“Por la manchega llanura/se vuelve a ver la figura/de don Quijote pasar…”Poesía de León Felipe, musicalizada por Jean Manuel Serrat.
Desde que comenzamos a vivir juntos los seres humanos, a lo largo de la historia, se han vertido ríos de sangre y han muerto miles muerto por tomar el poder para gobernar. Y se ha derramado también ríos de tinta, pues miles de páginas se han escrito acerca de cómo gobernar y cómo conservar el poder. De eso trata esta reflexión: de cómo gobernar. Pero no pretendo explorar ni resumir todo lo que se ha escrito sobre el tema, pues sería una tarea ciclópea e imposible.
Con Maquiavelo
Tan solo tomando a uno de mis autores favoritos, Nicolás Maquiavelo, tendría que explorar y resumir miles de páginas. Maquiavelo es uno de los autores sobre política más leídos, sobre el cual más se ha escrito y, además, uno de los más incomprendidos por el común de la gente; eso también hay que decirlo. Para bien o para mal, fue un iluminado florentino que hace más de quinientos años nos describió magistralmente, en lenguaje sencillo, la política tal cual se practicaba en su época: un reino de maniobras e intrigas, de disimulo y abuso de poder, de conspiraciones y pactos secretos, cálculos, paranoia, cinismo, doble cara, etcétera.
Sobre la frase tan conocida, «El fin justifica los medios», que se le atribuye pero que nadie ha podido encontrar en ninguna de sus obras, ha habido innumerables debates − entre gobernantes, filósofos y hasta Papas− acerca de sus implicaciones morales, éticas y políticas, entre otras.
Inspirador del Estado moderno
Pocos, sin embargo, entre el común de la gente, saben que a Maquiavelo se le considera el inspirador de lo que hoy conocemos como el Estado y el ejército modernos. En sus obras trató magníficamente el concepto de gobierno y, de esta manera, hizo que a la política se la considere también el arte y la ciencia de gobernar.
Más aún, describió cómo los gobiernos y los gobernantes alcanzan sus logros y objetivos. En términos más cercanos a nuestra época, Maquiavelo nos ayudaría a esclarecer cómo los hombres, hoy agrupados en partidos, toman decisiones, alcanzan sus objetivos y convencen a los demás para seguirlos. ¿Cuál sería, entonces, la forma, el método, la manera de convencer a los demás de las ideas, estrategias y modos para alcanzar, de la forma más eficaz, un objetivo político o de poder determinado?
Por supuesto −en el lado más negativo para algunos−, en El Príncipe Maquiavelo nos recuerda cómo los «príncipes» pasan a ser «tiranos» y cómo éstos encuentran en su obra un manual para preservar su hegemonía y mantenerse en el poder. Pero, si somos justos y rigurosos, creo que el florentino también nos enseña que quienes combaten la tiranía, los republicanos, encuentran en él un manual de los vicios por los que hay que acabar con las tiranías y los autoritarismos.
Como bien se puede apreciar, si tomo esta ruta tendría que explorar un inmenso número de autores, y sería interminable la discusión sobre cómo gobernar. Por eso cito a Maquiavelo solo como ejemplo y marco de referencia de la complejidad del problema. Refrenaré mi admiración por este autor y otros clásicos similares, y me iré por una ruta más sencilla, más amable.
Otra mirada
Tomaré la ruta que trazó Cervantes en Don Quijote de la Mancha (don Quijote, de ahora en adelante), para tratar de descubrir los principios de gobierno y del buen gobernante diseminados en la obra, hasta llegar a los consejos que dio don Quijote a su escudero, Sancho, acerca de cómo gobernar. (Todas las citas, en cursiva, son tomadas de Don Quijote de la Mancha, edición del IV Centenario, de la RAE y Asociación de Academias de la Lengua Española, 2004)
En esta ruta lidiaremos con la sencillez de una obra monumental, pero no por eso simple, pues sobre esta obra de Cervantes también se han escrito miles de páginas, ensayos, tratados e investigaciones acerca de su profundidad y complejidad, tarea que además nunca se agota. Porque en don Quijote, Cervantes no se limita a confrontar locura e imaginación con realidad, o a parodiar los libros de caballerías, sino que, a través de la locura y aventuras de su personaje, construye una narración que desafía y critica los relatos oficiales, las jerarquías sociales y −si se quiere− las ficciones que sostenían el orden político de su época… y de la nuestra.
Además, lo más importante para esta reflexión es que, sobre la obra de Cervantes, como sobre todas las grandes obras, caben múltiples lecturas e infinitas interpretaciones desde todos los ángulos. No hay una “versión oficial”; podemos atrevernos a dar “otra mirada” y, al hacerlo, constatar que, ciertamente, sobre los consejos de don Quijote en materia política y sobre cómo gobernar, quizás por ignorancia, he visto pocas cosas escritas.
Esto me deja un enorme grado de libertad para interpretar, elucubrar, especular… y equivocarme. Propongo entonces que demos esa “otra mirada” a la obra de Cervantes. Permítanme mi lectura particular y atreverme a verla también con los ojos de la política, escudriñar los mensajes que nos deja esa perspectiva para nuestra propia realidad y para el arte de gobernar.
La ruta del Quijote
El protagonista de Cervantes, al actuar según ideales caballerescos que ya no regían en su época, va revelando el desfase entre los valores que proclama y la realidad con la que se encuentra y que se le impone, a veces muy duramente. En distintos pasajes y aventuras de la novela se abordan cuestiones esenciales de la vida social y política de la época. Si forzamos argumentos e imaginación −si así lo queremos ver−, también cuestiona la nuestra e introduce reflexiones sobre política, gobernantes y gobierno. Especialmente en la segunda parte, publicada en 1615, donde Sancho Panza incluso ejerce como gobernador de una ínsula, Barataria.
Pero en la primera parte de Don Quijote de la Mancha, publicada en 1605 −que es la que aquí trataré−, a pesar de que Cervantes se centra más en la sátira caballeresca, ya aparecen referencias a principios como la defensa de los débiles y la igualdad, que nos acercan a la idea de justicia −presente desde los clásicos griegos, pasando por Santo Tomás de Aquino y hasta filósofos más contemporáneos− . Son ideas que se han identificado con el ejercicio de un “buen gobierno”. Toda la obra de Cervantes está impregnada, entre otras, de estas dos nociones: defensa de los débiles y justicia. Afinemos, pues, el lápiz, porque la lectura de don Quijote permite, como he dicho, diversas miradas.
Las primeras aventuras
Cervantes nos narra cómo salió don Quijote “buscando las aventuras, en pro de los menesterosos” y, tras velar sus armas en una “venta” −que él imaginó que era un castillo−, encontró su primera oportunidad de socorrer a un débil: un joven llamado Andrés, que estaba atado y siendo azotado por su amo, un labrador, debido a sus descuidos en cuidar las ovejas del rebaño. Interviene don Quijote en nombre de la justicia y ordena al labrador que deje de maltratarlo y que, además, le pague lo que, según el muchacho, le debe. El labrador, naturalmente atemorizado por aquella extraña figura armada de una lanza, desamarra al joven y promete obedecer. Esta es la primera muestra de la “justicia caballeresca”, ideal de Don Quijote, frente a la justicia real, pues su intervención no logra eficacia: apenas don Quijote se marcha, el muchacho vuelve a ser castigado con mayor crueldad.
A traves de esta escena, Cervantes nos muestra la ineficacia de la justicia cuando se basa solo en buenas intenciones, sin mecanismos de control.
Tras otras aventuras en las que fue apaleado, maltrecho don Quijote es llevado a su casa. Allí sufre la pérdida de su biblioteca caballeresca −que el cura y el barbero, sus dos amigos, queman− y planifica el regreso a sus correrías de “desfacer entuertos”. Esta vez irá acompañado de un escudero, Sancho Panza, “…hombre de bien… pero de muy poca sal en la mollera”, sobre quien narraré más adelante cómo llegó a convencerlo para que lo acompañara en sus aventuras.
Los molinos y la dama vizcaína
En el capítulo 8 se encuentra una de las más conocidas aventuras de don Quijote, inmortalizada −como toda la obra de Cervantes− en pinturas, dibujos, caricaturas y hasta en teatro y cine: su enfrentamiento con los molinos de viento, que para él eran gigantes y “…es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra”.
Estirando el argumento, muchos autores ven en este episodio la lucha contra la muerte por la justicia (Unamuno), el enfrentamiento a lo irracional y opresivo de la realidad (Ortega y Gasset), la resistencia contra fuerzas opresoras, etcétera. En efecto, se podría decir que don Quijote termina una vez más derrotado en su lucha contra fuerzas que percibe como opresoras. Sin embargo, en ese sentido prefiero resaltar otra aventura de ese mismo capítulo, conocida como la de la “dama vizcaína”. En ella, nuestro personaje se enfrenta primero a unos frailes, que él piensa que son “encantadores endiablados” que llevan a una dama en un carruaje contra su voluntad. La dama resultó ser, según nos explica Cervantes, “una señora vizcaína que iba a Sevilla” por propia voluntad y escoltada.
Para “liberar” a la dama, don Quijote se enfrenta a uno de los guardias del carruaje, por casualidad también vizcaíno, en un curioso episodio cuyo desenlace queda en el aire −como sus espadas− hasta el capítulo siguiente. Allí la “dama vizcaína”, en defensa de su escudero derrotado por don Quijote −quien, en la refriega, sin embargo, pierde media oreja−, le promete a este cumplir su deseo de presentarse ante Dulcinea del Toboso para referirle la aventura.
Conclusión
En ambos episodios −el del labrador y su mozo y el de la “dama vizcaína”− la “defensa del débil”, ideal caballeresco, es una proyección de la imaginación de don Quijote. En el primer caso, actúa sobre un hecho real, un castigo que considera injusto, pero su intervención resulta ineficaz, pues el labrador termina apaleando nuevamente al mozo. En el segundo caso se trata de una injusticia inexistente: la “dama vizcaína” viajaba libremente y los frailes no la oprimían, ni siquiera viajaban con ella realmente.
Aunque la defensa del débil resulta ser una proyección de su imaginación y su acto de “justicia” fue fallido, terminando en violencia innecesaria −contra los frailes y el escudero vizcaíno de la dama−, no cabe duda de que en su locura los principios caballerescos de “defensa del débil” y “búsqueda de la justicia” son los que mueven a don Quijote. Abro así una serie para examinar las recomendaciones de Don Quijote de la Mancha acerca de cómo gobernar; en la próxima entrega continuare indagando en sus principios y veremos más ejemplos de los mismos, que nos conducirán e sus consejos a Sancho Panza.
Ismael Pérez Vigil











