A un par de kilómetros del último edificio en ruinas de Caraballeda, en el estado La Guaira, una escena resume de golpe el cruce de dos crisis en Venezuela: el impacto inmediato de la naturaleza y la profunda precariedad económica que ya arrastraba el país.
En descampados frente al mar, los camiones volcadores descargan los restos de la zona del desastre. Detrás de ellos, decenas de personas caminan entre la polvareda para revolver los cascotes. Buscan cualquier material con valor de reciclaje que les permita conseguir un puñado de dólares para pasar el día.
El calor de la costa y la búsqueda de cobre
En el camino asfaltado que comunica a Tanaguarena con Naiguatá, el calor es sofocante. En este sector del litoral central, el mar golpea directamente contra las rocas y devuelve una humedad densa, bajo un sol que deshidrata con temperaturas que superan los 35 °C.
A solo unos minutos de los sectores donde aún operan los rescatistas, el paisaje de la banquina es desolador:
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Montículos improvisados de escombros, tierra y polvo.
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Motos y bicicletas estacionadas a la orilla de la vía.
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Hombres y mujeres con palas y palos removiendo los restos de los edificios colapsados.
El objetivo principal es el cobre y el aluminio. En la economía bimonetaria de Venezuela, estos metales son transados rápidamente en centros de chatarra para obtener divisas en efectivo. Esta actividad informal comenzó a masificarse apenas una semana después del desastre, evidenciando la falta de recursos de las familias afectadas.
Un balance devastador
La recolección de restos de construcción ocurre a la par del doloroso conteo de víctimas. El doble sismo del pasado 24 de junio registró magnitudes de 7,1 y 7,5 en la escala de Richter, consolidándose como una de las peores tragedias de la historia reciente del país. Las cifras oficiales reflejan la magnitud del impacto:
| Indicador de la tragedia | Cifra reportada |
| Fallecidos confirmados | 2.954 |
| Heridos | 16.592 |
| Personas desaparecidas | Más de 50.000 |
«Para sacar cuatro dólares»
“Hace como tres días que vengo. He conseguido algo como para cambiar por un saladito (comida). Busco cobre, aluminio, algo para reciclaje. Se junta y uno puede sacar cuatro dólares, cinco dólares”, relata José Díaz, de 54 años, con el rostro cubierto de polvo.
El testimonio de José refleja la realidad de muchos habitantes de la costa: para miles de sobrevivientes en La Guaira, la emergencia no terminó cuando la tierra dejó de moverse; apenas comenzaba la batalla diaria por no pasar hambre sobre las ruinas









