El hijo de la oligarquía

El hijo de la oligarquía

Leopoldo Lòpez

 

 

Desde el principio estuvo claro que Leopoldo apuntaba a lo más alto y desde sus primeras ejecutorias se revelaba como un político de raza.

 

 

Por un error involuntario en el procesamiento de esta columna, se omitieron los tres primeros párrafos, razón por la cual republicamos el artículo completo y ofrecemos disculpas tanto al autor como a nuestros lectores.

 
Confieso que cuando, hace ya muchas lunas,  Leopoldo López se lanzó como candidato a la alcaldía de Chacao pensé que estábamos ante una versión masculina de Irene Sáez, lo cual no tenía nada de malo sino todo lo contrario, considerando la pulcritud y el brillo estilizado que la bella dama imprimió a una gestión que hizo del opulento municipio una suerte de Disneylandia del primer mundo. Y todo  en el centro del caos que ya se nos venía encima.

 

 

Barruntaba, para entonces,  que el cargo le calzaba perfecto al hijo de una familia considerada por el chavismo como de «la oligarquía» y si bien no me equivoqué al prejuzgar con un manido lugar común al entonces jovencísimo aspirante,  en cuanto a su loable y por qué negarlo, brillante gestión («es un burguesito que lo hará bien, al fin y al cabo es Chacao»), de allí en adelante no pegué una y me quedé corto.

 

 

Desde el principio estuvo claro que  Leopoldo apuntaba a lo más alto y desde sus primeras ejecutorias se revelaba ya como un político de raza dotado de dos características (virtudes sí, virtudes no, según como se vea) indispensables en todo quien tenga aspiraciones de ser un líder: una ambición y una voluntad inquebrantables. Aunque errores, desmesuras, tremendismos y una cierta incapacidad de inadaptación no le faltaron.

 

 

Se fue de Primero Justicia y pasó por un Nuevo Tiempo hasta comprender que esas organizaciones ya tenían sus liderazgos definidos. Cierto, allí las puertas  estaban abiertas y era aceptado de buen grado porque  ya para entonces resultaba un notable valor agregado, pero siempre y cuando se quedara en la segunda línea. Diseñó entonces las denominadas  Redes Populares, que le sirvieron para echar las bases de su propio partido, Voluntad Popular. De allí en adelante, con ímpetu de poseso, inició un peregrinaje por todo el país y un programa de centro izquierda que privilegiaba lo social, se identificaba con los más pobres, ofrecía planes concretos para erradicar el crimen y la inseguridad y una imagen que algunos llamaron, facilonamente, «kennediana». Pegaba duro  en las masas el «hijo de la oligarquía» y lo hacía con la naturalidad de alguien que se siente cómodo, escuchando reclamos y repartiendo sonrisas, rodeado por una pequeña multitud , en medio de Los Haticos, Maracaibo, en un tórrrido mediodía,  bajo un sol maligno y el asfalto a punto de derretirse.

 

 

Leopoldo entró en las ligas mayores con tanta velocidad y ruido popular que ya sonaba  como candidato a Alcalde Metropolitano  de Caracas, lo cual terminaría en su inhabilitación. Eso, como era de esperarse no lo arredró ni lo sacó de juego. Todo lo contrario, lo llevó a radicalizar su discurso y a intensificar su accionar político como si nada hubiera pasado. En esa tónica participó en las primarias de la oposición y cuando comprendió que sus aspiraciones atentaban contra la unidad y generaban confusión, pese a las diferencias que existían entre ambos, tuvo el gesto gallardo de apoyar Henrique Capriles con su habitual tesón.

 

 

Pero, ¿cuándo comprendió Leopoldo que la política en Venezuela no era un juego precisamente limpio? ¿Cuándo se percató de que La Bombilla de Petare no es New Hampshire? ¿Cuándo supo que al adversario se le considera un enemigo al cual se debe neutralizar  y más si habla de transición, de transformación o de cualquier tema que implique cambios en la composición del poder por la vía democrática? ¿Cuándo descubrió que la convocatoria a la movilización popular es un delito? ¿Cuándo comprendió que se acepta a la oposición siempre y cuando se limite a cumplir un papel decorativo? ¿Cuándo  se enteró, finalmente, de que la lucha política puede acarrear, como en su caso, el sacrificio de la libertad?

 

 

Pues bien, no sabemos exactamente cuándo, pero sí que lo sabía perfectamente el día en que decidió entregarse, en un gesto que lo enaltece y lo convierte en un hombre excepcional, rabiosamente apegado a sus principios, intactas su voluntad y su ambición, factores que mueven la actividad política aun cuando pesen sobre él 14 años de cautiverio y se pretenda limitar su horizonte al muro de un calabozo.
@rgiustia
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