El comunismo de guerra

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El comunismo de guerra

En octubre de 1917 el Segundo Congreso de los Soviets abolió la propiedad privada sobre la tierra en Rusia, dando inicio así a un breve pero tormentoso proceso de estatizaciones que en los años inmediatamente posteriores incluiría el comercio, las industrias, los inmuebles, las factorías medianas y pequeñas y la banca, sustituida por el «Banco del Pueblo». El control de toda esa carga de poder y responsabilidades se encomendó al denominado Consejo Supremo de la Economía Nacional, cuya existencia implicaba, en principio, la liquidación de los «enemigos de clase»: la nobleza, el clero y la burguesía, tanto la grande como la pequeña, la urbana como la rural.

 

 

Si bien al principio el trastrocamiento del viejo y reblandecido régimen zarista fue bien recibido por el grueso de la sociedad, campesinos, obreros, intelectuales dirigentes de partidos no bolcheviques como los mencheviques, los socialistas revolucionarios y los anarquistas, al poco tiempo se iba a revelar lo que subyacía detrás de la revolución: los campesinos, luego de recibir pequeñas porciones de tierra, una vez liquidado el latifundio, serían despojados de su producción y a la larga de su propiedad, en aras de la colectivización; los obreros, se percatarían de que no eran los nuevos propietarios de la industria y que seguían siendo tan explotados como antes; los intelectuales sufrirían en carne propia la imposición de la censura, el ostracismo y persecución de quienes no comulgaban con las directrices del Sornamkov (Soviet de los Comisarios del Pueblo) y los políticos, sobre todos los de la izquierda, pasarían a convertirse en «enemigos del pueblo», cuando muchos de ellos, ante la exclusión e ilegalización, se pasaron al bando del «Movimiento Blanco» en la Guerra Civil (1917-1921).

 

 

Si bien la guerra tuvo como causa inicial la restitución del «ancien régime», por parte de los zaristas y liberales, muy pronto se nutrió con el aporte de quienes estaban descubriendo no solo las manifestaciones incipientes de lo que muy pronto se denominaría el «totalitarismo», sino el fracaso estrepitoso del modelo de concentración de poder («el centralismo democrático» de Lenin) en términos sociales y económicos. Así, por ejemplo, en 1923, según el historiador Richard Pipes, luego de la desaparición de la banca privada, los precios se incrementaron 100 millones de veces en comparación con la época de los zares, la producción industrial cayó en un 82% en comparación con la de 1913 y la de granos en un 45%. El resultado fue el sometimiento de la población a un brutal racionamiento y a una falta total de alimentos que produjo la muerte, de acuerdo a los cálculos más conservadores, de un millón de personas.

 

 

A la postre el Ejército Rojo ganaría la guerra y se consolidaría la nomenklatura gracias al denominado «comunismo de guerra», durante el cual se crearía, bajo el pretexto del combate a la contrarrevolución, una estructura de dominación que dejaba pálida a la hegemonía zarista. Pero las consecuencias de ese feroz asalto al poder se traducían en una catastrófica realidad de hambre, miseria y destrucción que llevan a Lenin a rectificar. Así, venciendo todas sus resistencias y fobias hacia el capitalismo y la democracia, Lenin decreta la Nueva Política Económica (NEP), mediante la cual se restituía, al menos parcialmente, el derecho a la pequeña propiedad rural, experiencia que permitió una relativa recuperación hasta 1928, cuando a partir de entonces Stalin impone a sangre y fuego la colectivización y los planes quinquenales.

 

 

Roberto Giusti

@rgiustia

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