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Ganar y perder en las urnas

Posted on: mayo 12th, 2024 by Super Confirmado No Comments

Con todo y la cíclica dificultad de un sistema que aún dista de ser considerado una fórmula universal, o de su vulnerabilidad ante la seducción antisistema y tecnocrática, la democracia liberal en Latinoamérica sigue contando con tenaces exponentes“

La democracia pierde y gana en las urnas”: el más reciente informe del Instituto V-Dem sobre el estado de salud de la democracia, no escapa a la tentación de poner el foco en las posibilidades de un súper-año electoral, cuando prácticamente la mitad del planeta estará ejerciendo su derecho al voto en comicios de carácter nacional. Los eventos que en 60 países (incluidos los ocho más poblados: India, EE. UU. Indonesia y México, entre ellos) determinarán la suerte del mundo en materia de orientación política, reequilibrio de las fuerzas de poder globales, alianzas comerciales o visiones económicas y de desarrollo, también implican un renovado desafío para una democracia forzada a corregir y evolucionar. Frente al obstinado desarreglo institucional y la irresolución del conflicto político, como advertía Juan Linz, las defensas del sistema son puestas a prueba.

Las elecciones, recuerda el informe, son “acontecimientos críticos” con potencial para desencadenar democratizaciones; pero también podrían favorecer la autocratización o ayudar a la estabilización de regímenes autoritarios. Venezuela, evidentemente, no se libra de esa incertidumbre. Lograr la alternabilidad sería el inicio de un arduo camino hacia la esquiva “normalización” política que, entre otras cosas, implica reinstitucionalización, pesos y contrapesos, ejercicio limitado del poder, competitividad, accountability vertical/horizontal y respeto al Estado de Derecho.

De acuerdo a V-Dem y como era previsible, la crisis global de la democracia sigue cobrando víctimas tras los llamados “giros de campana”. En línea con lo que arrojan los reportes de los últimos 10 años, el de 2024 muestra cómo la autocratización se mantiene como tendencia dominante. Aun cuando el mundo aparece hoy prácticamente dividido en partes iguales entre 91 democracias (liberales y electorales) y 88 autoritarismos (electorales y cerrados), en 2003, por ejemplo, el porcentaje de la población mundial que vivía en países no-democráticos era de 50%; pero en 2023, la cifra aumentó a 71%. Acá pesa el desempeño de la India, donde se concentra el 18% de la población mundial; número que representa casi la mitad de esa población que vive en países donde se detectan retrocesos. Esos casos, advierte el informe, “han eclipsado la proporción que vive en países en proceso de democratización”. Hay algunos matices en el abordaje de la investigación, sin embargo, que hacen aún más relevantes los hallazgos, y permiten reparar en algunas luces en medio de un panorama inquietante.

Si bien la volatilidad democrática -esa recaída autoritaria en países donde los índices habían mejorado recientemente- resulta un dato especialmente poderoso, de cara al “qué hacer” no pueden desestimarse los ejemplos en contravía, los de países que han logrado detener y revertir la autocratización. En este sentido, la buena noticia es que en América Latina y el Caribe las señales parecen ir en contra de la tendencia global al menoscabo (que aparece agudizado en Europa del Este, en Asia central y del sur). Con 62% de países calificados como Democracias electorales, no sólo los niveles de democracia en la región han aumentado, sino que los países grandes están arrojando mejores indicadores que los más pequeños. La participación de Brasil repercute especialmente en este giro, representando con sus 216 millones de habitantes más de la mitad de la población que vive procesos de democratización en 18 países del mundo.

En 2024, “la gran mayoría de los latinoamericanos (86%) vive en democracias electorales como Argentina y Brasil, y el 4% vive en democracias liberales como Chile y Uruguay. Sin embargo, América Latina es también la región con la mayor proporción de población que vive en la “zona gris”… democracias que califican como democracias sólo con un cierto grado de incertidumbre”. Esto es, regímenes de partido hegemónico (México, entre ellos) pero con rasgos de pluralismo político y elecciones libres, en los que factores como la reelección inmediata y la indefinida podrían estar favoreciendo el declive democrático. Un caso de evolución llamativo, por contraste, es el de Surinam, “único país que cambió decididamente el tipo de régimen en 2023”. Aun lidiando con la baja satisfacción ciudadana respeto al sistema, la antigua colonia holandesa (que hasta la derrota electoral en 2020 del exgolpista y jefe de un Estado mafioso en toda regla, Dési Bouterse, figuraba como una de las más feroces anomalías políticas de la región), hoy también destaca en rankings como los de The Economist como una democracia imperfecta.

Con todo y sus fragilidades, con todo y la cíclica dificultad de un sistema que aún dista de ser considerado una fórmula universal, o de su vulnerabilidad ante la seducción antisistema y tecnocrática, la democracia liberal en Latinoamérica sigue contando con tenaces exponentes. También en línea con el Democracy Index 2024 de The Economist o las actualizaciones de Latinobarómetro, Uruguay y Costa Rica no abandonan los sitiales destacados que ocupan desde hace décadas; y esa resistencia impele a detenernos en sus modelos. Para países en encrucijadas decisivas como la de Venezuela, obligados a restaurar la funcionalidad política perdida, quizás he allí algunas respuestas. La pregunta que se hacía Fukuyama en “Orden político y decadencia política” (2014) sigue siendo pertinente: “¿Cómo llegar a ser Dinamarca?”. Esto es, cómo encaminarse hacia esa “utopía” realizable, ese Estado democrático y liberal, moderno, impersonal, garante de los equilibrios, el orden y la seguridad que necesitan los países para desarrollarse.

La fortaleza de la democracia uruguaya, por ejemplo, con una ciudadanía que se muestra como la más comprometida con la democracia en la región (69% de apoyo), se ha basado en gran medida “en un sistema de partidos fuertes, que evita la emergencia de líderes populistas y desviaciones autoritarias” como las vistas en otros países, dice Nicolás Saldías, de la Unidad de Inteligencia de The Economist. Una cultura democrática arraigada y consolidada tras los 12 años de dictadura (1973-1985), un sistema que desde el siglo XIX ha hecho un esfuerzo sistemático por aprender (“no hay una sola generación, desde la instauración de la República en 1830, que no haya buscado descubrir defectos o patologías”, dice Adolfo Garcé) se traduce también en eso que el analista Oscar Bottinelli describe como la “sacralización del voto”. Uruguay transitó sin traumas desde el bipartidismo Colorado y Blanco al tripartidismo con la incorporación del Frente Amplio, hasta llegar al actual pluripartidismo. Una dinámica apuntalada por un “elenco estable” de liderazgos políticos que se mantiene operando dentro de un sistema de partidos inmune al influjo de corrientes antisistema, vigorizado por una competencia intra e interpartidaria que alienta la adaptación continua. Verdadera rareza, en fin, en medio de un ecosistema político global cada vez más empujado hacia su negación.

Ejemplos como estos dan fe, por cierto, de esa correlación notable entre desarrollo y democracia; de la certeza de que el ideal democrático, la promesa de prosperidad sostenible con libertades, Estado de Derecho y justicia social, no están tan alejados de una praxis en consecuencia. La posibilidad, además, desmonta los falsos dilemas entre seguridad y libertad planteados por anti-modelos como los de El Salvador de Bukele (el país que registra los mayores retrocesos de la región, según The Economist y V-Dem: allí, “casi todos los logros democráticos de las últimas dos décadas han desaparecido en 2023”). Un extraviado referente, también, en lo que concierne al vaciamiento de significantes democráticos. Frente a esos dudosos promotores de “democracia de partido único” (¿?), lobos con piel de cordero, habrá que seguir aprendiendo y vacunándose.

 

Mibelis Acevedo Donís

@Mibelis

Promesas democráticas

Posted on: mayo 6th, 2024 by Super Confirmado No Comments

Pero la política consiste, fundamentalmente, en hacer promesas, recuerda Ben Ansell. Y en ese ámbito, el de un acuerdo -frágil, efímero, sin garantías- para hacer algo a futuro, las campañas electorales tienen un rol estelar

Cada vez es más común topar con personas que, desde diversas latitudes y espacios, se proclaman “cansados, aburridos y decepcionados” de la política (eso escribía, por ejemplo, el cantautor español Alejandro Sanz en la red social X, al saludar con afecto al expresidente uruguayo José “Pepe” Mujica tras el público anuncio que su enfermedad). Aquí y allá, en el marco de sistemas que alientan expectativas democráticas, sigue creciendo la distancia entre los ciudadanos y la clase política; una brecha cavada por la desilusión respecto a procesos a los que la extinción de clivajes ideológicos propios del siglo XX de algún modo despojó de utilidad en términos de ejercicio de autodeterminación. La adaptación de esos sistemas a los nuevos retos y demandas que ascienden y se complejizan vertiginosamente parece ir a otro ritmo, uno distinto al dinamismo y compulsión de la modernidad líquida. Todo lo cual trae a colación la serie de elementos que Pierre Rosanvallon enumeraba para comprender la decepción democrática: corrupción de la democracia, el espectro de la impotencia, la traición representativa y el desfase temporal.

Esa historia hecha de promesas incumplidas e ideales traicionados, como anunciaba en 2017 el historiador y sociólogo francés, sirve para afirmar que la crisis de la democracia no se limita a las patologías de la representación. El centro del problema está en el declive del desempeño democrático de las elecciones, advierte. Las elecciones tienen hoy menor capacidad de representación por causas institucionales y sociológicas. En buena medida, esto se ha emparentado con la presidencialización de las democracias, la idea napoleónica del “hombre-pueblo”, el entorpecimiento que tal personalización supone para la manifestación de la pluralidad; una atrofia que ha estado muy presente en Latinoamérica y, de forma palmaria, en la Venezuela del siglo XXI. Pero, al mismo tiempo, las elecciones han visto mermadas sus funciones de legitimación de las instituciones políticas y los gobiernos, las de control sobre los representantes, las de producción de ciudadanía y de estímulo de la deliberación pública.

Otra perspectiva, la de una ciudadanía que ya no se autoconcibe como masa homogénea sino como “sucesión de historias singulares”, se impone a la hora de reconfigurar lo que antes se entendía como mayoría. A contrapelo de lo que observaba Tocqueville, la política no se reduce en estos tiempos a una simple cuestión de aritmética. Esto pesaría también a la hora de valorar su impacto en aquellas situaciones particulares que aguardan por mejoras, y de exigir mayor influencia directa de los ciudadanos en las decisiones gubernamentales. Ahora, son muchas minorías las que parecen componer la totalidad social; y en atención a esa segmentación de intereses y aspiraciones individuales, surgen demandas cada vez más numerosas y diferenciadas solicitando reconocimiento y consecuente representación.

Como recuerda el catedrático Ben Ansell (Por qué fracasa la política, 2023) tomamos parte en dinámicas en las que los individuos interactúan y se estorban mutuamente. Una paradoja a enfrentar, si tomamos en cuenta que la política alude precisamente al hecho de tomar decisiones de forma colectiva; a la posibilidad de superar limitaciones y lograr colectivamente lo que nadie puede hacer solo en un mundo signado por la contingencia creciente y la escasez. Así, la política está llamada a resolver problemas: pero ejercerla siempre creará otros, completamente nuevos. Con esa certeza es preciso lidiar.

Por eso la celebración de elecciones, incluso en sistemas no democráticos como el venezolano, no se libra de dilemas que suelen asociarse a las llamadas democracias “negativas”, de rechazo. Los años recientes han sido ilustrativos en cuanto a alimentar esa suerte de amor-odio que desata la política local, con ciclos que van desde la esperanza más cimera y refractaria al socavón, la frustración inevitable. Eso ha tenido mucho que ver, sin duda, con los resultados de la desigual lucha por el poder en contexto de disfuncionalidad, autoridad no limitada, libertades conculcadas y ausencia de accountability. Con ese catastrófico desempeño de quienes han operado desde el gobierno desde hace 25 años, -muy eficaces, eso sí, a la hora de conquistar y preservar lo que Dahl describe como capacidad de conseguir que otros actores hagan lo que por sí mismos no habrían hecho- así como los fracasos de quienes han aspirado a reemplazarlos.

Todo sugiere que hoy estamos a las puertas de otro de esos ciclos, bautizados por la esperanza de desalojar lo que no satisface. Cierto giro cultural estaría operando en esta ocasión, sin embargo, cuando ciudadanos rebasados por la ineficiencia del Estado empiezan a confiar más en sí mismos y en procesos extra-políticos a la hora de dar respuesta a sus muchas urgencias cotidianas, incluso aquellas que colindan con problemas de acción colectiva. En medio de estos avatares, la vieja-nueva enemistad con la política tradicional no cede, al contrario. Tal recelo sigue marcando los pulsos de un electorado que apostaría al cambio radical, a lo novedoso; a lo desconocido, incluso, antes que favorecer nombres que asocia con los mentados descalabros.

Pero la política consiste, fundamentalmente, en hacer promesas, recuerda Ben Ansell. Y en ese ámbito, el de un acuerdo -frágil, efímero, sin garantías- para hacer algo a futuro, las campañas electorales tienen un rol estelar. Por la oportunidad que entrañan de cara a una potencial democratización, las ofertas diferenciadoras que despliega la oposición en el marco de comicios autoritarios adquieren texturas y resonancias particulares. También a instancias de la transformación de la temporalidad de la vida política que ya detectaba Rosanvallon, el influjo del liderazgo en nuestro país no ha dependido entonces tanto de la presentación de programas de acción política como del carisma; la facultad para catalizar emociones que concurren, precisamente, en ese grueso deseo de cambio registrado por las encuestas. Junto a una mayor personalización de la confrontación, la nueva relación con la urgencia altera la capacidad de “proyección democrática” de la elección, según advierte el francés. En paisaje de incertidumbre global, emergencia y crisis local incesantemente reeditada, programas de gobierno consistentes y de largo aliento no parecen tener el atractivo de otras épocas.

¿Significa esto que tales promesas, esos programas mínimos vinculados a la visión de futuro de los líderes dejaron de ser relevantes? No, definitivamente. En nuestra peliaguda situación, la virtud básica asociada al impacto de la elección -poner fin al conflicto, de forma pacífica- tendría que ser complementada con lo que ya descuella como prioridad, los espinosos desafíos del día después. Lejos de la simplificación que alientan los populismos, habría que casarse desde ya con una democracia poselectoral habilitada por promesas de difícil incumplimiento, que “lleven en sí el germen de su materialización” (Ansell), que encajen armoniosamente en la horma de la formalización de reglas. Promesas que contribuyan, además, a ampliar esa “institución invisible” que, según Niklas Luhmann, es la confianza; algo que, a diferencia de la fe, remite a una dimensión directamente cognitiva. Sin ser todo, he allí un buen comienzo para restituir el prestigio de la política en tanto terreno irrenunciable para la construcción de un mundo común; una sociedad de distintos cuyos valores compartidos los instan a reconocerse.

 

Mibelis Acevedo Donís

@Mibelis 

 

 

Cable a tierra

Posted on: abril 22nd, 2024 by Super Confirmado No Comments

El ruido de quien acompaña acríticamente al político, quien refuerza el descarrío y la escasez, los bandazos de la debilidad humana, suma a la marcha de esa locura que se manifiesta como tenacidad destructiva

 

“Y no puedo ver razón para que alguien suponga que en el futuro los mismos temas ya oídos no sonarán de nuevo… empleados por hombres razonables, con fines razonables, o por locos, con fines absurdos y desastrosos”. La cita de Joseph Campbell (The Masks Of God: Primitive Mythology, 1969) sirve de epígrafe y brújula al lector de La marcha de la locura. Los incontestables ejemplos de esa política contraria al propio interés que disecciona Barbara Tuchman, invitan a revisitar el texto, una y otra vez. Por qué las personas en posición de liderazgo a veces actúan en contra de los dictados de la razón y del autointerés ilustrado, y se dejan arrastrar por los pinchazos de la hybris, la desmesura; por el autoengaño, la lectura inexacta de la realidad o el exceso de confianza en las “corazonadas”, es vieja preocupación que hoy resurge implacable, una peculiaridad que empieza a ser parte del paisaje.

 

Son varios los aliños de un proceso marcado por la cerrazón para aprender de la experiencia; esa testarudez suicida que Tuchman asocia a la pérdida del sentido de realidad, a la resistencia a interpretar los hechos como son, no como deberían ser. (En su mordaz ensayo sobre la estupidez humana, el historiador Carlo Maria Cipolla va más allá: la estulticia es innata y atemporal, afirma. El necio causa un daño a otros “sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”, mostrando así “total coherencia en cualquier campo de actuación”).

 

Entre muchos otros casos, el de Roboam, rey de Israel e hijo de Salomón, quien sucedió a su padre alrededor de 930 a.C., sirve para ilustrar uno de esos aliños: la sordera del líder ante consejos sensatos, y la propensión de este a escucharse sólo a sí mismo o a sus ecos, amplificados por los aduladores de ocasión.

 

Una revuelta encabezada por el general Jeroboam, en reclamo por impuestos cobrados con trabajos forzosos desde tiempos de Salomón; la huida a Egipto y el reconocimiento del heredero por parte de las tribus meridionales de Judea y de Benjamín, son los antecedentes de esa historia de división, debilitamiento y pérdida de una nación. En medio de tal crisis, cuenta Tuchman, y estando Roboam de camino a Sichem, una delegación de representantes de Israel -incluido Jeroboam- lo intercepta para pedirle que alivie el yugo que aplicó su padre. Si accedía a las demandas del pueblo descontento, además, le servirían como leales súbditos. Con la promesa de dar respuesta en tres días, el rey consultó primero a los ancianos del Consejo, quienes le recomendaron amarrar el arreglo; pues, si les trataba con “buenas palabras, ellos serán tus servidores para siempre”.

 

Al escuchar lo que no deseaba escuchar, resuelto a ignorar razonamientos contrarios a su obcecación y su rabia, se dirigió luego a sus jóvenes cófrades. No, no debía hacer concesiones, asestaron estos. “Así deberás decirles: si mi padre hizo pesado vuestro yugo, yo lo haré todavía más. Mi padre os azotó con azotes, yo os azotaré con escorpiones”. ¡Ah! Tales palabras sí se ajustaban a la receta de su desordenado olfato. Así hizo Roboam, el “rico en insensatez”, para su desgracia y la de su gente. Israel acabó nombrando rey a Jeroboam, vino la división en dos Estados, la guerra, la larga venganza, la pérdida de las diez tribus del norte. La caída, al final, de un imperio que acabó asolado por egipcios y asirios.

 

Queda así registrada la trágica sordera de Roboam, tan letal como la de los troyanos prevenidos en vano por la dama de las infinitas calamidades, Casandra. Como la de Moctezuma y su credulidad suicida, su “exceso de misticismo o de superstición” bloqueando consejos sobre la cautela necesaria para despistar y neutralizar a Hernán Cortés, rival sagaz como ninguno. (En el caso venezolano, por cierto, la falta de malicia que llevó al presidente Gallegos a minimizar la amenaza militar en 1948, remite al drama de su derrocamiento). O como la simpleza de Creso, cuya ruina evoca Carl Sagan: rey de Lidia vencido y condenado a vivir como rehén de los persas, todo por haber dado gusto a su sesgo a la hora de interpretar las profecías de Pitia, sacerdotisa del oráculo de Delfos, quien le advirtió sobre la destrucción de “un poderoso imperio” (Creso no fue capaz de intuir que era el propio).

 

En relatos que involucran a asesores juiciosos e incómodos, subestimados a la postre por sus asesorados, no faltan, como vemos, el peligroso avance de sus antípodas. Socios complacientes y “leales”, acomodados como pueden a los respingos del jefe, mudos ante su falta de piedad, mesura o sabiduría, aún sospechando cuán lesiva puede resultar. Personajes como los que en la Caracas de 1885, en pleno gobierno de Guzmán Blanco, inspiraron la famosa Delpiniada, el “homenaje” y coronación que avispados estudiantes organizaron para “el chirulí del Guaire”, poeta lunático, Francisco Delpino y Lamas. No era difícil adivinar, como lo hizo el “Ilustre Americano”, la doble denuncia tras la chanza, la crítica hacia sus aplaudidores, señores de la “adoración perpetua”.

 

Helos allí, pues, desnudos como el emperador del cuento de Andersen. Tan comprometidos con la irracionalidad como el monarca negado a reparar su error, convencido de que “hay que aguantar hasta el fin”, resuelto a caminar “más altivo que antes” mientras los ayudas de cámara, incapaces de contradecirlo, continúan sosteniendo la imaginaria cola. La torva simbiosis, con efectos que recaen pesadamente sobre los hombros de las sociedades, lleva también a pensar en el asunto de la confianza mutua como condicionante del buen gobierno. Según Locke -para quien lo político, por ser actividad esencialmente humana, depende de una frágil urdimbre de voluntades- el consentimiento individual, más que el miedo hobbesiano, es lo que funda el depósito de confianza individual que se extiende y proyecta hacia la comunidad políticamente organizada, haciendo viable un sistema de poderes limitados y basado en el consentimiento. Pero ello, afirma, se ve amenazado por un vicio político perfectamente distinguible: «flattery», adulación, lisonja. Habilidad perversa que, ejercida por una élite instruida, convierte al niño interno en pequeño tirano, «corrompido con adulación y armado con poder». Un tipo de «abuso de confianza» que induce al engaño del adulado, le hace ver virtudes de las que carece, enciende el deseo desmedido por el poder y desestabiliza, por tanto, a ese régimen de poderes limitados y desconcentrados.

 

El ruido de quien acompaña acríticamente al político, quien refuerza el descarrío y la escasez, los bandazos de la debilidad humana, suma a la marcha de esa locura que se manifiesta como tenacidad destructiva. No en balde Weber ve en la vanidad un pecado contra el Espíritu Santo de la profesión, enemiga mortal de toda entrega responsable a una causa. El ejemplo en contrario, la sólida respuesta de un equipo ante situaciones agónicas como la de la Crisis de los misiles de 1962, se cumple en el caso del hábil “conductor” descrito por Lippman, el joven presidente Kennedy. Fortuna y virtù se conjugan gracias a la asesoría no de brutales “halcones”, consejeros militares que encabezados por McGeorge Bundy ya rumiaban el plan de una guerra nuclear a gran escala; sino de actores racionales como Dean Rusk, Robert McNamara, Robert Kennedy, Kenneth O´Donnell, George Ball. Ignorando la delirante presión de Castro (quien solicita a Kruschev que, en caso de una invasión norteamericana, ordenase el ataque nuclear, no importa si eso borraba a Cuba del mapa) la política de “escalada controlada”, la disposición a negociar continua y secretamente en Washington y Moscú, desembocan en un escenario ganar-ganar, sin resabios de capitulación; desenlace guiado por el brote colectivo de talento, no por la temeridad, la sordera o la arrogancia. Tener un mundo, una nación, una sociedad a salvo de la estulticia, dependerá en buena medida de no prescindir de ese vital cable a tierra.

 

Mibelis Acevedo Donís

@Mibelis

 

Guillotina

Posted on: abril 13th, 2024 by Super Confirmado No Comments

En lo económico, quizás el efecto tiende a ser más dramático. El viraje en la economía se tradujo no en liberalización democrática, sino vertical y focalizada

 

Según se esperaba, el tiempo político en Venezuela opera hoy como una guillotina. Los lapsos del cronograma electoral de cara al 28J se consumen de manera acelerada, imponiendo una dinámica agobiante en términos de respuestas a los dilemas que la elección autoritaria suele plantear a la oposición. A pesar del deseo de cambio que las propias primarias dispararon y la alta disposición a votar de un electorado hoy persuadido por la posibilidad de desafiar electoralmente al PSUV (según Delphos: 80% está dispuesto a votar; 70% cree que no debe abandonarse esa ruta), la oposición agrupada en la PU sigue sin definir un candidato unitario, atrapada en el viejo ovillo de las intransigencias y los antagonismos internos. La decisión se presenta de nuevo atascada entre la visión pragmática y la estigmatización suicida del candidato “potable”. Entre la participación en condiciones adversas y la resistencia a hacerlo en un evento que, sin garantías plenas para opositores, podría juzgarse como “ilegítimo”.

 

En paralelo, otros tiempos corren, con similar ferocidad. Sobre la negociación internacional, a duras penas mantenida y evidentemente quebrantada, pende una espada de Damocles. El límite propuesto por los EE.UU. para decidir si se mantiene o se revoca el alivio temporal de sanciones que implicó la Licencia General No. 44 de la OFAC (lo cual dependía del cumplimiento, por parte del gobierno de Maduro, de lo acordado en Barbados) añade elementos de presión adicional a este panorama. ¿Qué papel jugará el retiro o mantenimiento de la “zanahoria” en todo este proceso? ¿Cuánto pesará sobre la suerte de la negociación y la elección esa eventual vuelta del garrote sancionatorio?

 

Conscientes del riesgo de desmontar un espacio de diálogo, influjo y coordinación multilateral en circunstancias críticas para la región, incluso gobernantes tradicionalmente afines a las posturas ideológicas del chavismo como Petro, Lula da Silva o López Obrador, han salido al ruedo para cuestionar medidas como las exclusiones selectivas de candidatos y tarjetas. Petro decidió ir más allá: viajó a Caracas para conversar con Maduro y Rosales, y habló de una mediación colombiana. Por supuesto, se trata de actores operando dentro y desde la lógica de sistemas democráticos. Cabe esperar, no obstante, que esa antigua ascendencia mantenida a punta de un delicado juego de política exterior, pueda ayudar en algo a contener la desmesura autoritaria del vecino. Aun cuando los frutos de la negociación hoy luzcan anémicos, si algo no conviene sacrificar es la influencia que dichos gobiernos pudiesen seguir ejerciendo sobre los sancionados y díscolos (¿ex?)socialistas del siglo XXI.

 

Precisamente: a propósito de la potencial reimposición de sanciones internacionales, de sus cuestionables contribuciones a la meta del cambio político en países destinatarios, resurgen las viejas advertencias sobre las limitaciones de su eficacia. Tras los cuerazos de la disparatada estrategia de “máxima presión” y el tremebundo aviso de que “todas las opciones están sobre la mesa”, el gobierno venezolano hizo gala de resiliencia y capacidad para responder con adaptaciones que, lejos de debilitarlo, terminaron blindando su permanencia en el poder. Así, acabamos asistiendo a otra confirmación de las conclusiones que arroja la bibliografía especializada, apelando a ejemplos emblemáticos como los de Cuba, Irán, Rusia o Zimbabue, entre otros. Por un lado, que sólo en un tercio de los casos las sanciones logran cambiar el comportamiento de los gobiernos. Por otro, que el relativo porcentaje de éxito es muy inferior cuando la meta consiste en impulsar la mudanza desde un régimen autoritario hacia uno democrático (G.C. Hufbauer et al, Economic Sanctions Reconsidered, 2007). El potencial dolor que buscan provocar las sanciones acaba endosado, en la mayoría de los casos, a la población, más que a élites que se aferran al poder.

 

“Quienes proponen sanciones deberían ser especialmente sensibles a la perspectiva de un fracaso catastrófico”. Según apunta Daniel Drezner al explicar los problemas relacionados con la aplicación de sanciones estadounidenses en el caso de Irán (“How not to sanction”, 2022), la falta de articulación de demandas claras y consistentes hacia países destinatarios de estas medidas conducirían a reivindicaciones difusas. En ese caso, dice Drezner, cualquier potencial negociación se torna difícil o imposible. “El problema obvio de la negociación al buscar un cambio de régimen es que socava la negociación coercitiva. Desde la perspectiva del sancionado, no tiene mucho sentido negociar si la intención de la otra parte al imponer condiciones económicas es poner fin al control del poder político”.

 

En medio de esa paradoja, la de ejercer presión-coacción-restricción-disuasión aspirando a disputar un bien que el presionado percibe como un todo innegociable, no se puede decir que en caso venezolano las sanciones no han tenido impacto. No es el impacto que originalmente se buscaba, sin embargo. A partir de la imposición de las sanciones sectoriales de 2019, el gobierno venezolano no sólo implementó una serie de medidas económicas para contrarrestar sus efectos, sino que logró ponerlas a su favor. En término de narrativas y excusas para sus propios fracasos políticos, para el hostigamiento de rivales acusados por “traición a la patria”; de la cohesión de huestes descontentas y -muy importante- de la creación de incentivos para asegurar el apoyo de factores que legitiman de facto el ejercicio de poder, las sanciones fueron lecciones de supervivencia. Se confirma así uno de los datos que también recogen los estudios: en atención a la curva de aprendizaje que fomentan estas dinámicas, las sanciones tienden a volver a los regímenes no más, sino menos democráticos.

 

En lo económico, quizás el efecto tiende a ser más dramático. El viraje en la economía se tradujo no en liberalización democrática, sino vertical y focalizada. Una transición caótica desde el modelo rentista-socialista que preconizaba el Plan de la Patria, a una forma de capitalismo patrimonial con regulación arbitraria. Esto ha redundado en la consolidación del poder y, al mismo tiempo, en la garantía de transferencia de recursos y creación de oportunidades de mercado a nuevas élites. Una flamante criatura que no excluye intervención estatal, y que niega a los individuos derechos políticos y económicos esenciales.

 

Como resultado, la correlación de fuerzas exhibe una asimetría que persiste, que se ha profundizado. Y esa realidad, sabemos, pesa particularmente en la negociación. Frente a ese interlocutor relativamente libre de amenazas que escapen de su control, contrapuntea una oposición que luce descolocada, poco hábil para coordinarse y responder oportunamente a la incertidumbre institucional creciente. Malbaratar el potencial del voto masivo, la mejor ventaja con la que se puede contar incluso de cara a una elección autoritaria, parece así un riesgo en ciernes.

 

Las preocupaciones se disparan a raíz del nuevo deadline, la próxima guillotina: el inminente vencimiento de la licencia general No. 44. El giro en el enfoque coercitivo, la presión “positiva” por cambios sustantivos en condiciones que favorezcan la alternancia, no termina de surtir efecto. A pesar de que el gobierno parece mostrar todavía algún interés en no abandonar la mesa, en estirar el aumento modesto de la producción petrolera (12% en 2023) ajustándose muy mañosamente a los límites del acuerdo, no luce comprometido con el diseño de la serie de garantías que nivelen oportunidades para ganadores y perdedores en la elección, sean quienes sean. Cabría preguntarse, también, si más allá de la coyuntura electoral, se ha invertido suficiente energía e imaginación en arreglos destinados a bajar costos de un eventual traspaso de poder, garantizar la seguridad mutua de no-destrucción y los términos de una cooperación que no ponga en riesgo la gobernabilidad. El poder sigue siendo un bien demasiado dulce, demasiado costoso de perder, en fin.

 

Mibelis Acevedo Donís

@Mibelis

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