Domo arigato

Domo arigato

Mientras investigaba para escribir un artículo sobre el método konmari descubrí la existencia del Hari-Kuyo, la increíble ceremonia con que costureras y bordadoras rinden homenaje en Japón a las agujas rotas que han reunido a lo largo del año, antes de separarse de ellas defini­ti­vamente.

 

 

 

Este curioso ritual se celebra el 8 de febrero en la zona de Kantō y el 8 de diciembre en la región de Kansai y en Kioto, tanto en los tem­plos budistas como en los santuarios shintoístas.

 

 

 

Durante el acto cuatro bailarinas ataviadas a la usanza del periodo Nara danzan en honor a Orihime, el tejedor divino, y los asistentes proceden a tomar las agujas y a introducirlas en un trozo de material blando (generalmente jalea konjac o tofu) para que reposen en un lugar cómodo.

 

 

 

Si me pareció singular que se hiciera objeto de este tipo de exequias a tan pequeños elementos inanimados, me sorprendió también descubrir que existían otros festivales análogos, como el vistoso Ningyo Kuyo, un funeral para muñecas, o el Hamono Kuyosai, que se celebra en el museo de la tradición de las espadas Seki cada 8 de noviembre para honrar a cuchillos y otros objetos cortantes que se han amellado o roto. Todo ello constituye una expresión de la visión japonesa del mundo, según la cual los objetos se cargan de una energía que hay que recuperar para reutilizarla. Pero, más aún: estos actos constituyen una profesión de respeto y reconocimiento por los servicios prestados. De hecho, el método konmarie supone restringir el número de objetos que tenemos, despidiéndonos respetuosa y agradecidamente de aquéllos que ya no van a permanecer con nosotros.

 

 

 

Si bien este comportamiento responde en Japón a creencias de naturaleza religiosa (el shintō, religión predominante en el país, considera que los espíritus residen en todas las cosas del mundo, tanto vivas como inanimadas) hay una lección que los occidentales podemos extrapolar a nuestras vidas, pese a no participar de estas creencias, y es la de la gratitud, la del recono­ci­miento de lo que aporta a nuestra vida cada objeto, por pequeño que sea, y del servicio que nos presta.

 

 

 

El bellísimo Ningyo Kuyo, que es conducido por una tayu junto con otras dos mujeres vestidas como princesas imperiales medievales, responde a la convicción de que los muñecos merecen una despedida más digna que el simple gesto de tirarlos a la basura, tras tantos años compartidos y tras haber formado parte de la educación de un niño.

 

 

 

Yo soy muy poco apegada a las cosas materiales. Para mí siempre ha sido válido aquello de que “si no sirve, que no estorbe”, que suelen decir los colombianos. Proclive a coleccionar algunas cosas en cierta etapa de mi juventud, seguro que dos hechos han confluido para demostrarme lo poco que necesitamos para vivir: el haber desmontado una tras otra las casas de mis familiares fallecidos, constatando la infinidad de cosas fútiles que acopiamos, sin llevárnoslas al otro mundo, y la migración, que supuso dejar atrás hogar y otras posesiones. ¿Cuánto cabe en una maleta?

 

 

 

Sin embargo, me parece hermoso tomar conciencia del rol que cada cosa, cada gesto, cada palabra, ha desempeñado en nuestra vida. Después, ya no es importante conservar el ente material, puesto que su huella está presente en nuestra memoria y nuestra historia.

 

 

 

¡Cuántas cosas cobran importancia no por lo que son, sino por lo que significan para nosotros! Tal y como expresan los versos del pintor y escritor japonés Mushanokōji Saneatsu: ¡Oh muñecas! No sé quién os creo, ni quién os amó, pero dejemos que el hecho de que hayáis sido amadas sea la prueba de que sois dignas del Nirvana.

 

 

 

Linda D’ Ambrosio

 

 

 

Por Confirmado: Francys García

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