El político cristiano II

El político cristiano II

 

 

La separación entre religión y Estado, sano principio democrático y republicano que comparto, no implica en lo más mínimo que los cristianos llamados a la vocación política o simplemente, a participar en la vida cívica, podamos escindir nuestros valores de nuestra conducta. Sin caer en confesionalismo, en cada uno, fe y vida nunca pueden estar separados, sería entrar en contradicciones laberínticas. La perfección es mentira y la santidad muy difícil, pero ahí están unos principios que nos guían, nos alertan y nos llaman cuando hay extravíos.

 

 

“El político cristiano debe distinguirse por la seriedad con la que afronta las cuestiones, rechazando soluciones oportunistas y manteniéndose siempre firme en los criterios de la dignidad de la persona y del bien común”, lo ha dicho el papa Francisco hace días en su mensaje al grupo parlamentario del Partido Popular Europeo.
No es nueva su preocupación, tampoco ajena a la de sus antecesores y a la doctrina. Nos lo dijo con motivo del encuentro de Bogotá en 2017, reunido bajo la inspiración de Santo Tomás Moro, patrono de políticos y gobernantes, cuya oración pide “una mente humilde, modesta, calma, pacífica, paciente, caritativa, amable, tierna y compasiva” en toda obra, palabra y pensamiento. Y abogó por “la mejor política” en Fratelli Tutti su encíclica de 2020 sobre la fraternidad y la amistad social.

 

 

Martin Luther King no era un santo pero sí universalmente admirado por su tenaz lucha pacífica para hacer vigentes los valores democráticos para todos, afirmó el carácter cristiano de aquel movimiento centrado en principios de paz y amor. En la estupenda biografía escrita por Eig que estoy leyendo, el también autor de Ali y de La vida y muerte de Lou Gehrig, como del libro sobre la primera temporada de Jackie Robinson, primer jugador afroamericano en las ligas mayores, encuentro que King, pastor evangélico, fue el producto de su iglesia bautista negra en el Sur. “Él aprendió los valores de amor y sacrificio en la iglesia y aprendió a vivir esos valores”, su entendimiento de la conexión entre la acción social de un cristiano y el sacrificio y el martirio de Jesús nació de esa vivencia y se intensificó en ella.

 

 

¿Vale lo dicho para los políticos no cristianos? Creo que sí. No sólo porque la cultura occidental es la de nuestro pueblo, sino porque es universal y naturalmente transformadora, la visión de dignidad humana, unida al bien común accesible en libertad y justicia.

 

 

Ramón Guillermo Aveledo

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