La salud democrática de una nación no se mide únicamente por la solidez de sus instituciones públicas o la frecuencia de sus procesos electorales; se mide, fundamentalmente, en la temperatura ética de sus cuerpos intermedios. Los colegios profesionales —de médicos, ingenieros, abogados o comunicadores, entre otros— nacieron para ser faros de excelencia, reservas morales y escudos defensivos de sus agremiados.
¿En qué momento permitimos que el grito suplantara al argumento?
El decálogo olvidado del dirigente profesional
Un colegio profesional no es un partido político en campaña, ni una trinchera personal para dirimir complejos o caprichos individuales. Es una institución de derecho público con fines éticos. Por ello, el comportamiento de quienes ostentan la máxima representación de un gremio debe someterse a parámetros estrictos que hoy urge recordar:
La autoridad emana de la ejemplaridad, no de la imposición: Un verdadero líder gremial convence por el peso de sus ideas y la pulcritud de su trayectoria, nunca mediante el insulto, la descalificación o la difamación del colega. Quien necesita gritar para imponer una decisión, solo está desnudando la fragilidad de sus argumentos.
La empatía institucional como norma: El dirigente se debe a sus bases. Acudir a una asamblea nacional a escuchar las penurias de los agremiados —quienes a menudo viajan con inmensos sacrificios— requiere una escucha activa y respetuosa. La soberbia y el desprecio hacia el par son la antítesis del espíritu corporativo.
Gobernanza democrática y apego a la ley: Las decisiones de un gremio se debaten y se votan bajo reglas claras de juego. El secuestro de los debates, la opacidad en los procesos y la toma de decisiones unipersonales no solo son éticamente reprobables; rozan la ilegalidad estatutaria.
El peligro del espejo totalitario
Existe un fenómeno sociológico perverso que los profesores universitarios llamamos “mimetismo autocrático”. Ocurre cuando los ciudadanos, asfixiados por entornos políticos autoritarios, terminan reproduciendo las mismas conductas tiránicas y destructivas dentro de sus propios espacios de resistencia.
Es una ironía trágica observar a dirigentes gremiales actuar bajo la misma lógica clientelar de un(a) ” jefe(a) de calle” o de quien controla el reparto de las bolsas de subsidio oficial: utilizando el pequeño espacio de poder del estrado no para coordinar o servir, sino para racionar la palabra, señalar con el dedo, amenazar y castigar al disidente, como si la dignidad profesional fuera una prebenda gubernamental que se otorga o se quita a capricho del capataz de turno.
Cuando el resultado de una reunión gremial culmina con hostilidad en lugar de soluciones, el gremio entero se debilita. Una directiva fracturada por el maltrato personal pierde toda solvencia moral para exigir respeto ante el Estado, las empresas o la sociedad civil. ¿Con qué cara va un colegio profesional a exigir diálogo y legalidad afuera, si adentro impera la ley del insulto?
Volver a la cátedra de la decencia
Los colegios profesionales están obligados a mirarse al espejo con urgencia. El liderazgo no es un cheque en blanco para el desahogo de frustraciones personales; es una carga de altísima responsabilidad ética.
Nuestras universidades siguen egresando profesionales con la ilusión de incorporarse a comunidades de conocimiento y apoyo mutuo. No les entreguemos estructuras vacías, gobernadas por el miedo y el caudillismo de bolsillo. Es hora de recuperar la majestad del estrado, de devolverle la dignidad a las asambleas y de recordar que la verdadera fuerza de un gremio no reside en la estridencia de la voz de sus directivos, sino en la inquebrantable decencia de sus actos.
Edgar Cárdenas









