Es como la canción de Rawayana “El viernes en la noche a la disco, el sábado a cenar y el domingo a misa con tus papás”. El país se cae a mi alrededor y yo sigo haciendo lo mismo. Al principio me daba pena aceptarlo, luego me di cuenta que la mayoría está igual que yo y supongo que para solucionar el problema hay que comenzar por hablarlo…¿no? Al menos yo creo que sí.
El problema: todo me da igual. ¿Que hay inseguridad y es peligroso salir? No me importa, si salgo y me matan, me mataron, o si las bromas están muy duras, reunión encerrado en la casa. ¿Que la plata no alcanza? ¡Bah! Uno recorta por aquí y por allá y medianamente se las arregla. ¿Que sólo tengo agua tres horas al día? Qué más queda, hasta a bañarse con tobito uno se acostumbra.
Todos estos temas me hervían la sangre hace tan solo unos meses, pero luego de tanto quejarse, de tanto marchar, de tanto tragar bombas lacrimógenas, uno se acostumbra. Y como venezolanos, pienso que eso es lo que nos caracteriza hoy en día. Acostumbrarnos. Y para hacerlo hemos tenido que desarrollar una falsa capa de indiferencia. Una coraza que esconde nuestra bravura y nos hace la existencia más llevadera, hasta cierto punto, por supuesto.
Vivir de esta forma inauténtica sólo nos vacía cada vez más, nos hace más falsos y superficiales, nos dejamos llevar por cualquier cosa que nos haga olvidar la situación del país, hacemos nuestros problemas cada vez más ligeros. Las terribles inundaciones en Apure, se convierten en unas personas que se estaban ahogando en algún lugar de Venezuela. Nadie lleva nada a ningún centro de acopio. La solidaridad se pierde, los ciudadanos medianamente se preocupan y menos se ocupan. Todo se convierte en un tema del que se habla una sola vez y luego se olvida.
Yo dudo que esto se deba a que el venezolano no sea solidario, y dudo mucho más que se deba a que al venezolano no le importe su país. Creo que toda esta indiferencia es producto de una sobresaturación. Hay tantas cosas por las cuales quejarse, hay tantas cosas que arreglar, que las soluciones parecen que se escaparan de nuestras manos. Así que tiramos todo en el piso, exhaustos, esperando que de alguna forma todo se arregle.
Por mucho que nos cueste, por mucho que estemos cansados, hay que recogernos y seguir adelante. Seguir luchando, luchando por lo que sea que nosotros consideremos importante, pero seguir luchando. Porque al fin y al cabo nadie vendrá a salvarnos, sólo nos podremos salvar nosotros mismos. Y si nadie se para y empieza a hacer algo, nos terminaremos de pudrir todos juntos con nuestros problemas. Yo me paro hoy, yo empiezo hoy.
Juan Andrés Steele M
Estudiante Comunicaciòn Social












