Ciertas corrientes contemporáneas de autoayuda se inscriben de lleno en esta lógica. Promueven la idea de que la paz interior es el valor supremo y que toda perturbación emocional proviene de interpretaciones erróneas
Comencé a investigar este asunto porque me inquieta el límite —cada vez más difuso— entre lo que es subjetivo y lo que es real. Me preocupa, en particular, la tendencia a reducir el bienestar o el malestar del otro a su personal “interpretación” de los hechos, lo cual relevaría de responsabilidad a quien le hubiera causado daño, reduciendo las posibilidades de compasión y debilitando los procesos de reparación y entendimiento.
Esta lógica tiene un nombre: blanqueamiento moral del daño, un fenómeno estudiado en psicología social, entre otros, por Nick Haslam, profesor de la Universidad de Melbourne, quien ha analizado cómo ciertos discursos contemporáneos transforman problemas éticos y relacionales en meras cuestiones de gestión emocional individual.
El blanqueamiento moral describe un fenómeno cada vez más extendido: los problemas éticos, en lugar de ser analizados como tales, se consideran problemas psicológicos. Los hechos que ocurren en la relaciones se consideran vivencias internas. El daño deja de ser un acontecimiento que podría afectar a cualquier persona y se convierte en una experiencia privada que cada cual debe gestionar. En este marco, ya no importa tanto lo que ocurrió como la manera en que fue vivido.
Ciertas corrientes contemporáneas de autoayuda se inscriben de lleno en esta lógica. Promueven la idea de que la paz interior es el valor supremo y que toda perturbación emocional proviene de interpretaciones erróneas. El conflicto deja de ser una señal de desajuste en una relación y pasa a considerarse un fallo individual de gestión emocional. En consecuencia, la retirada se presenta como madurez, y la preocupación como una forma de invasión.
El problema no es aprender a poner límites. El problema es confundir los límites con el desentendimiento moral. En nombre del autocuidado, se normaliza la inacción frente al daño: una palabra hiriente, un gesto excluyente o un abandono afectivo pueden justificarse como “no es mi responsabilidad cómo lo vivas”. El resultado es un desplazamiento ético claro: quien causa el daño queda absuelto; quien lo sufre queda solo con su experiencia.
Este desplazamiento tiene consecuencias profundas en parejas, familias y vínculos cercanos. Cuando el daño se redefine como “percepción”, desaparece la obligación de reparar. El diálogo se sustituye por el silencio; la escucha, por la retirada; la responsabilidad compartida, por la autojustificación. No hay conflicto abierto, pero sí una erosión lenta de la confianza y del sentido de comunidad.
Una de las premisas que sostienen el blanqueamiento moral es la idea de que la realidad es esencialmente interpretativa: que lo que nos afecta no son los hechos, sino las narrativas que construimos acerca de ellos. Esta afirmación contiene una parte de verdad —nuestra percepción influye en la experiencia—, pero no permite negar la realidad del daño que una persona puede causar a otra.
Las interacciones humanas tienen efectos concretos. Las palabras hieren o reparan. Los gestos incluyen o excluyen. El silencio protege o abandona. Reducir estas consecuencias a meras interpretaciones psicológicas equivale a neutralizar su peso moral. Es una forma de blanqueamiento: el daño se psicologiza, se privatiza y, finalmente, se diluye.
Este proceso es especialmente grave cuando existen asimetrías de poder. No todas las personas pueden retirarse sin consecuencias. No todas tienen el mismo margen para proteger su bienestar emocional. Convertir la ética en una cuestión de autorregulación individual favorece sistemáticamente al más fuerte y deja al más vulnerable sin recursos simbólicos para nombrar lo ocurrido.
La vida en común exige algo más que la gestión de las propias emociones: exige atención al impacto de nuestras acciones sobre otros. Exige reconocer errores, sostener conversaciones incómodas y participar en procesos de reparación.
En una cultura que habla insistentemente de autocuidado, resulta urgente recuperar otras nociones olvidadas: cuidado mutuo, reparación y paciencia relacional. No hay bienestar que pueda sostenerse sobre la negación del daño ajeno, ni paz auténtica construida a costa de la deshumanización del otro.
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