Credit…Eleanor Davis
Hace unas semanas me vino a la mente la película independiente Antes del amanecer. Clásico de la década de los noventa y primera entrega de una trilogía, la película trata sobre dos jóvenes intelectuales de veintitantos años, Céline y Jesse, que se conocen de forma encantadora en un tren con destino a París. Deciden bajarse en Viena y pasan un día juntos bromeando, interactuando con los lugareños, deambulando sin rumbo por la hermosa ciudad y enamorándose.
Conectan a pesar de las diferencias culturales (él es estadounidense, ella francesa; ambos hablan con austriacos) y también de género. Mientras repasaba la película en mi mente, se me ocurrió un pensamiento que me revolvió el estómago: es posible que mis hijos nunca lleguen a vivir “esto”. Por “esto” me refiero a la atención ininterrumpida, la serendipia general y la vulnerabilidad en la conversación que yo pude experimentar antes de la llegada de los teléfonos inteligentes.
Antes del amanecer incluso presagiaba en cierta medida nuestro presente, aturdido por las pantallas. En su crítica de la película en el Times, Janet Maslin destaca el comentario de Jesse sobre el “dudoso valor espiritual de la tecnología”, cuando afirma: “Nunca se oye a nadie decir: ‘bueno, ya sabes, con el tiempo que me he ahorrado al usar mi procesador de textos, voy a irme a un monasterio zen a pasar el rato’”.
Mi temor no es nuevo, y soy consciente de que nace de una especie de nostalgia. Del próximo libro del encuestador e investigador de opinión pública Daniel Cox, Generation Uncoupled: America’s New Gender Divide and the Crisis of Human Connection, he aprendido un nuevo término: “infidelidad atencional”. Cox lo define de una manera algo amplia e inusual: cuando la vida digital de una pareja se entromete en una conexión presencial.
Este tipo de “infidelidad” puede incluir ver material sexualmente explícito o participar en interacciones sugerentes en las redes sociales, pero con mayor frecuencia se trata simplemente de la distracción banal de escrolear por la pantalla con la mirada perdida. “En lugar de acercarnos el uno al otro”, explica Cox, “agarramos nuestros dispositivos digitales, que nos inundan con un flujo interminable de contenido hiperseleccionado”.
Aunque las parejas de cualquier edad experimentan esto en cierta medida —mi marido y yo intentamos dejar nuestros dispositivos en la cocina después de cenar para poder hablar de verdad el uno con el otro—, las personas como nosotros, que nos conocimos antes de la era de los celulares, al menos tuvimos la ventaja de consolidar nuestros lazos con largos periodos de atención concentrada. Ese tipo de atención sostenida fomenta una comprensión más profunda más allá de las diferencias, y una mayor delicadeza.
Puede que algunos descarten este tipo de preocupación por las relaciones incipientes de los jóvenes como un pánico moral tecnológico. Pero Cox, que es director del Centro de Estudios sobre la Vida Estadounidense del American Enterprise Institute —de tendencia conservadora—, ha recopilado una lista de estadísticas aleccionadoras que muestran que las pantallas son un factor determinante en el grado de desconexión que existe entre adolescentes y veinteañeros.
Los miembros de la generación Z, la primera generación que no recuerda un mundo sin celulares, participan menos en “experiencias sociales presenciales” que sus homólogos de cualquier otra generación. Son menos propensos a trabajar, ir a la iglesia, asistir a fiestas, tener citas o practicar deporte, señala Cox. Aproximadamente la mitad de los adolescentes se describen a sí mismos como “casi constantemente” conectados a internet. No se ha producido ningún otro cambio en las últimas décadas que pueda explicar este singular declive.
El aislamiento en línea de los jóvenes, agravado por el confinamiento debido a la covid, implica que tienen mucha menos práctica a la hora de interactuar con gente nueva y de lidiar con las fricciones habituales y las normas establecidas. Esto, escribe Cox, les ha dejado solos, desorientados y desconfiados los unos de los otros.
Si bien las citas siempre han supuesto un reto y han dado pie a quejas, los adolescentes y los jóvenes de veintitantos de hoy en día parten de una mayor desconfianza, lo que puede resultar perjudicial para el establecimiento de relaciones románticas. Con base en amplias encuestas, libros y entrevistas cualitativas con jóvenes, Cox revela hasta qué punto temen mostrarse vulnerables, ya que cualquier paso en falso puede conducir a una humillación generalizada y permanente en las redes sociales.
El ejemplo de “West Elm Caleb” me vino a la mente mientras leía el libro de Cox. Caleb era un neoyorquino que se hizo viral en 2022 porque varias mujeres publicaron que él comenzaba a ignorarlas por completo en lugar de romper con ellas de forma adecuada. Tras su viralidad, se desató “una campaña masiva de acoso en línea contra un joven de 25 años bastante normal, cuyo mayor error hasta el momento ha sido su mala comunicación”, tal y como lo describió Brittany Spanos, de Rolling Stone. El auge de las citas en línea, en las que las relaciones comienzan en el ámbito digital, solo exacerba esta dinámica.
Este tipo de aprensión impulsada por la tecnología afecta especialmente a las parejas heterosexuales. En una conversación telefónica, Cox me comentó que, si bien ha habido divisiones de género en todas las épocas, lo nuevo para los miembros de la generación Z es la forma en que los algoritmos de las redes sociales distorcionan su visión de todo tipo de interacciones y refuerzan los “prejuicios iniciales”. Cox citó un análisis del Washington Post de 2025, realizado entre más de 1000 usuarios, que reveló que “el género es uno de los principales factores que determinan el contenido de tu página principal”.
En los peores casos, los flujos de contenido específicos por género dan pie a que influentes misóginos de la “manósfera” se afiancen en la mente de los hombres jóvenes, algo que Cox condena con razón como tóxico en su libro. Pero nuestras páginas principales también crean “silos informativos” que pueden afectar nuestra percepción del mundo de formas más sutiles. Como mínimo, imitan la ausencia de una realidad compartida que podría servir de base para la conversación y la conexión. (Lo comprobé de primera mano cuando descubrí que mi marido no sabía nada sobre el veredicto de Lindsay Clancy, a pesar de que a mí me habían bombardeado con contenido al respecto durante semanas).
Hay dos cosas que me dan esperanza respecto a la vida social y sentimental de los jóvenes. Una es que, al menos, algunos miembros de la generación Z parecen ser conscientes de lo que se están perdiendo. Ethan Hawke, quien interpretó a Jesse en Antes del amanecer, declaró al Times en 2020 que su hija vio la película con amigos, “y sentían cierta envidia por una época en la que no existía el correo electrónico. La vida exigía que se viviera más el momento”. Al haber visto cómo la tecnología colonizaba sus vidas, se niegan a ceder ni un ápice ante la inteligencia artificial.
La otra es que los estadounidenses de muy diversos grupos demográficos están indignados por la forma en que las pantallas se han interpuesto entre ellos y el resto de las personas, y desean crear un mundo mejor para nuestros hijos. Cox se sitúa sin duda a la derecha de mi posición, y aunque tuve algunas discrepancias partidistas con su libro, coincidí de manera abrumadora con su análisis general y con su consternación específica ante el statu quo. Él comprende algo que yo también considero cierto: prestar toda tu atención a otra persona es un regalo, uno que todos deberíamos ser más conscientes de ofrecernos mutuamente.
Notas finales
Me repugnan las acusaciones de agresión sexual en Cornell. Más allá de la rabia ciega, no tengo nada particularmente coherente que decir al respecto por el momento, pero he estado leyendo mucho sobre el tema. En primer lugar, recomiendo este artículo publicado en mayo en el Times sobre las leyes sobre violación del estado de Nueva York, injustas y obsoletas, y cómo hacen que resulte “difícil acusar a alguien de violación si la denunciante decidió emborracharse”. También recomiendo leer esta entrevista de la revista New York a dos editores de The Cornell Daily Sun sobre su cobertura del caso.
Por último —en un tema tristemente relacionado—, The 74, una redacción sin ánimo de lucro centrada en la educación, publicó recientemente una investigación sobre casi 2000 denuncias de abusos sexuales a menores en centros de educación primaria y secundaria del estado de Nueva York. Estas denuncias se presentaron a raíz de una ley de 2019 que “permitía a cualquier sobreviviente vivo de abusos sexuales infantiles interponer una demanda civil durante un plazo retroactivo de dos años y ampliaba de forma permanente el plazo de prescripción de los 23 a los 55 años para futuras demandas civiles”, explicó la periodista Amanda Geduld. Casi una quinta parte de estas denuncias se presentaron contra adultos que habían tenido acceso a sus víctimas a través de los centros educativos. “Varios profesores fueron acusados de forma creíble de abuso sexual en un mismo centro educativo y, posteriormente, se les permitió trasladarse discretamente a otro”, descubrió Geduld.
No dudes en escribirme sobre cualquier tema relacionado con este artículo.
Por Jessica Grose
The New York Times en español












