Gobernador de Mérida: ¿Insultar, humillar o atropellar?
marzo 20, 2022 8:22 am

 

 

Lo manifestado por el gobernador de Mérida sobre la ‘ingratitud’ de los merideños es sarcasmo que insulta, humilla y atropella

 

 

Hay discursos, opiniones o expresiones que no cuidan el sentido de lo expresado. Es aventurado, y hasta riesgoso, lanzar o liberar palabras que no se corresponden con el momento. Menos, cuando son dominadas por la tragedia o la ausencia de humanitarismo.

 

 

Ante la ira o cualquier sentimiento de disgusto o desagrado hacia alguien, o por causa de alguna afrenta o crítica recibida en palabras o hechos, no es propio arrojar la primera piedra que dispone el camino. Aunque en el ejercicio de la política es un tanto común asomar esa desagradable emoción que emana del odio, del resentimiento o rencor.

 

 

Es lo que sucede cuando la política (de calle) se practica apoyándose en criterios de vida groseramente confundidos con postulados políticos diseminados precariamente por razones electorales. Es lo que ha sucedido en la Venezuela del siglo XXI por efecto del chavismo.

 

 

Este preámbulo es motivado por la sarcástica consideración proferida por el gobernador de Mérida que, sin medir el impacto de su juicio, manifestó:

 

 

Somos buenos para decir mil veces “no hay luz en tal lado”. Pero jamás somos capaces de decir “qué bueno que llegó la luz en tal lado”. El llamado a los merideños a ser menos desagradecidos y realizar mil fiestas de bienvenida a la luz… (Como refiere un tuit del periodista P. P. Peñaloza, 12 marzo, 2022)

 

 

Ejemplo de infinitud dictatorial

 

La opinión del cuestionado personaje desconoce algo tan fundamental para la narrativa como el señalado por la teoría de la comunicación: “Los sentidos reciben de las palabras su dignidad. O en caso contrario, su mezquindad o pequeñez”. Con el desconocimiento de tan dilucidada consideración, el gobernador merideño puso al descubierto no saber manejarse de cara a las complicaciones que luce toda situación de gobierno.

 

 

Es imprescindible saber que la política no se aprende en la calle, entre los resquicios de una habitación embadurnada de basura populista. O aplaudiendo cualquier discurso de precaria inspiración, o verborrea de esquina.

 

 

Es el problema que padecen muchos dirigentes políticos al presumir que el solo hecho de detentar el poder, les otorga la capacidad para disponer lo que su ignorancia y soberbia determinen.

 

 

Con las ofensivas declaraciones del gobernador merideño, se evidencia un problema de cultura política.
Su escueto verbo no advierte que, en política, un mismo sentido cambia según las palabras expresadas. Sobre todo, en medio del espantoso laberinto formado por la sucesión de precariedades, improvisaciones y equivocaciones propia del populismo rampante. Es calamitoso el estado de descomposición al cual se ha llegado. Por exceso de poder y negligencia.

 

 

Nada más acusa la extremada flaqueza ideológica que reviste cada discurso de estos dirigentes políticos, militaristas y fascistas, que el hecho de no reconocer el tamaño de su incompetencia. Tanto como la desfachatez para denigrar lo que a bien es propio de demandar y exigir.

 

 

Nada indica una mala disposición de sentimientos, que el no actuar de cara a la verdad. Nada más pusilánime que dárselas de jactancioso toda vez que el gobernante se reviste del poder de una autoridad cuestionada por represiva e irreverente.

 

 

Ideología de la destrucción

 

En política, las palabras tienen un alto vuelo. Pero tan alto como suben, asimismo caen. Para este género de personajes recostados al ejercicio de la política, lo rastrero constituye el ámbito más expedito para demostrar su calaña de esquiroles, usurpadores y eunucos políticos. Donde ni siquiera pueden juntar lo necesario con lo suficiente.

 

 

Cuánta desgracia concentra un mensaje formulado sobre estructuras dialécticas que redundan en el desconocimiento de las realidades. En lo que va de siglo XXI, Venezuela ha sido el teatro “negro” de una realidad que se contradice frente a otra, por verdadera que parezca. Sobre todo, cuando el país -acicalado según la propaganda gubernamental- se utiliza como burda excusa para proyectar una imagen disfrazada de democracia.

 

 

Y así ha venido ocurriendo con el consentimiento del ejercicio de la usurpación perpetrada en menoscabo del desarrollo nacional. El fundamento ideológico de la acusada “revolución bolivariana” ha incitado a actuar según la paradoja que argumenta: la destrucción es una forma de creación.

 

 

Las razones del sarcasmo

 

Quizás, eso explica la ocasión que deja ver cuando un gobernante recurre a la amenaza, la humillación o al sarcasmo como recurso para imponer un proyecto de país retrógrado. Tal y como acaba de verse en las declaraciones del gobernador merideño. Eso permite inferir que todo lo sucedido en esta Venezuela del siglo XXI, sobre todo ahora, es representativo de una especie de espasmo que resulta de razones como:

 

El quiebre de la legitimidad para gobernar.

El apoyo popular comienza a debilitarse.

La falta de responsabilidad ante lo que comprometen las funciones de gobierno.

Síntomas de ingobernabilidad que ven venirse.

Fracturas a lo interno del partido de gobierno.

Desconocimiento de los procesos de gobernar en democracia.

 

Son todos síntomas inequívocos de cuando un gobierno comienza a preocuparse porque su gestión política está bamboleándose a causa de la desesperación y el miedo que vive el gobernante.

 

Particularmente, cuando el curso normal de los tiempos se encoge apresuradamente hasta que las realidades se convierten en un espantoso enredo. ¿O será que gobernar, en su esencia etimológica, social y política, se ha confundido con acciones tan ruines y violatorias de libertades y derechos como insultar, humillar o atropellar?

 

@ajmonagas

 

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