierno y de la presidencia de la Asamblea Nacional, pero sin que sea posible que vuelvan a compartir espacios en el gobierno y en la revolución?

 

Evidentemente -y para responder todas la preguntas de una vez-, que por una “operación de sicariato”, por la tarea que se le asigna a un mercenario disciplinado, que no duda en llevar acabo su cometido sin detenerse en minucias como amistad, recuerdos, agradecimientos, afectos, ni pagas de cualquier cantidad o calibre.

 

A este respecto, no debe olvidarse que Silva actuó siempre como un agente de la inteligencia cubana y que su idolatría por la revolución y sus líderes, por Fidel y Raúl, era un mezclote de revolucionarismo tardío, chavismo y paga.

 

Ingredientes que fueron transferidos a Maduro, quien siendo el sucesor ungido por Chávez, y por sugerencia o imposición de los hermanos Castro, pasa a ser el dueño de todos los actos, ideas y palabras de Silva,

 

Cabello, por su parte, desde que conoce que Maduro es el sucesor, se coloca en la esquina de enfrente y lidera una rebelión del generalato del Ejército contra la decisión de Chávez y los cubanos, que solo se aplaca cuando se firma el “Pacto de La Habana” que crea un diarquía en el gobierno venezolano, ya que, Maduro asume el interinato que sigue a la muerte de Chávez. y después la presidencia, con el apoyo del sector civil de la revolución, y Cabello se mantiene como presidente de la Asamblea Nacional fungiendo de dueño y señor de todo lo que ocurre en la FAN y en particular en el Ejército.

 

Para corroborar que eso es así y no de otra manera, Cabello encabeza un minigolpe de Estado contra Maduro en la Asamblea Nacional y perpetra la agresión a los parlamentarios de la oposición, horadando el poco apoyo que le quedaba a Maduro en el exterior, al enviar el mensaje de que en Venezuela ya no hay Poder Legislativo porque a los parlamentarios no oficialistas se “les niega el derecho de palabra” y son reprimidos y expulsados de la cámara.

 

Maduro replica descalificando a Cabello, llamando “sampablera” a la agresión oficialista y dando órdenes de que se reinstale la Asamblea Nacional, previo acuerdo entre las facciones que la constituyen.

 

Pero nada que mueva a Cabello, quien se resiste a las decisiones de Maduro, insiste en atrincherarse en la AN y solo después de tres semanas de negociaciones acepta a regañadientes que el cuerpo legislativo se reinstale.

 

Pero eso no es todo: informaciones de inteligencia traen una y otra vez noticias de que Cabello y los generales del “Grupo de los 8” siguen moviendo sus batallones en los cuarteles, desacreditando a Maduro y al ministro de la Defensa, almirante, Molero, y presentándose como los campeones de una presión para expulsar a los cubanos de la instalaciones castrenses y de Venezuela.

 

Nada, que llegada la hora de una ofensiva contra Cabello, y sus generales, y no podía haber en el post chavismo un “sicario” que se prestara a llevar a cabo una tarea tan ingrata, pero tan necesaria, como este Mario Silva que, si nació para algo, fue para la traición.

 

Entrevistado, escrutado, disecado y autopsiado, entonces, por este agente del G-2, Aramís Palacios, que tan pronto hizo la grabación la envió a Maduro y a los hermanos, Castro, quienes, le trasmitieron la orden de entregarla a la oposición para que la difundiera lo más amplio y extensa posible.

 

En otras palabras, que la guerra Maduro-Cabello ha alcanzado otro nivel, parece haber llegado a un punto de no retorno y ya será cuestión de semanas o meses para saber quién de verdad es el autentico sucesor del difunto presidente Chávez.

 

¿Quién ganará? ¿Maduro, Cabello? La ruleta está en juego…Hagan sus apuestas.

 

Por Manuel Malaver