NYT: Dan Kadlec: Los ‘boomers’ no siempre la tuvieron tan fácil

NYT: Dan Kadlec: Los ‘boomers’ no siempre la tuvieron tan fácil

Credit…Clémence Mira

¿Qué boomer no ha escuchado, una y otra vez, cómo mamá y papá caminaban ocho kilómetros para ir a la escuela, cuesta arriba, bajo una lluvia helada mientras se defendían de los lobos o alguna otra historia espeluznante de tenacidad y privaciones?

Luego fue nuestro turno. Sin haber aprendido absolutamente nada, les contábamos a los niños historias de nuestras propias infancias legendarias: de cómo salíamos de casa después del desayuno con nuestros pantalones de mezclilla remendados en una bicicleta clásicas, armados con 55 centavos, y no regresábamos hasta el anochecer. Esa mesada rinde mucho cuando comes de gorrón un sándwich de mantequilla de maní y mermelada en casa de un amigo y cenas papas fritas y un Milky Way. Incluso te queda para un chicle bomba.

El sufrimiento competitivo puede ser una de las pocas cosas que las generaciones transmiten sin fallar. Y, en ese sentido, los jóvenes adultos de hoy están construyendo un legado colosal. Tienen material excelente. La vivienda es exorbitantemente cara, la inflación es persistente y la atención médica es cada vez menos asequible. Hay menos vías tradicionales para ascender a la clase media en la gestión corporativa o en la manufactura. La inteligencia artificial tiene la mira puesta en sus ingresos futuros. Es una historia convincente de adversidad económica.

Pero es aquí donde mi boomer interior —a pesar de mis mejores esfuerzos por mantenerlo tranquilo y ocupado con Wordle— empieza a aclararse la garganta. ¿Acaso no cada generación se ha enfrentado a lo que parecía una crisis sin precedentes a sus veintitantos y treinta y tantos años? Nosotros, los boomers —nací en 1956—, ciertamente lo pensábamos. Llegamos a la mayoría de edad cuando la guerra de Vietnam y el servicio militar obligatorio dividían a Estados Unidos, cuando había filas para comprar gasolina y existía la estanflación. La tasa de homicidios en 1980 era más del doble que la de hoy. Sobre todos nosotros pendía la reconfortante posibilidad de la aniquilación nuclear.

De alguna manera, todavía encontrábamos tiempo para comprar lámparas de lava y asistir a conciertos de rock. Y sí, nuestra música era mejor; ni entremos en ese tema.

¿La vida es mucho peor ahora? ¿O cada generación simplemente está convencida de que le tocó lo peor mientras omite las partes en las que la fortuna le sonrió?

En una videollamada reciente con mi nuera de treinta y tantos años, algo en la escena me resultó extrañamente familiar. Estaba trabajando desde casa en su computadora portátil mientras mi nieto, que aún no camina del todo, estaba sentado cerca felizmente con sus juguetes bajo su distraída supervisión. De repente, recordé una foto que tomé en 1995 con una cámara de rollo. Ahí estaba mi esposa, Kim, más o menos de la misma edad, en la oficina sin ventanas de nuestra casa, cerrando tratos a través de un celular con antena integrada, rodeada de una máquina de fax, carpetas de archivos y una computadora de escritorio del tamaño de un Oldsmobile, todo esto mientras mecía a nuestro hijo menor en su regazo.

Diferente siglo, mismo caos.

Estas imágenes similares me dicen que tal vez algo de esto no sea tanto un fenómeno moderno, sino una etapa de la vida. La tecnología cambia. La angustia financiera y la vaga sensación de que todos los demás han entendido la vida adulta, no.

Nada de esto significa que los jóvenes adultos de hoy se estén imaginando sus dificultades. La época importa. Las investigaciones han revelado que graduarse durante una recesión severa, como la de 2007 a 2009, puede hacer bajar los ingresos durante al menos una década en comparación con los de las personas que se gradúan en periodos de prosperidad.

Ser propietario de una vivienda es tradicionalmente el primer peldaño en la escalera de la riqueza, y se ha ido alejando abruptamente a medida que los precios más altos, y ahora las tasas de interés, han superado los ingresos de los jóvenes adultos. En 1985, el costo promedio de una casa nueva era de 4,6 veces el ingreso anual promedio de los trabajadores a tiempo completo de 25 a 34 años. En 2025 era de siete veces el ingreso. Muchos jóvenes adultos cargan con una importante deuda estudiantil y se enfrentan a costos abrumadores de la atención médica y el cuidado infantil, lo que hace que la carga financiera sea aún mayor. Las trayectorias profesionales pueden sentirse menos seguras.

Pero —y prácticamente puedo escucharme envejecer mientras escribo esto— para la mayoría de las personas, sus veintitantos y treinta y tantos años nunca han sido los años de bonanza. Son los años en los que los gastos tienden a llegar antes que los ingresos, las carreras se tambalean, aparecen los bebés y muchas de las personas mayores que conoces parecen tener la vida resuelta desde hace décadas.

La pregunta no es si los jóvenes adultos de hoy tienen un contexto más difícil. Es si tienen un contexto particularmente difícil o si cada generación, al mirar de reojo a sus padres en lugar de mirar hacia atrás a lo que esos padres se enfrentaron a la misma edad, concluye que el juego ha sido manipulado en su contra.

Los boomers cometimos el mismo error de cálculo. Nos comparábamos con lo que nuestros padres habían logrado, no con lo que habían lidiado. Para muchos de ellos, eso incluyó tanto la Gran Depresión como la Segunda Guerra Mundial. La estanflación parece un desafío menos arduo en comparación.

Nadie construye una historia de dificultades en torno a sus ventajas. Los jóvenes de hoy tienen muchas. Los boomerspensábamos que la televisión a color y los teléfonos digitales —liberarnos del teléfono de disco— eran saltos tecnológicos. Hoy, mi reloj puede recibir una llamada, medir mi frecuencia cardíaca, darme indicaciones y recordarme que todavía estoy a 1247 pasos de mi meta.

Los automóviles son más seguros. Invertir es más fácil. La educación y la capacitación están disponibles en línea. El trabajo a distancia les ha abierto el mundo a quienes buscan empleo desde casa. Intenta buscar trabajo sin Google, LinkedIn o Zoom. Yo tenía que revisar los anuncios clasificados de los periódicos, imprimir currículums en papel caro, enviarlos por correo al vacío y esperar a que sonara el teléfono.

El teléfono estaba pegado a la pared.

Por otro lado, cuando nos íbamos de la oficina, por lo general la oficina se quedaba ahí. Digamos que es un empate.

Así que el mensaje no es que los jóvenes deberían dejar de quejarse. Eso sería injusto y, viniendo de un boomer, casi una autoparodia. El mensaje es más simple: las dificultades y las oportunidades tienden a llegar en el mismo paquete. Solo que somos mejores para notar la dificultad que, digamos, la mayor transferencia de riqueza intergeneracional en la historia de Estados Unidos, que irá a manos de los milénials… si mamá y papá no se lo gastan todo en cámaras de crioterapia de cuerpo entero para el hogar y un experto personal en longevidad.

Los chicos están bien. Yo también tengo unos. Algunos se acercan a los 40, así que tal vez ya es hora de que deje de llamarlos chicos. Lo resolverán; no porque los obstáculos no sean reales, sino porque eso es lo que hacen las generaciones. Se quejan, se adaptan, dan algunas cosas por sentado y con el tiempo se convierten en las personas con casas llenas de cosas que les dicen a los más jóvenes lo difícil que solía ser todo.

¿Fracasará finalmente esta progresión conocida? No lo creo. Pero las soluciones no serán fáciles. Derrotar la estanflación a principios de la década de 1980 fue doloroso. La Reserva Federal durante el mando de Paul Volcker elevó las tasas de interés a corto plazo hasta el 19 por ciento —mi primera hipoteca tenía dos dígitos—, lo que contribuyó a desatar dos recesiones salvajes que cobraron muchos empleos de los boomers. Pero funcionó.

El infortunio de ahora es la asequibilidad, de manera más visible en la vivienda. No habrá una solución estilo Volcker. Necesitamos al menos un millón más de viviendas, según algunas estimaciones, sin importar cuál sea la tasa de interés. Eso requerirá que los estados, las ciudades y los pueblos —tal vez presionados por los votantes jóvenes— faciliten la construcción de viviendas. La política será caótica y el progreso desigual. Pero al final nos adaptaremos, como hacen las generaciones. La vivienda podría recuperar el papel que tenía antes como un creador de riqueza accesible.

Y luego, como siempre, los años difíciles empezarán a brillar. El apartamento estrecho se convierte en nuestro primer lugarcito. El empleo terrible se convierte en el lugar donde lo aprendí todo. La lucha por equilibrar el trabajo, los bebés y las cuentas se convierte en una temporada de ser joven y útil y estar ocupado y plenamente involucrado: justo las cosas que las personas mayores más echan de menos.

Puedo escuchar a los milénials en el futuro, justo ahora. “No tienes idea de cómo era la vida antes de la IA. Teníamos que buscar las cosas en Google nosotros mismos. Los autos tenían volante. Teníamos que dejar de enviar mensajes de texto para conducir”.

 

Por Dan KadlecKadlec

es periodista, columnista y escritor.

The New York Times en español

Comparte esta noticia:

Ultimas Noticias