La marabunta estatizante le puso la mano a una iniciativa surgida fuera de su alcance
El viernes 11 de octubre parece haberse enterrado (al menos por un tiempo) una compensación anímica que había logrado convertirse en referencia del país ideal y no alcanzado. El revés de la Vinotinto, ahora fuera del Mundial, le pone fin a un sueño que, se nos hizo creer, sería realidad. Perdemos, así, un referente que, entre otras excepciones, como el Sistema de Orquestas, sostenía aún nuestra golpeada autoestima nacional.
La parábola descrita a partir del año 2000, en ascenso meteórico y sorprendente, nos había transportado desde la condición de los más eximios maletas a la hora de colocarnos un balón entre los pies, a la de un equipo rebelde e irreverente que logró superar su histórico complejo de inferioridad para enfrentarse con sus pares del continente, sorprendidos primero, alarmados luego y finalmente derrotados en no pocas oportunidades por la otrora cenicientas del fútbol suramericano.
Bajo la conducción de Richard Páez nos hicimos un país futbolístico y los noveleros de siempre, que «torcían» por Brasil o España, pasaron a formar parte de una pujante hinchada nacional que encontró en los bravos muchachos vinotinto una razón para apostar por el país y sí, espantar el derrotismo que, en el pasado, llevaba a algunos de ellos a pedirle el autógrafo, por ejemplo, a Pelé o Tostao, antes o después de una penosa goleada.
Con la resurrección logramos triunfos imposibles ante Argentina o Brasil y goleamos a Uruguay, pero aún cuando nos acercábamos y rozábamos la clasificación, al final quedábamos por fuera. Luego vinieron el Mundial sub-20 de Egipto y la Copa América, donde fuimos cuartos.
Afloró, entonces, el optimismo desbordado, el seleccionador César Farías se comprometió con el país: «Vamos a Brasil 2014». Disciplina, rigor, dedicación exclusiva a la misión, desarrollo de una táctica y de una estrategia, trato privilegiado a los jugadores y muchos recursos provenientes de poderosos anunciantes, que intuyeron a la Vinotinto como una marca más que rentable, contribuyeron a cimentar el sueño. La Vinotinto era la excelencia, el paradigma de una organización del primer mundo, en un país del tercero y era, también, el rescate de nuestra condición como sociedad y conjunción de todo un país alrededor de una causa.
Hasta que llegó la marabunta estatizante y bajo la creencia de que se podía obtener dividendos políticos de una experiencia que emergió fuera de su alcance, le pusieron la mano a la Vinotinto y desvirtuaron su naturaleza. Así, lo que pudo haberse entendido, al igual que en las eliminatorias pasadas, como un avance importante, pero no suficiente, para alcanzar el Mundial, se convirtió en una derrota que priva al país de uno de sus más esperanzadores referentes.
Roberto Giusti
@rgiustia











