NYT: Mark Edmundson: Hay algo mejor que la felicidad

NYT: Mark Edmundson: Hay algo mejor que la felicidad

Credit…Edward Steed

Llegó el Día del Trabajo y ya extrañas el suave vaivén de las olas y las tenues brisas. O quizá extrañas el bosque, donde puedes pensar tus apacibles pensamientos bajo una sombra verde. Encontraste lo que los terapeutas y profesores de yoga llaman tu lugar feliz.

Nada en contra de tales placeres, pero si concentran tu visión de la felicidad máxima, es algo que tal vez debas reconsiderar. Muchos de nosotros pensamos que la meta de la vida es trabajar duro, tener éxito y vivir plácidamente el resto de nuestros días. Subirte al velero hacia ninguna parte. Ir al sur de Francia y probar cada platillo maridado con vino. Flotar de un festival de música al siguiente.

Esto, piensan muchos, es la felicidad. Y bastantes pensadores destacados estarían de acuerdo. El filósofo utilitarista Jeremy Bentham dijo que deberíamos buscar el máximo placer en todo momento y hacer todo lo posible por evitar el dolor. Oscar Wilde, un sibarita de toda la vida, escribió en su carta De Profundis: “No lamento ni un solo instante haber vivido para el placer. Lo hice hasta el fondo, como se debe hacer todo lo que uno haga. No hubo placer que no experimentara”.

Sin embargo, hay otros que piensan que la felicidad de este tipo debe ser, si no evitada por completo, al menos tomada en dosis controladas.

Yo estoy con ellos.

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer nos advierte que los seres humanos tienen dos enemigos principales: el dolor y el aburrimiento. Usamos nuestro intelecto para protegernos del dolor. Pero una vez que hemos escapado de él, la mente sigue girando, exigiendo nuevos objetivos, nuevas distracciones. Así que nos lanzamos hacia la locura. Apostamos (y a menudo perdemos); tenemos aventuras (y fracturamos nuestros matrimonios); provocamos peleas. Por su naturaleza, nuestras mentes no pueden descansar. El problema con esa vida feliz que tanto anhelamos es que, inevitablemente, engendrará aburrimiento, y el aburrimiento engendra problemas.

Schopenhauer escribió que, para evitar el tedio, el hombre “intenta todo lo que se puede imaginar: bailes, teatros, sociedades, juegos de naipes, juegos de azar, caballos, mujeres, vino, viajes”. Estos son paliativos temporales. Pronto estamos aburridos de nuevo.

¿La solución de Schopenhauer? Encuentra algo para ocupar tu intelecto. Podemos coleccionar monedas o estampillas, aprender sobre insectos y aves, adquirir idiomas, leer buenos libros y resumirlos en nuestros diarios. No dejes que la mente sucumba a la ociosidad. La mayoría de las escenas que la gente asocia con la felicidad — la playa dorada, la cascada que salpica — son trampas de aburrimiento.

Simone de Beauvoir también aboga por la actividad por encima de las formas pasivas de felicidad. Al igual que su colaborador Jean Paul Sartre, pensaba que la tentación más peligrosa era lo que llamó “ser-en-sí” (en francés, être-en-soi). Las personas que cultivan el ser-en-sí quieren encarnar un estándar de perfección. Se esfuerzan por demostrar a los demás que están completas y plenas. Esta es una condición, argumenta Beauvoir, que es especialmente tentadora para mujeres y niñas. Todos las animan a ser bonitas, autosuficientes, perfectas. La niña “debe hacerse objeto y, por lo tanto, tiene que renunciar a su autonomía. Se la trata como a una muñeca viviente y se le rehúsa la libertad”, escribe Simone de Beauvoir en El segundo sexo.

Los niños y los hombres también se ven tentados por la inmovilidad; también se los anima a aferrarse a una identidad y a no abandonarla nunca. Pero el niño, si está dispuesto, “hace el aprendizaje de su existencia como movimiento libre hacia el mundo”, escribe Beauvoir en El segundo sexo.

El ser-en-sí es radicalmente restrictivo. Tienes que amoldarte a los cánones de apariencia y comportamiento que la sociedad respalda. Debes convertirte en la réplica de un tipo. ¿Es la conformidad exitosa una forma de felicidad? Puede parecerlo. Pero en su esterilidad y encierro, es semejante a pasar todos los días sentado en una playa.

Como alternativa, Beauvoir elogia el “ser-para-sí” (être-pour-soi), un compromiso de ser activo en el mundo. Las personas que encarnan el ser-para-sí ven que la identidad por sí sola no viene con un significado confiable o vinculante. Por lo tanto, se ocupan de lo que Beauvoir llama un “proyecto”; salen a crear sus propios valores e intentan usarlos para dar forma a sus vidas.

La persona que Beauvoir elogia puede no ser feliz, pero ha abrazado su libertad, lo cual le otorga una vida con sentido. Les pregunté a mis estudiantes, en un seminario reciente, si pensaban que a las mujeres y las niñas todavía se les socializa para ser objetos, seres en sí mismas. Dijeron que sí, pero agregaron algo. Dijeron que a las mujeres también se les socializaba para tener un proyecto: triunfar, causar sensación. Se les pedía representar tanto el ser-en-sí como el ser-para-sí, una tarea difícil, tal vez imposible.

Tanto Beauvoir como Schopenhauer se apartan de la vida de felicidad recostada y se dirigen hacia algo más difícil. Schopenhauer probablemente pensaría que Beauvoir exigía demasiado de las personas, tanto de mujeres como de hombres. Para él, la mayoría de nosotros no tenemos la capacidad de abrazar una auténtica autocreación. Lo mejor que podemos lograr es estudiar geografía y la vida de los insectos. Tiendo a estar del lado de Beauvoir: como profesor, me inclino a ver lo mejor en mis alumnos y tengo esperanzas para su futuro que van más allá de las colecciones de monedas y la astronomía de aficionados.

El último testigo en mi caso contra la felicidad —al menos, la felicidad como el contentamiento perfecto— está interesado en la iluminación de la humanidad, así como en la de los individuos. El arquetipo del “último hombre” de Friedrich Nietzsche es el tipo de persona que surge en una cultura que fomenta la búsqueda de una felicidad autómata. El último hombre es cauteloso: tiene sus “pequeños placeres para el día” y “pequeños placeres para la noche”. Vive para satisfacciones diminutas: nunca lo da todo, nunca gasta para obtener grandes beneficios. “Un poco de veneno de vez en cuando”, las drogas, el alcohol y el entretenimiento vacío son los deleites del último hombre. Es voluntariamente ciego a la vida de pensamiento y creación artística, o del ser-para-sí, que Beauvoir piensa que es necesario para la verdadera plenitud. Pero es, a su manera, feliz.

Cuando Zaratustra, protagonista de Así habló Zaratustra, habla ante una multitud sobre el último hombre, todos claman al unísono: “¡Danos ese último hombre, Zaratustra —gritaban—, haz de nosotros esos últimos hombres!”. Pero es demasiado tarde: ya son los últimos hombres y mujeres y, al parecer, así seguirán.

No pretendo difamar toda forma de felicidad complacida. Solo quiero decir que, en general, puede ser mejor buscar el sentido en lugar del placer. Por supuesto, incluso los buscadores de sentido necesitan un descanso ocasional, ¿y por qué no debería ser en un claro frondoso o en una playa bañada por el sol? Por un tiempo, Nietzsche saboreó una vida maravillosamente relajada en Turín, Italia. (Sentía que la mesera de su trattoria le guardaba las uvas más exuberantes). Tal vez, sin embargo, deberíamos proponernos no quedarnos en nuestro lugar feliz por demasiado tiempo y, seguramente, no aspirar a vivir en él por el resto de nuestras vidas.

 

Por Mark Edmundso

Edmundson es profesor en la Universidad de Virginia y autor, más recientemente, de The Age of Guilt: The Super-Ego in the Online World.

 

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