Gobierno de la infelicidad suprema

Gobierno de la infelicidad suprema

 

 
No hay que ser ningún psicólogo ni sociólogo para entender las razones de la gran tristeza nacional que nos ha colocado entre los países más infelices del mundo. Estamos entre las naciones más miserables, más violentas y, lo que es peor, las más infelices del mundo. Venezuela, junto a Honduras, Haití, Burundi, Siria y Tanzania, se encuentra entre los países más tristes del mundo, en el ranking mundial de Felicidad 2017, elaborado por la ONU.

 

 

 

La investigación del Desarrollo de Soluciones de Redes Sostenible (SDSN) se basó en seis factores para elaborar el ranking de la Felicidad: ingreso per cápita, salud y expectativa de vida, libertad, generosidad y apoyo social en un entorno de mínima corrupción en las instituciones privadas y del gobierno.

 

 

 

El director del SDSN, Jeffrey Sachs, asesor especial del secretario general de la ONU, dijo que los países más felices “son los que tienen un equilibrio saludable de prosperidad, medida convencionalmente, y capital social, lo que significa un alto grado de fe en la sociedad, baja desigualdad y confianza en el gobierno”, y añadió, que está demostrado que los países de los últimos puestos de la lista se encuentran en una pobreza desesperante.

 

 

 

Efectivamente, los venezolanos pasamos de vivir en la esperanza para pasar al otro extremo, el de la desesperación. Hay gente que no le encuentra sentido a la vida, hay desesperanzados, indignados, iracundos, hay quienes tienen pesadillas y no duermen, y también los que se olvidaron de reír. En alguna medida intentamos ser un país de bonchones, a despecho de nuestra dura vida cotidiana y, sin pensarlo, hemos terminado siendo un país de estoicos que soportamos un mundo terrible, diabólico, lleno de pobreza, muerte y dolor.

 

 

 

Somos un pueblo que sufre y no puede ocultarlo, perseguidos por el miedo. La gente abriga temores concretos, angustiantes, que condicionan sus actitudes y sus estados de ánimo, por el temor de padecer todo tipo de privaciones, de no encontrar el modo de realizarse personalmente, de aplicar los conocimientos acumulados, de ejercer su vocación. Vemos cómo se cierran las oportunidades para técnicos, profesionales o artesanos, que se plantean la emigración como única disyuntiva, real o imaginaria.

 

 

 

Somos un pueblo que experimenta la amargura de tener familias divididas, que siente angustia de perder el trabajo, sabiendo que será muy difícil conseguir otra actividad que no sea la del indigno oficio del “bachaquero”, aunque hay otros trabajos más denigrantes, como los que ejercen los “patriotas cooperantes” o los líderes en negativo del “pranato”, que surgieron como expresión del “hombre nuevo” que proclama la revolución.

 

 

 

Somos un pueblo con un gran miedo a ser víctima del crimen, que siente terror a perder la vida a manos de la delincuencia empoderada que actúa con saña y tiene un retorcido desprecio por la vida. Hemos pagado un caro peaje, controlados por un “carnet de la patria” que le hace perder al ciudadano la condición de ser humano que vive en libertad, que ha extraviado su voluntad, porque solo hace lo que ordenan los enchufados a una agónica tiranía, que reprime las expresiones disidentes de quienes luchan por un sistema abierto al pluralismo, y al ejercicio irrestricto de las libertades de pensamiento y expresión.

 

 

 

Maduro sabe que sus viles acciones trascendieron las fronteras y que la comunidad internacional está pendiente de sus actuaciones. En las postrimerías de su errático mandato mejor haría si facilita y hasta propicia una transición ordenada y pacífica para devolverle al pueblo la esperanza y recuperar la alegría que teníamos cuando éramos felices y no lo sabíamos.

 

 

 

Marianella Salazar

@AliasMalula

 

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